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La Sala de los Jueces bullía de estudiantes que cuchicheaban en corros, a la espera de la aparición del nuevo alumno. Todos se preguntaban quién sería realmente aquel lector de cadáveres y cuáles serían las extraordinarias capacidades que le habían permitido esquivar el durísimo proceso de selección que abría las puertas de la academia. Los más sorprendidos habían corrido la voz de que sus extraños poderes procedían de la hechicería, mientras que otros más escépticos, a la luz de la presentación, lo despojaban de cualquier aura sobrenatural y especulaban que tal vez obedecieran a su experiencia como matarife. Sin embargo, ajeno a la controversia, un alumno espigado aguardaba apartado del resto mordisqueando una rama de regaliz. Cuando Cí entró acompañado por Ming, Astucia Gris escupió el regaliz al suelo y se apartó aún más. Luego los observó de soslayo.

Ming presentó a Cí a los alumnos con los que conviviría a partir de aquel día, todos ellos aspirantes a un puesto en la judicatura imperial. La mayoría eran jóvenes aristócratas de uñas largas y cabello arreglado, cuyos refinados modales se le antojaron a Cí como propios de cortesanas. Ming le informó de que en la academia se estudiaban distintas artes, entre ellas la pintura y la poesía, pero que él se alojaría en el dormitorio de los estudiantes de leyes. Pese a algunos rostros de rechazo, todos los estudiantes le saludaron cortésmente a excepción del que permanecía apartado en un rincón. Cuando Ming se percató, lo llamó elevando la voz. El joven de pelo canoso se despegó parsimoniosamente de la pared en la que se había recostado y avanzó hacia el maestro con desidia.

– Veo que no compartes la curiosidad que muestran el resto de tus compañeros, Astucia Gris.

– No sé por qué debería interesarme. He venido aquí a estudiar, no a dejarme seducir por las engañifas de un muerto de hambre.

– Me parece perfecto, querido joven… Porque tendrás ocasión de vigilarle de cerca y comprobar cuánto hay de cierto en ellas.

– ¿Yo? Pero no entiendo…

– Desde hoy es tu nuevo compañero de habitación. Compartiréis libros y camastros.

– ¡Pero maestro…! Yo no puedo vivir junto a un campesino… Yo…

– ¡Silencio! -le espetó Ming-. ¡En esta academia no cuentan ni el dinero ni los negocios ni las influencias de tu familia! ¡Obedece y saluda a Cí, o coge tus textos y prepara tu equipaje!

Astucia Gris inclinó la cabeza, pero sus ojos se clavaron en Cí. Luego pidió permiso para retirarse. Ming se lo concedió, pero cuando el joven canoso ya alcanzaba el umbral de la puerta, su voz lo detuvo.

– Antes de irte, recoge el regaliz que has escupido en las baldosas.

Durante el resto del día, Cí tomó contacto con las actividades habituales de la academia. Ming le informó de que debería levantarse a la salida del sol para asearse y cumplir con los ritos hacia sus antepasados. A continuación, desayunaría con el resto de estudiantes y seguidamente se dedicaría a las clases. Harían un alto para comer y pasarían el resto de la tarde estudiando o discutiendo casos prácticos de las distintas disciplinas. Después de la cena trabajaría en la biblioteca para costearse la estancia. Le explicó que aunque el Gobierno de Universidades hubiera clausurado la Facultad de Medicina, él aún dedicaba una parte de su programa al conocimiento médico y al estudio de las causas que provocaban los fallecimientos. De vez en cuando acudían a las dependencias judiciales para observar en vivo los exámenes que los magistrados efectuaban sobre los cadáveres y ocasionalmente asistían a juicios para conocer de primera mano los comportamientos criminales y la forma en que los jueces actuaban para descubrirlos y condenarlos.

– Convocamos exámenes trimestralmente. Hemos de asegurarnos de que los alumnos progresan conforme a lo previsto. En caso contrario, procedemos a la expulsión de quienes no merecen nuestros esfuerzos. Y recuerda que tu plaza es provisional -añadió.

– Conmigo no ocurrirá lo que con alguno de estos hijos de ricos, señor.

Ming le miró por encima del hombro.

– Te daré un par de consejos, muchacho. No te dejes engañar por la apariencia sofisticada de estos jóvenes. Y, menos aún, la confundas con indolencia. Es cierto que pertenecen a la élite del país, pero estudian con ahínco para lograr sus objetivos. -Señaló a unos cuantos que devoraban el contenido de unos libros-. Y si ven que vas contra ellos, te despedazarán como a un conejo.

Cí asintió. Sin embargo, dudó de que las motivaciones de aquellos jóvenes ni siquiera se aproximaran a las que le impulsaban a él.

A media tarde les convocaron para la cena en el Comedor de los Albaricoques, una sala engalanada con primorosas sedas que lucían pinturas de paisajes de pabellones y árboles frutales. Cuando Cí llegó al comedor, los demás alumnos ya habían tomado asiento formando círculos alrededor de pequeñas mesas de mimbre. Le admiró el mar de platillos y cuencos repletos de sopas, salsas y frituras que parecían desbordar los tapetes junto a las bandejas de pescados y frutas variadas que aguardaban en otras mesas. Buscó un lugar libre en el que sentarse, pero cuando encontró el primer hueco, los alumnos desplazaron sus posiciones para evitar que lo ocupara. Lo intentó en la siguiente mesa con idéntico resultado. Al cuarto intento advirtió que quienes le impedían sentarse parecían acatar los gestos de un estudiante espigado situado al fondo del comedor. Cí observó a Astucia Gris. El joven no sólo le sostenía la mirada, sino que le retaba con una sonrisa sarcástica.

Cí supo que si retrocedía, debería soportar los caprichos de aquel estudiante durante el tiempo que permaneciera en la academia. Y no había sufrido tanto para ahora consentir aquella situación.

Avanzó hacia la mesa que ocupaba Astucia Gris y antes de que pudieran impedírselo introdujo el pie entre los dos jóvenes que intentaban quitarle el sitio. Los dos estudiantes le miraron como fieras, pero Cí no se arredró. Al contrario, apretó con la pantorrilla y se hizo hueco a la fuerza. Iba a sentarse cuando Astucia Gris se levantó.

– En esta mesa no eres bienvenido.

Cí se sentó sin prestarle atención. Cogió un cuenco de sopa y comenzó a sorber.

– ¿No me has oído? -alzó la voz Astucia Gris.

– Te he oído a ti, pero no he escuchado las protestas de la sopa. -Y siguió sorbiendo sin mirarlo.

– Que no conozcas a tu padre no significa que no puedas conocer al mío -le amenazó.

Cí dejó de comer. Depositó el cuenco de sopa entre los platillos y se incorporó lentamente hasta que sus ojos se alinearon con los de su oponente. Si la mirada de Cí hubiera podido matar, Astucia Gris habría caído fulminado.

– Ahora escúchame tú a mí -le desafió-. Si en algo aprecias tu lengua, procura que jamás vuelva a pronunciar el nombre de mi padre o haré que tengas que hablar por signos. -Y se sentó para seguir cenando como si nada hubiera pasado.

Astucia Gris le miró con el rostro encendido por la cólera. Luego, sin decir palabra, se dio la vuelta y abandonó el comedor.

Cí se felicitó por el resultado. Su oponente había intentado provocar un incidente para desacreditarle en su primer día en la academia y, sin embargo, sólo había conseguido quedar en ridículo delante de sus propios compañeros. Y aunque sabía que Astucia Gris no se conformaría con una derrota, lograrlo en público le resultaría complicado.

Con la llegada de la noche, la tensión se acrecentó. El dormitorio que debían compartir era un pequeño cubículo separado de los restantes por paneles de papel, con lo que la intimidad se limitaba a la penumbra proporcionada por los pequeños faroles que pendían del techo. La celda apenas disponía del espacio suficiente para albergar dos camastros, uno junto al otro, dos mesitas y dos armarios para guardar su ropa, sus enseres y sus libros. Cí observó que el de Astucia Gris rebosaba de sedas como el de una muchacha casadera, pero también albergaba una voluminosa colección de libros lujosamente encuadernados. En el suyo tan sólo habitaban telarañas. Las apartó con la mano y depositó el libro de su padre en el centro de la primera balda. Luego se arrodilló y rezó por sus familiares bajo la mirada despectiva de Astucia Gris, quien para entonces comenzaba a desvestirse para meterse en la cama. Cí hizo lo propio, intentando aprovechar la oscuridad para ocultar las quemaduras de su torso, pero Astucia Gris las descubrió.