El aviso del segundo gong le sorprendió sentado en la biblioteca. No pensaba con claridad, pero tampoco lo necesitaba. A su lado descansaba vacía la jarra de licor. Se preguntó durante cuánto tiempo más le mantendría Ming pensionado en la academia. Cuánto tiempo tardaría en enviarle de regreso al cementerio.
¿Qué más le daba?
Escuchó unas risas procedentes del jardín. Se levantó vacilante y bajó las escaleras. Abajo, junto a la fuente, cuatro estudiantes con sendas jarras rodeaban a Astucia Gris. Cí los contempló un instante. Parecían contentos. No se decidió. Finalmente, dio media vuelta para dirigirse a los dormitorios cuando Astucia Gris advirtió su presencia. Cí oyó su voz pidiéndole que se acercara. Su tono era amable y persuasivo. Lo dudó, pero no se movió. Le apetecía beber más, pero en su interior algo le decía que no era buena idea. En ese instante Astucia Gris se le acercó. Sonreía. Le pasó el brazo por el hombro y le insistió en que les acompañara, asegurándole que se divertirían. En el último instante, Cí se dijo que si todo le salía mal, al menos no perdería la oportunidad de congeniar con Astucia Gris.
En el Palacio del Placer Cí descubrió las mujeres más bellas que jamás hubiera podido imaginar.
Nada más entrar, un vivaracho sirviente salió al encuentro de Astucia Gris y con grandes aspavientos le buscó acomodo entre el bullicio de hombres acaudalados, mercaderes y universitarios que corrían tras las bailarinas. La música de los laúdes y las cítaras excitaba a los clientes, que reían y jadeaban ante las mujeres maquilladas que giraban alrededor de ellos como nenúfares en un remolino. Cí advirtió que, en ocasiones, las jóvenes se subían ligeramente sus vestidos dejando a la vista sus pequeños pies con polainas, lo que despertaba la lujuria de los hombres al mismo tiempo que sus gritos. Astucia Gris parecía formar parte del espectáculo, saludando a amigos, conocidos y camareros como si fuera el mismísimo dueño del prostíbulo. Pronto, una nube de sirvientes comenzó a abarrotar la mesa con platos y licores de todo tipo. Astucia Gris no tardó en demandar una pareja de flores para que les hicieran compañía. Enseguida dos bellezas sonrientes tomaron asiento junto a los seis jóvenes mientras Astucia Gris escanciaba las botellas. Ocho era el número perfecto.
– ¿Te gustan, eh? -sonrió Astucia Gris a Cí mientras acariciaba la pierna de una de ellas-. Atended bien -se dirigió a las flores como si las conociera desde hace años-. Éste es Cí. El lector de cadáveres. Mi nuevo compañero. Puede hablar con los espíritus, así que sed dulces como la miel u os convertirá en borricos. -Y rio desencajado acompañado por sus amigos.
A Cí le incomodó que las dos flores cambiaran sus sitios para aposentarse a su lado. Sin embargo, el aguijón del deseo le hirió con fuerza. Hacía mucho tiempo que no rozaba a una mujer. Tanto que había olvidado la suavidad de su piel y la caricia de sus perfumes. Su sentido se enturbió, pero la llegada de las viandas le distrajo de otros apetitos. Había tantas y tan diferentes que parecían hacer verdad el dicho de que en Lin’an se comía cualquier cosa que volara menos las cometas, cualquier cosa que nadara menos los barcos y cualquier cosa con patas menos las mesas. Sobre los tapetes se amontonaban entrantes fríos de caracoles al vapor con jengibre, budín de las ocho gemas o cangrejos perlíferos que le disputaban el sitio a primeros platos de arroz frito, costillas de cerdo con castañas, fritura de ostras al diente de dragón y pescado crujiente de río. En otra mesa auxiliar, varios cuencos de sopas especiadas aguardaban turno para ejercer su papel digestivo. El vino tibio de arroz corría de cuenco en cuenco y las risas crecían al mismo ritmo que las manchas sobre las pecheras. Cí engullía feliz, asombrado aún con el cambio experimentado por Astucia Gris, que entre sorbo y sorbo le alentaba a que se divirtiera.
Cí no necesitaba que le animaran. Las dos flores ya se encargaban de ello.
La primera vez que sintió la mano de una de ellas deslizarse por su entrepierna escupió el trago de un respingo. A la segunda ocasión, Cí intentó ser honesto con la chica. Le confesó que le perturbaba su perfume y que el rojo oscuro de sus labios le aturdía hasta lo más profundo de su tallo, pero era pobre como una rata y no podría agradecerle sus servicios. Sin embargo, eso no pareció importarle a la flor, que inclinó suavemente su cabeza hasta rozarle el cuello con la lengua.
Un restallido de placer le sacudió la espalda erizándole la piel. Escuchó las risas de Astucia Gris y a sus cuatro amigos jaleándole a que la acompañara.
Cí apenas podía pensar. Los últimos cuencos de licor le habían transportado a un neblinoso mundo de caricias y esencias que le arrastraban hacia un vértigo de placeres jamás imaginados. Iba a besar a la flor cuando sintió que alguien le zarandeaba en el hombro. Creyó escuchar una recriminación.
– ¡Te digo que la sueltes y te busques otra! -volvió a farfullar un hombre de mediana edad, con un bastón en la mano.
– ¡Eh! ¡Déjale en paz! -intervino Astucia Gris.
El hombre no le escuchó. Agarró a la flor por el brazo y tiró de ella como si fuera a arrancárselo, arramblando con todos los platillos que quedaban en la mesa. Cí se levantó para impedírselo, pero, antes de lograrlo, recibió un bastonazo en la cara que lo arrojó al suelo. El hombre iba a propinarle otro cuando Astucia Gris se abalanzó sobre él y lo hizo caer. Enseguida acudieron varios sirvientes para separarlos.
– ¡Maldito borracho! -bramó Astucia Gris mientras se limpiaba la pequeña herida que se acababa de hacer en una mano-. Deberían tener cuidado con la gente que dejan entrar. -Y ayudó a Cí a levantarse-. ¿Estás bien?
Cí aún no sabía con certeza lo que había ocurrido porque el alcohol era el amo de sus torpes movimientos. Se dejó ayudar por Astucia Gris cuando le condujo a una mesa limpia en un rincón tranquilo de la sala. Los otros estudiantes prefirieron quedarse cerca de las flores.
– ¡Por el Gran Buda! Ese imbécil casi nos fastidia la noche. ¿Quieres que llame a la chica?
– No. Déjalo. -Todo le daba vueltas.
– ¿Seguro? Parece una experta y sus pies son deliciosos. Apuesto a que colea como un pez recién ensartado. Pero si no te apetece, olvidémoslo. ¡Hemos venido a divertirnos! -E hizo una seña a un empleado para que les sirviera más licor.
Cí empezó a divertirse con Astucia Gris. El joven parecía haberse desprendido de sus aires de superioridad y charlaba y reía como si fueran amigos de toda la vida. Sus comentarios sobre los viejos que babeaban entre las bailarinas mientras éstas les birlaban sus monedas y sus muecas imitándoles de forma irreverente le hacían reír de una forma que ya había olvidado. Pidieron unos pastelillos de sésamo y algo de licor de arroz, y continuaron bebiendo hasta que las palabras comenzaron a atropellárseles. Por un momento, se quedaron en silencio, torpes, descansando.
Entonces, el rostro de Astucia Gris cambió.
El estudiante le habló de su soledad. Desde muy joven, su padre le había enviado a los mejores colegios y escuelas, donde había crecido rodeado de sabiduría, pero alejado del cariño de sus hermanos, de los besos de su madre o de las confidencias de un amigo. Había aprendido a valerse por sí mismo, pero también a no confiar en nadie. Su vida era la de un hermoso caballo de pura raza encerrado en un establo dorado, pero dispuesto a cocear al primero que se le acercara. Y odiaba esa vida triste y solitaria.