– Es obvio que nos encontramos ante un caso singular -comenzó-. Un hombre joven, extraordinariamente fuerte y robusto, apuñalado y degollado. Un asesinato que espanta por su crueldad y que parece conducirnos a una pelea con ensañamiento.
Ahora fue Cí el que no pudo impedir un bostezo. Xu se lo recriminó.
El maestro alentó al estudiante espigado para que avanzara en su exposición.
– A simple vista podríamos aventurar que se trató de un ataque multitudinario, algo evidente, dada la naturaleza del muerto. Sin duda, hizo falta el concurso de varios hombres para asaltar y doblegar a un gigante que durante el combate recibió numerosas puñaladas y que, aun así, siguió luchando hasta que algún atacante logró asestarle la decisiva en la garganta. El tajo del cuello provocó que al derrumbarse se golpeara en la frente, dejando esa curiosa marca rectangular que tanto nos ha impactado. -Marcó una pausa excesiva que creó expectación-. ¿El motivo de su asesinato? Tal vez deberíamos especular sobre varios. Desde las consecuencias de una simple bravuconería en una taberna, pasando por una deuda impagada o el resultado de algún rencor antiguo, hasta una agria disputa por alguna bella flor… Todas ellas serían posibles, desde luego, pero menos probables que la que parece provenir del simple robo, como demuestra el que se le encontrase despojado de cualquier objeto de valor -consultó sus apuntes-, incluidas las pulseras que debía haber lucido en esta mano. -Y señaló la marca de la muñeca producida por la ausencia de sol allá donde debía haber estado el adorno-. Así pues, de haber mediado denuncia, el juez encargado haría bien en ordenar una batida inmediata por los alrededores de donde fue encontrado. Yo, por supuesto, sugeriría las tabernas de la zona, haciendo especial hincapié en aquellos alborotadores heridos que estuviesen gastando más de lo necesario. -Dobló sus apuntes, cubrió el cadáver y escrutó a los presentes a la espera de su aplauso.
En ese instante, Cí recordó el consejo de Xu sobre los halagos y las propinas y se acercó para felicitar al estudiante, pero éste lo despreció como si se le hubiera aproximado un leproso.
– Estúpido fanfarrón -murmuró Cí.
– ¿Cómo te atreves? -El estudiante le enganchó por el brazo.
Cí se zafó de un tirón y tensó los músculos mientras le desafiaba con la mirada. Iba a replicarle cuando el profesor se interpuso entre ambos.
– De modo que el hechicero cree que fanfarroneamos… -Miró con extrañeza a Cí, como si su rostro le resultara lejanamente familiar. Le preguntó si se conocían de algo.
– No lo creo, señor. Llevo poco en la capital -mintió. Sin embargo, nada más pronunciar la frase, Cí reconoció al profesor Ming como la persona a la que había intentado vender el ejemplar de su padre en el mercado de los libros de Lin’an.
– ¿Seguro? Bueno, es igual. -Sacudió la cabeza extrañado-. En cualquier caso, creo que debes una disculpa a Astucia Gris. -Y señaló al espigado estudiante de pelo canoso, que parpadeó nerviosamente mirándole por encima del hombro.
– Tal vez él me la deba a mí -repuso Cí.
Todos murmuraron ante la impertinencia del enterrador.
– Señor, os ruego que le disculpéis -intervino rápidamente Xu-. Últimamente no sabe lo que dice.
Pero Cí no se amilanó. Si no iba a conseguir propinas, al menos borraría la sonrisa estúpida de aquel estudiante engreído e inepto. Se volvió hacia Xu y le dijo que apostara por él. Xu no le comprendió.
– Todo cuanto tengas. Es lo que sabes hacer, ¿no?
Capítulo 18
El profesor se mantuvo al margen, pero finalmente, llevado por la curiosidad, accedió a los ruegos de unos estudiantes exaltados, ávidos de la carroña en que suponían que iba a quedar convertido Cí tras el desafío. Xu cerró hábilmente las apuestas mientras se echaba las manos a la cabeza para evidenciar su terror y aumentar los beneficios.
– Si me fallas, venderé a tu hermana por lo que cuesta un cerdo -advirtió a Cí.
El joven no se inmutó. Pidió espacio y depositó junto al cadáver una talega de la que extrajo un martillo metálico, dos pinzas de bambú, un escalpelo, una hoz pequeña y una espátula de madera. Los estudiantes sonrieron, pero el profesor frunció el ceño, estupefacto. Al instrumental, Cí añadió una palangana y varios cuencos con agua y vinagre, así como su piedra de tinta, un pliego de papel y un pincel fino ya mojado. Antes de comenzar se arrancó el disfraz y lo arrojó al fondo del mausoleo. Astucia Gris hubo de agacharse para evitar el impacto.
Cí despojó al cadáver del sudario que le cubría. Había seguido con curiosidad el examen practicado por Astucia Gris, y aunque albergaba alguna sospecha, ahora debía confirmarla. Tomó aire al recordar a Tercera. No podía fallarle porque quizá fuera su último intento.
Su atención se dirigió hacia la nuca del muerto. Examinó la piel pálida y blanda sin encontrar nada extraño. Luego le deshizo el moño y ascendió por el cuero cabelludo palpándolo con los dedos en dirección a la coronilla. Con la ayuda de una espátula inspeccionó las orejas, tanto por fuera como por dentro. Después, bajó al cuello, duro como el de un toro, y más tarde a los descomunales hombros. Observó la parte interna de los brazos, los codos y los antebrazos, sin advertir nada que le llamase particularmente la atención. Sin embargo, se detuvo en su mano derecha, prestando especial cuidado a la base de su dedo pulgar.
«Una callosidad circular…».
Anotó algo en sus papeles.
Deslizó sus dedos sobre la espalda presionando sobre las vértebras y los músculos hasta detenerse en los glúteos. No halló induraciones o fracturas, nada que revelara un homicidio. Tras concluir el examen de las piernas, giró otra vez el cadáver. Limpió de nuevo la cara, el cuello y el torso empleando una mezcla de agua y vinagre, para detenerse en las puñaladas que asaeteaban el cuerpo. Al menos tres eran mortales. Estudió su forma y las midió.
«Conforme imaginaba…».
Ascendió hasta el cuello. La herida era terrible. Partía de la zona izquierda, atravesaba la nuez por completo y llegaba casi hasta la oreja derecha. Comprobó la profundidad del tajo, su dirección y los desgarros de los bordes. Meneó la cabeza.
Dejó para el final la extraña herida de la frente y se concentró en el rostro. Primero inspeccionó las fosas nasales. Luego empleó las pinzas para hurgar en el interior de su boca, de donde extrajo una sustancia blanquecina que aproximó a su nariz. La aspiró con asco y la depositó sobre uno de los cuencos. Anotó algo de nuevo.
– El tiempo pasa -advirtió el maestro.
Cí no le prestó atención. En su cabeza bullían multitud de datos y aún no conseguía hilvanar la respuesta. Continuó concentrado en las mejillas del hombre, las cuales frotó con vinagre hasta revelar unos ligeros arañazos. Después ascendió a los ojos y, por último, se detuvo en la frente, el lugar en el que parecía que le hubieran machacado la piel con un objeto rectangular y pesado.
Con la ayuda de un escalpelo, retiró los restos de tierra que aún permanecían adheridos a los bordes de la herida. Para su sorpresa, comprobó que el hundimiento cuadrangular no obedecía a ningún impacto, sino que más bien respondía a una brutal disección practicada con algún objeto cortante y que la propia tierra había disimulado.
Dejó el instrumental y mojó el pincel en la piedra de tinta. Su corazón se aceleró. Había descubierto algo.
Volvió a los brazos y a las manos, donde halló nuevos arañazos. Luego inspeccionó de nuevo la coronilla, apartando con cuidado el cabello. Una vez confirmadas sus sospechas, cubrió el cuerpo con el sudario. Cuando se volvió hacia el maestro, sabía que había ganado.
– Y bien, hechicero, ¿algo nuevo que añadir? -preguntó con una sonrisa Astucia Gris.