De repente, los perseguidores se detuvieron en seco.
Cí no comprendió lo que sucedía hasta que giró la cabeza. Tras él, la figura muda de Ming, bajo un gorro alado, le observaba con fiereza.
De nada valieron sus explicaciones. Cuando Ming escuchó la versión del criado, ordenó que lo expulsaran. De inmediato, media docena de estudiantes se abalanzaron sobre Cí, lo arrastraron escaleras abajo y lo arrojaron al jardín a empellones, no sin antes advertirle que la próxima vez no tendrían tantos miramientos.
Aún estaba sacudiéndose el polvo cuando un brazo le ayudó a levantarse. Era el guardián que vigilaba la entrada. Una vez de pie, el hombrecillo le tendió una escudilla de arroz. Cí pareció no comprender, pero, aun así, le dio las gracias.
– Dáselas al maestro -dijo, y le señaló la ubicación de su despacho-. Ha dicho que te recibirá mañana si te presentas con educación.
Cí engulló la ración con avidez, pero, al poco, el arroz se le revolvió en el estómago hasta hacerle vomitar. Luego las horas transcurrieron lentas mientras se agotaban los últimos rayos de luz.
Pasó la noche a la intemperie, tumbado como un perro junto a la puerta de la academia. Apenas durmió. Tan sólo cerró los ojos imaginando a Tercera, ya feliz. Poco podía hacer por ella más que honrarla como al resto de su familia y desear que su espíritu también le protegiera.
A la mañana siguiente sintió cómo una sacudida le desperezaba.
Entre legañas, Cí distinguió al criado que el día anterior le había perseguido con la vara y que ahora le sonreía mostrándole sin rubor los huecos de sus encías urgiéndole a que se levantara y se adecentara. Cí se sacudió el polvo y se recogió el pelo bajo el gorro. Luego siguió al hombrecillo, que corría a pasos menudos, como si llevara los pies atados. El jardinero se detuvo un instante junto a una fuente para permitir que Cí se refrescara y continuó por el jardín hasta llegar a la biblioteca. Una vez allí, se inclinó ante la figura tranquila del maestro Ming, quien hojeaba impasible las páginas de un libro. Al advertir la presencia de Cí, el maestro cerró el volumen y lo depositó sobre una mesa baja que tenía delante. Alzó la vista y lo miró con curiosidad.
Cí se inclinó ante él, pero Ming le indicó que avanzase y tomase asiento. Cuando lo hizo, el profesor se tomó su tiempo en observarle. Cí reparó en su tez clara y sus bigotes de gato. El hombre lucía la misma toga de seda roja con la que le había visto en el cementerio. Cí tamborileó los dedos mientras aguardaba sus palabras. Finalmente, el maestro se levantó.
– Muchacho, muchacho… ¿Cómo debería llamarte? -Paseó de un lado a otro de la estancia-. ¿El sorprendente adivino de asesinatos? ¿O quizá el inesperado invasor de academias?
Cí se ruborizó. Atinó a balbucear que se llamaba Cí, pero cuando el maestro le preguntó por su apellido, recordó el informe sobre la conducta deshonrosa de su padre y en previsión de posteriores preguntas incómodas guardó silencio.
– Está bien, Cí Sin Padres. Respóndeme a otra cosa -prosiguió Ming-. ¿Por qué debería mantener mi oferta ante alguien que reniega de sus progenitores con un simulado olvido? Ciertamente, el otro día en el cementerio pensé que alguien con tu perspicacia no sólo merecía una oportunidad, sino que hasta me atreví a imaginar que quizá tuvieses algo que aportar a la difícil ciencia de los muertos. Pero a la luz de tu violenta irrupción de ayer, más propia de un vulgar salteador de caminos que de un joven honrado, ahora albergo enormes dudas.
Cí buscó una respuesta. No podía revelar su ascendencia sin comprometer su seguridad, pero tampoco deseaba comenzar una cadena de mentiras. Valoró contar que era huérfano, pero, aun así, supuso que el maestro le interrogaría. Transcurrieron unos segundos que a Cí se le antojaron eternos. Finalmente, tomó una decisión.
– Hará unos tres años sufrí un terrible accidente, un grave percance que me borró los recuerdos. -Se desabrochó lentamente la camisola y le mostró las cicatrices que poblaban su pecho. Igual de despacio, se la cerró-. Sólo recuerdo que un día aparecí en medio del campo. Una familia me recogió y cuidó de mis heridas, pero cuando emigraron al sur yo opté por venir a la ciudad. Ellos siempre dijeron que éste debía ser mi lugar.
– Ya. -Ming se atusó los bigotes lentamente-. Y, sin embargo, conoces qué métodos emplear para revelar heridas ocultas, en qué lugar se le tatúa el nombre a un reo o de qué forma unas cuchilladas provocan o no la muerte…
– Con aquella familia trabajé en un matadero -improvisó-. El resto lo he aprendido en el cementerio.
– Muchacho, en el cementerio sólo se aprende a enterrar… y a mentir.
– Honorable señor, yo…
– Eso por no hablar de tu inapropiada irrupción de anoche… -le interrumpió.
– ¡Aquel guardián era un necio! Le hablé de la oferta que me hicisteis en el cementerio, pero se negó a escucharme.
– ¡Silencio! ¿Cómo te atreves a insultar a alguien a quien no conoces? Aquí todos hacen lo que se les ordena, incluso ese guardián al que tan gratuitamente tildas de necio… y que sin duda te califica a ti como a tal. -Le señaló un volumen que había sobre la mesita-. ¿Lo reconoces?
Cí cogió el volumen y lo ojeó con cuidado. Intentó tragar saliva, pero no lo consiguió. Lo conocía bien porque era el libro de su padre. El mismo que había perdido cerca del canal durante su huida de Kao.
– ¿Dónde… dónde lo encontrasteis? -tartamudeó.
– ¿Dónde lo perdiste tú? -replicó el maestro Ming.
Cí esquivó su mirada. Inventase lo que inventase, Ming lo descubriría.
– Me lo robaron -acertó a decir.
– Ya. Pues quizá fuera ese ladrón el mismo que me lo vendió a mí -replicó de nuevo Ming.
Cí calló. Sin duda, Ming le había reconocido y tal vez también supiera lo del alguacil que le perseguía. Acudir a la academia había sido un error. Dejó el libro donde lo había encontrado y suspiró. Luego se levantó dispuesto a marcharse, pero el maestro se lo impidió.
– Se lo compré a un rufián en el mercado. Durante nuestro encuentro en el cementerio me resultaste familiar, aunque entonces no te reconocí. Mi memoria ya no es la que era -se lamentó-. Pero la semana pasada, durante mi habitual paseo por el mercado de los libros, me llamó la atención un ejemplar que ofrecían en un puesto poco recomendable. Entonces me acordé de ti. Me imaginé que tarde o temprano aparecerías por aquí, y por eso lo adquirí. -Frunció los labios y se apretó la cara con una mano, como si meditara qué decir mientras respiraba con parsimonia. Le pidió a Cí que volviera a sentarse-. Querido muchacho, seguramente me arrepienta, pero a pesar de tus mentiras y de las poderosas razones que espero que tengas para esgrimirlas, voy a mantener mi oferta y a brindarte una oportunidad. -Cogió el libro-. No cabe duda de que posees unas cualidades excepcionales y sería una verdadera lástima que, entre tanta mediocridad, éstas se desperdiciaran. Así pues, si realmente estás dispuesto a hacer lo que te mande… -Le tendió el libro de su padre-. Ten. Es tuyo.
Cí lo aceptó temblando. Aún no comprendía por qué Ming lo admitía en la academia, pero, al menos, de sus palabras parecía desprenderse que no había conocido a Kao. Se postró de hinojos ante él, pero el maestro le incorporó.
– No me lo agradezcas. Tendrás que ganártelo día a día.
– No os arrepentiréis, señor.
– Eso espero, muchacho. Eso espero.
Cí conoció a sus futuros compañeros en la Digna Sala de las Discusiones, el fastuoso salón de tilo donde habitualmente se celebraban los debates y los exámenes. Como de costumbre, un interminable claustro de profesores junto a los alumnos de las distintas disciplinas aguardaban alineados en perfecta formación para conocer al nuevo aspirante y expresar sus objeciones. Observado por cientos de ojos, Cí permanecía de pie en el centro de la sala procurando que el temblor de sus manos permaneciera igual de escondido que el resto de sus nervios.