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Por eso, Astucia Gris no supo qué argumentar cuando Ming le interrogó sobre la cuestión.

– Deduje su profesión por la extraña y reiterada petición de confidencialidad -arguyó dubitativamente.

– ¿Deduje? ¿No deberías decir más bien… copié? -le preguntó Ming.

Astucia Gris enarcó ambas cejas al tiempo que sus mejillas se encendían.

– No entiendo a qué os referís.

– Entonces, tal vez pueda explicárnoslo el propio Cí. -Y le señaló indicándole que se levantara.

Cí obedeció, si bien antes tuvo cuidado de arrugar su informe y guardarlo en la talega. Cuando llegó a la altura de Astucia Gris, advirtió el temor en su mirada. No le cabía duda de que Ming sospechaba algo. Permaneció en silencio mientras pensaba en cómo resolver aquella situación.

– Estamos esperando -le urgió Ming.

– No sé bien a qué, señor -habló por fin Cí.

La respuesta desconcertó a Ming.

– ¿Es que no tienes nada que objetar? -Su voz rabió.

– No, venerable maestro.

– ¡Vamos, Cí! No me tomes por necio. ¿Ni siquiera tienes opinión?

Cí dirigió su mirada a Astucia Gris. Pudo apreciar como éste tragaba saliva. Antes de abrir la boca, sopesó bien su respuesta.

– Opino que alguien ha realizado una labor excelente -dijo finalmente señalando a su compañero-. Así pues, sólo resta felicitar a Astucia Gris y que los demás sigamos trabajando. -Y sin esperar a que Ming le diera permiso, bajó del estrado y salió de la Digna Sala de las Discusiones tragándose su propia hiel a bocanadas.

* * *

Se maldijo mil veces por su estupidez, y mil veces más por su cobardía.

De buena gana habría estampado sus puños contra la cara de Astucia Gris, pero eso sólo habría servido para que a él le expulsaran de la academia y para que su oponente se saliera con la suya. Y no iba a permitir que eso sucediera. Se dirigió a la biblioteca, buscó un rincón apartado y sacó de la talega su informe arrugado en busca de algún detalle que dejara a Astucia Gris en evidencia. Algo que pudiera desenmascararle y que no le comprometiera. Llevaba un rato repasándolo cuando alguien se le acercó por la espalda. Cí dio un respingo. Era Ming. El maestro meneó la cabeza y se sentó frente a él. Se mordió los labios. Su rostro reflejaba indignación.

– No me estás dejando alternativa. Si no cambias, tendré que expulsarte de la academia -dijo finalmente-. ¿Pero qué te pasa, muchacho? ¿Por qué dejaste que se saliera con la suya?

– No sé de qué me habláis. -Escamoteó el informe bajo sus mangas. Ming lo advirtió.

– ¿Qué ocultas ahí? Déjame ver. -Se levantó y le arrebató el papel. Lo ojeó rápido mientras su gesto cambiaba-. Lo que imaginaba -masculló alzando la vista-. Astucia Gris jamás habría redactado un informe en estos términos. ¿Acaso crees que no conozco su estilo? -Hizo una pausa en espera de una respuesta-. ¡Por todos los dioses! Estás aquí porque confié en ti, así que confía tú ahora en mí y cuéntame lo que ha sucedido. No estás solo en el mundo, Cí…

«Sí que estoy solo. Sí que lo estoy».

Cí intentó recuperar su informe, pero Ming lo apartó de su alcance.

Se mantuvo en silencio mientras la rabia le reconcomía. ¿Qué sabía aquel hombre de lo que le sucedía? ¿Cómo hacerle entender que no sólo había desperdiciado la oportunidad de conseguir su sueño, sino que además se había colocado de nuevo en la diana de la justicia? ¿De qué forma podía explicarle que en cuantos había confiado le habían traicionado, comenzando por su propio padre? ¿Qué podía saber él de confianza?

* * *

Durante los días siguientes, Cí trató de evitar a Ming y a Astucia Gris. Al primero le fue difícil, pero al segundo le resultó imposible porque ambos seguían compartiendo dormitorio. Por fortuna, su compañero había optado por una estrategia similar a la suya y se mantenía apartado de él tanto como podía. De hecho, asistía a clases distintas, disimulaba cuando se cruzaban y, durante las comidas, buscaba sitio en las mesas más alejadas. Cí se imaginó que Astucia Gris debía de temer algún tipo de respuesta, lo que a su juicio le convertía en una fiera acosada capaz de saltarle al cuello cuando menos lo esperara.

Por su parte, Ming no había vuelto a mencionar el asunto del informe, un comportamiento que le desconcertó.

Sin embargo, eso no le aplacó. Por las tardes, tras las clases de retórica, comenzó a trabajar en el documento que, según hizo creer a sus compañeros, demostraría la impostura de Astucia Gris. Incluso se vanaglorió de ello en el comedor, con la esperanza de que llegara a oídos de su rival. Estaba convencido de que Astucia Gris mordería el cebo y, tarde o temprano, sucumbiría a la tentación de robar el nuevo informe, igual que había hecho con el original.

Cuando lo tuvo todo listo, hizo correr la voz asegurando que al día siguiente lo presentaría ante el consejo y desenmascararía a Astucia Gris. Luego se fue a su dormitorio y esperó sentado a su rival.

Astucia Gris se presentó a media tarde. Nada más entrar tosió al ver a Cí, agachó la cabeza y se tumbó en la cama como si estuviera desfallecido. Cí advirtió que simulaba dormir. Pasado un rato, Cí se levantó, dejó el informe en su talega, cerciorándose de que su rival pudiera apreciarlo, y la guardó en su arcón. Luego esperó al gong que anunciaba la hora de silencio y abandonó la habitación.

Para entonces, Ming ya aguardaba en el pasillo, tal y como Cí le había suplicado.

– No sé cómo me has convencido para esta locura -murmuró el maestro.

– Tan sólo escondeos y esperad. -Se inclinó ante él.

Ming se ocultó tras una columna imitando a Cí. La luz del único farol titilaba a lo lejos como si formara parte de la conjura. Pasaron unos instantes que a ambos se le antojaron eternos, pero, al poco, desde su escondrijo, pudieron observar cómo Astucia Gris asomaba la cabeza y miraba a un lado y a otro antes de volver a desaparecer. Momentos después, en medio del silencio, se escuchó el chirrido del arcón.

– ¡Va a hacerlo! -alertó Ming a Cí.

Cí negó con la cabeza y le hizo una seña para que aguardara. Contó hasta diez.

– ¡Ahora! -gritó Cí.

Corrieron hacia el dormitorio e irrumpieron en él, sorprendiendo a Astucia Gris con la mano en la talega. Al verse descubierto, su cara se transformó.

– ¡Tú! -maldijo a Cí.

Sin dar tiempo a que reaccionaran, emitió un rugido y se abalanzó sobre Cí haciéndole caer. Ambos rodaron por el suelo, derribando con sus cuerpos las sillas del dormitorio. Ming intentó separarlos, pero los dos jóvenes parecían gatos salvajes que intentaran despedazarse. Astucia Gris aprovechó su envergadura y se sentó a horcajadas sobre Cí, pero éste se revolvió hasta desembarazarse de su oponente. Astucia Gris descargó un puñetazo sobre el vientre de Cí, que éste no acusó. Le golpeó una segunda vez con todas sus fuerzas, pero Cí permaneció impertérrito, lo que provocó el desconcierto de su rival.

– ¿Ahora te sorprendes? -Cí soltó un puñetazo que impactó en la cara de Astucia Gris-. ¿No buscabas mi demostración? -le asestó otro golpe que le reventó el labio-. ¡Pues aquí la tienes! -Un tercero hizo que Astucia Gris cayera hacia atrás antes de que Ming pudiera detenerle.

Cí se levantó con la respiración agitada y el pelo desmadejado mientras Astucia Gris gruñía con la cara ensangrentada a los pies de la cama. Cí escupió ante sus amenazas. Había tragado mucha hiel por su culpa y no estaba dispuesto a engullir más.

* * *

Al día siguiente, Cí y Astucia Gris se cruzaron cuando éste abandonaba la academia. Nadie había acudido a despedirle. Ni siquiera los amigos a los que siempre convidaba. Cí observó que le esperaba a la puerta un séquito de personajes cuyos costosos ropajes parecían sacados de una celebración imperial. No le extrañó. Durante el desayuno ya se rumoreaba que la plaza ofertada por la prefectura había sido asignada a Astucia Gris. Apretó los dientes resignado. Quizá hubiera perdido la oportunidad de su vida, pero al menos se había desquitado. Para su sorpresa, Astucia Gris le sonrió.