Cí no daba crédito a lo que escuchaba. La Academia Ming era el sueño de todos cuantos aspiraban a hacer carrera en la judicatura, el objetivo de los que deseaban evitar los difíciles exámenes imperiales y de quienes pretendían conseguir un hueco entre la élite de la sociedad. Entrar en la academia era mucho más de lo que él jamás hubiera podido desear. El primer paso hacia su redención y la de su familia.
Y de repente aparecía frente a él como una manzana madura. Sólo tenía que estirar la mano y aprovechar la oportunidad.
Luego sonrió con amargura. Por mucho que quisiera engañarse, aquello no era más que un triste sueño. Aunque Ming le ofreciera una plaza, no disponía de los medios necesarios para afrontar sus altísimos honorarios. Era como el dulce de miel con el que engañaban los labios de un niño enfermo para que abriese la boca antes de verterle una medicina amarga. Por eso, cuando el maestro añadió que le permitiría hospedarse en la academia con los demás estudiantes y que podría cubrir los honorarios correspondientes al alojamiento y la comida trabajando en la biblioteca por las tardes, Cí no quiso despertar. Aquello suponía que podría estudiar día y noche, aprender técnicas desconocidas, experimentar con los últimos descubrimientos, con las últimas pócimas. Significaba luchar por alcanzar su meta. Significaba que por fin su vida brillaría.
No supo qué decir, pero sus ojos fulguraban intensamente, revelando lo que su alma sentía. Y el maestro supo interpretarlo.
Por esa misma razón, cuando Cí rechazó su propuesta, Ming no pudo evitar una mueca de estupor.
Capítulo 19
Mientras volvía a la tarea, Cí maldijo su suerte; aquella fortuna adversa que le servía en bandeja cuanto anhelaba para luego arrebatárselo sin miramientos.
Lo que Ming le había ofrecido era más de lo que cualquier joven ambicioso hubiera podido desear. Un regalo irrechazable, de tal extraordinaria proporción que ni todo el jade del mundo sería capaz de pagarlo. Había puesto a su disposición un tesoro a cambio de muy poco. Pero, para su desgracia, ese poco era un peaje que él no podía permitirse.
No podía abandonar a su hermana.
La academia no le habría ocasionado gasto alguno. Ni de libros, ni de hospedaje, ni de manutención. Todo estaba incluido a cambio de estudiar duramente y trabajar en la biblioteca. No obstante, tampoco percibiría ningún emolumento, pues lo contrario resultaría un deshonor. Le había consultado a Ming la posibilidad de asistir a las clases y mantener su trabajo en el cementerio, pero en aquella cuestión el maestro se había mostrado inflexible. Y tampoco aceptó discutir sobre empleos externos a media jornada. Si decidía entrar, la dedicación al estudio debía ser total. Pero sin el dinero que le proporcionaba su trabajo como adivino, le resultaría imposible afrontar la compra de las medicinas de Tercera. Ni su sustento. Ni su vivienda.
Comenzó a cavar más duro que antes y siguió haciéndolo hasta que las llagas de sus manos cubrieron de sangre el mango de la azada. Ni siquiera así paró. Sólo cuando el anochecer extendió su manto sobre el cementerio, Cí recordó que su hermana le esperaba en la barcaza. Entonces se detuvo. Se adecentó como pudo y emprendió el regreso.
Aquella noche le resultó imposible dormir. Tercera sudaba y no paraba de toser. Se retorció junto al jergón maloliente sobre el que se debatía la pequeña, preguntándose qué hacer. Horas antes le había suministrado la última dosis de medicina. No disponía de más y tampoco le quedaba dinero. Xu se había negado a compartir la bolsa que le había entregado el maestro Ming, alegando que quien había arriesgado su dinero había sido él y que era a él a quien le correspondían las ganancias.
Le odió por ello. Cuando de madrugada Xu le avisó para partir hacia el cementerio, Cí hizo oídos sordos. Aunque era verano, arropó a su hermana para que dejara de temblar y retó al adivino.
– No se os ocurra hacerla trabajar.
Luego cogió su talega y abandonó la barcaza.
Mientras deambulaba por el puerto entre la marejada de hambrientos que buscaban algo que llevarse a la boca, Cí se preguntó si el juez Feng habría regresado a Lin’an.
Ya no disponía ni de recursos ni de tiempo. No podía buscar otro trabajo ni esperar a que Xu se apiadase de él. Y aunque por su condición de fugitivo le avergonzara deshonrarle con su presencia, Feng era su última esperanza.
Se arrebujó en la camisola y apresuró el paso. Atravesó la ciudad de barca en barca hasta alcanzar el barrio del Fénix, al sur de la ciudad. Una vez pasados los primeros palacetes, reconoció el pabellón de Feng, un edificio antiguo de una sola planta, con un pequeño jardín en su frente y otro a sus espaldas. Tembló de emoción al recordar que entre aquellos manzanos habían transcurrido algunos de los días más felices de su vida. Sin embargo, lo que se encontró le sorprendió. Donde años atrás floreciera un cuidado jardín, ahora un sendero desdibujado se perdía bajo la maleza. Avanzó extrañado rodeando un estanque lleno de piedras hasta unos peldaños que crujieron bajo su peso como un pobre viejo. Todo estaba abandonado. Golpeó la puerta temiéndose lo peor. Su antaño reluciente pintura roja era ahora una piel reseca y cuarteada cuyas débiles costras se desprendían como la capa exterior de una cebolla. Un farol chirrió sobre su cabeza. Al alzar la mirada, advirtió que apenas si quedaba de él más que un esqueleto de hierros que se mecía batido por el viento como un ahorcado. No obtuvo respuesta. Volvió a llamar, pero nadie contestó. Miró a través de las ventanas cuando de repente creyó ver pasar frente a él una cabeza arrugada como una castaña vieja. Fue una visión fugaz a través de una rendija en el papel raído de una ventana. Le pareció una mujer. Cí la llamó, pero la figura desapareció tras las paredes.
Tiró de la aldaba y la puerta cedió, dejando paso a un penetrante olor a moho y humedad que le anegó los pulmones. Entró en la vivienda y cruzó el salón en dirección a los aposentos privados de Feng. Observó con estupor que el lugar estaba absolutamente vacío. Los antiguos muebles labrados habían desaparecido y su lugar lo ocupaba una fantasmagórica capa de telarañas y polvo. Tan sólo viejas marcas de lienzos sobre las paredes parecían evidenciar que alguna vez había existido vida en aquel edificio.
De repente, un ruido a sus espaldas le hizo dar un respingo. Al girarse, alcanzó a distinguir un bulto encorvado corriendo hacia otra habitación. Su corazón galopó. Se apoderó de un listón de bambú en el suelo y siguió el cuerpo hasta la estancia donde se había guarecido. Apenas apreciaba donde pisaba porque los postigos cerrados le impedían la visión. Avanzó a tientas hasta que escuchó algo arrastrarse a pocos pasos de él. Aguzó el oído y vaciló. Alguien parecía respirar a su lado. En ese momento, lo que fuera se movió. Sin pensarlo, Cí se desplazó lateralmente para interceptarlo, pero el bulto le golpeó en la pierna haciéndole caer. Intentó incorporarse cuando unas manos le atacaron. Al defenderse, sintió que eran unos miembros débiles, blandos y escamosos, como el cuerpo de un pez.
La figura chilló hasta aterrorizar a Cí, que se levantó como pudo y arrastró a su atacante hacia el exterior, advirtiendo que apenas pesaba lo que una oveja. La neblina de la mañana iluminó el amasijo de huesos temblorosos que Cí intentaba sujetar. Se sorprendió al comprobar que se trataba de una pobre anciana tan asustada como él. La mujer intentaba protegerse con sus brazos de palillo mientras gimoteaba como un cachorro abandonado. Suplicó que no la golpeara. Le dijo que no había robado nada. Que tan sólo vivía escondida allí.
Cuando Cí consiguió serenarse, la contempló. Bajo un saco mugriento relucían unos llamativos ojos blancos, puro reflejo del temor. Le preguntó qué hacía en la casa del juez Feng. Al principio no contestó, pero cuando la sacudió por los hombros, la mujer le aseguró que hacía meses que nadie vivía allí.