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– Supongo que sabes que me voy…

– Una lástima -ironizó Cí.

Astucia Gris torció el gesto. Se inclinó hasta aproximarse a su oído.

– Disfruta de la academia y procura no olvidarme, porque yo no te olvidaré a ti.

Cí lo miró con desdén mientras su rival abandonaba la academia.

«Disfruta tú de tus nuevos labios», murmuró.

* * *

Aquella misma tarde, el claustro se reunió de urgencia para debatir la expulsión de Cí.

Los profesores convocantes alegaron que, fueran o no acertados, los augurios de Ming sobre la portentosa capacidad de Cí en ningún caso justificaban su comportamiento vehemente. Cí estaba ocupando una plaza que no sólo restaba credibilidad, sino también ingresos a la academia. Y con su último acto violento, había estado a punto de truncar la generosa donación que anualmente hacía efectiva la familia de Astucia Gris.

– De hecho, hemos tenido que avalar la candidatura de Astucia Gris a la judicatura para evitar el desastre.

Ming se opuso. Insistió en que, como había quedado demostrado, Cí había sido el autor del informe que Astucia Gris, mediante el engaño, había sustraído y empleado. Pero sus oponentes le recordaron que durante la presentación del informe, el propio Cí había aceptado la autoría de su compañero y que ni sus posteriores argumentaciones, ni el comportamiento con el que había intentado apoyarlas, eran aceptables. La opinión mayoritaria era que Cí debía abandonar la academia sin mayor dilación.

Ming no se dio por vencido. Estaba persuadido de que, tarde o temprano, la presencia del joven les reportaría más beneficios que todos los qián que cualquier padre pudiera pagar. Por esa razón, y para evitar gastos a la academia, propuso al claustro tomar al joven como ayudante personal.

Un murmullo de desaprobación se extendió entre los presentes. Yu, uno de los profesores más beligerantes, calificó a Cí de ser tan farsante como los mercaderes que en lugar de seda vendían piezas de papel o los deleznables charlatanes que prometían remedios inservibles. Incluso tachó de excéntrico a Ming, dudando de que su interés obedeciera simplemente a motivos altruistas y juzgando más bien que respondiese a apetitos más íntimos. Al escucharle, Ming bajó la cabeza y guardó silencio. Desde hacía tiempo, un grupo de envidiosos encabezado por el maestro Yu buscaba su destitución. Iba a replicarle cuando el miembro más anciano se levantó.

– Esa insidiosa insinuación está fuera de lugar. -Su voz resonó autoritaria-. Además de ser el director de esta academia, Ming es un profesor encomiable y su moral no admite discusión. Aquí siempre ha respondido con su trabajo, y los rumores sobre sus gustos, o lo que haga fuera de esta institución, es algo que sólo incumbe a su familia y a él.

Un tenso silencio se adueñó de la sala mientras todos los ojos escrutaban a Ming. El maestro pidió la palabra y el anciano se la concedió.

– No es mi reputación la que está en juego, sino la de Cí -desafió al profesor que acababa de recriminarle-. Desde el primer día, ese joven ha trabajado con denuedo. En los meses que lleva en la academia ha madrugado, limpiado, estudiado y aprendido más que muchos de sus compañeros durante toda su vida. Que haya quienes no quieran verlo o, lo que es aún peor, quienes en beneficio propio pretendan utilizar espurios argumentos contra mi persona están errando el camino. Cí es un estudiante rudo e impulsivo, pero también un joven que rebosa un talento difícil de encontrar. Y aunque su comportamiento en algún momento merezca nuestra reprobación, también merece nuestra generosidad.

– Nuestra generosidad ya le fue concedida cuando ingresó -apuntó el anciano.

Ming se volvió hacia los componentes del claustro.

– Si no confiáis en él, al menos, confiad en mí.

* * *

A excepción de los cuatro detractores que ambicionaban el puesto de Ming, el resto del claustro acordó que el joven permaneciera en la academia bajo la estricta responsabilidad del director. No obstante, también pactaron que cualquier infracción que supusiese el más mínimo descrédito para la institución provocaría su expulsión inmediata. La del joven y la del propio Ming.

Cuando Ming informó a Cí, éste no le creyó.

Ming le explicó a grandes rasgos que había dejado de ser un simple alumno para convertirse en su ayudante. Le anunció que a partir de ese mismo día abandonaría la celda que había compartido con Astucia Gris y se trasladaría a sus dependencias privadas, en el piso superior, donde podría consultar su biblioteca siempre que lo precisara. Durante las mañanas continuaría acudiendo a las clases con el resto de los alumnos, pero por las tardes se dedicaría a asistirle en sus investigaciones. Cí acogió la propuesta con sorpresa y, aunque no comprendió por qué Ming apostaba tanto por él, prefirió no preguntar.

Desde ese momento, la academia se convirtió para Cí en una especie de paraíso. Cada mañana era el primero en acudir a las disertaciones sobre los clásicos y el último en abandonarlas. Asistía ansioso a las clases de leyes y efectuaba las rondas por los hospitales de Lin’an con la energía de un adolescente que intentara impresionar a su enamorada. Pero aunque el contacto con los cadáveres resultaba enriquecedor, era por las tardes cuando más disfrutaba. Tras la comida, se encerraba en el despacho de Ming y consumía las horas entre el arsenal de tratados médicos que el propio Ming había logrado recuperar de la universidad antes de su clausura. Conforme los leía y releía, Cí advirtió que, pese a la sabiduría que atesoraban, en ocasiones trataban las materias de forma confusa, repetida o desordenada, por lo que propuso a Ming sistematizar aquel caos. Según el joven, la solución pasaba por redactar nuevos tratados clasificados según las dolencias, de forma que pudieran consultarse sin tener que acudir una y otra vez a distintas fuentes en las que, al fin y al cabo, repetían y solapaban idénticos conceptos.

A Ming le entusiasmó tanto la propuesta que la tomó como propia y le otorgó la máxima prioridad. Incluso convenció al claustro de profesores de la necesidad de acometer aquella tarea, obteniendo de ellos una asignación monetaria adicional que dedicó en parte a la adquisición de material y en parte a remunerar a Cí.

Cí trabajó duro. Al principio, se limitó a recopilar y organizar información de libros médicos como el Wu-tsang-shen-lu, el Discurso divino de los sistemas funcionales del cuerpo, el Ching-hen fang, las Prescripciones a través de la experiencia, o el Nei-shu lu, el Ensayo sobre las respuestas inducidas. También estudió tratados sobre criminología, como el I-yü chi, la antigua Colección de casos dudosos, o el Che-yü kuei-chien, el Espejo mágico para resolver casos. Con el paso de los meses, además de continuar con el proceso de análisis, Cí comenzó a reflejar sus propios pensamientos. Lo hacía por las noches, cuando Ming se acostaba. Después de sus oraciones, encendía su farol y bajo la llama amarillenta reseñaba los métodos que según él debían emplearse ante el examen de un cadáver. A su juicio, no sólo resultaba fundamental un conocimiento exhaustivo de las circunstancias de un deceso, sino que debía exigirse la perfección en los actos más simples o triviales. Para evitar descuidos, se hacía preciso seguir un orden exacto, comenzando por la coronilla, las suturas craneales y la línea del nacimiento del pelo, y continuar por la frente, las cejas y los ojos, cuyos párpados deberían abrirse sin miedo a que escapase el espíritu del muerto. Acto seguido, se proseguiría por la garganta, el pecho del hombre y los senos de la mujer, el corazón, la campanilla y el ombligo, la región púbica, el tallo de jade, el escroto y los testículos, palpándolos con detenimiento para comprobar si estaban completos. En las mujeres, y con la ayuda de una comadrona siempre que fuera posible, debería comprobarse la puerta del nacimiento de los niños, o la puerta oculta si se tratara de jóvenes vírgenes. Por último, se examinarían piernas y brazos sin olvidar las uñas y los dedos. La parte trasera exigiría el mismo cuidado, por lo que se comenzaría por la nuca, el hueso que pasea sobre la almohada, el cuello, el lomo y las nalgas. Igualmente se inspeccionaría el ano, así como la parte posterior de las piernas, siempre cuidando de presionar a la vez ambos miembros con el fin de advertir cualquier desigualdad producida por golpes o inflamaciones. A partir de este reconocimiento previo, se determinarían la edad del fallecido y la fecha aproximada de su muerte.