– Según relató, te atacaron unos desconocidos. O, al menos, eso es lo que yo he contado aquí.
Cí intentó incorporarse, pero Ming se lo impidió. El curandero que le había visitado le había prescrito descanso hasta que las roturas de las costillas sanasen. Debía guardar cama un par de semanas. Lo suficiente como para perderse las clases más importantes. Pero Ming le dijo que no se preocupase. Le cogió su mano con la misma dulzura que una flor.
– Yo velaré por ti.
Además de sus cuidados, durante la convalecencia, Cí hubo de soportar los continuos reproches de Ming. El maestro le recriminó que su comportamiento huraño le impidiera disfrutar del conocimiento, de la alegría de otros alumnos. Alababa su laboriosidad, pero la misma superioridad que mostraba en sus análisis parecía abocarle a un aislamiento pernicioso. Y, a juzgar por las consecuencias, la compañía de una flor no parecía ser el mejor remedio. Cí simulaba no escucharle, pero, durante la noche, cuando las horas transcurrían lentas, meditaba sobre las palabras que había fingido no oír. Palabras que le punzaban porque sabía que destilaban razón. Los mismos fantasmas que le asaltaban por las noches le estaban enterrando en vida. Las dudas sobre su padre le devoraban poco a poco, aferradas a sus vísceras, cada día creciendo más. Si en verdad pretendía conseguir su sueño, tendría que expulsar a aquel espectro de su corazón.
Pero desconocía cómo.
Decidió que aquella noche se lo confesaría a Ming.
Lo encontró en su despacho, semioculto tras una nube de incienso que, con sus halos fantasmagóricos, impregnaba de un gris sucio la oscuridad. El aroma denso y dulzón del sándalo penetró en sus pulmones, que se resintieron al hincharse. Sus ojos descubrieron a un Ming inmóvil meditando frente a una taza de té. Su rostro tenía el brillo mortecino de la cera. Al reconocerle, el maestro le invitó a sentarse con un hilo de voz. Cí le obedeció y guardó silencio. No sabía por dónde empezar, pero Ming se lo facilitó.
– Debe de ser importante para que interrumpas mis oraciones, pero adelante, estaré encantado de escucharte.
Su voz sonaba suave. Cí respiró. Ming sabía cómo transformar las aristas de una rama quebrada en un pincel fino, listo para el trabajo.
Le explicó quién era y de dónde venía. Le habló de la extraña enfermedad que marcaba su cuerpo, de su estancia en la universidad años atrás, de los días como ayudante del juez Feng, de la desaparición de su familia y de su terrible soledad. Pero, sobre todo, le reveló la ignominiosa actuación de su padre y el deshonor que había derramado sobre él. Cuando llegó el momento de contarle que él mismo era un fugitivo del alguacil que precisamente había aparecido asesinado, no se atrevió.
Ming le escuchó tranquilo mientras sorbía el té humeante como si se tratara de un manjar caro y exquisito. Su tez impasible era la de un anciano que acabara de escuchar una historia mil veces contada. Cuando terminó, colocó la taza sobre la mesa baja y le miró fijamente.
– Ya has cumplido veintidós años. Un árbol siempre es responsable de sus frutas, pero una fruta no puede serlo de su árbol. Aun así, estoy seguro de que, si buscas en tu interior, encontrarás motivos para enorgullecerte de tu padre. Yo los veo en tu sabiduría, en tus gestos, en tu educación.
– ¿Mi educación? Desde que llegué a la academia mi vida ha sido un reguero de farsas y mentiras. Yo…
– Tú eres un joven ambicioso e impetuoso, pero no un desalmado. De lo contrario, no te asaltarían esos remordimientos que te impiden el descanso. En cuanto a tus mentiras… -vertió un poco más de té sobre su taza-, no es un buen consejo, pero deberías aprender a mentir mejor.
Ming se levantó y se dirigió a la biblioteca, de la que regresó con un libro que Cí reconoció. Era un código penal similar al de su padre.
– ¿Un carnicero que domina el Songxingtong? -le retó-. ¿Un enterrador que aunque acaba de llegar a Lin’an conoce el único lugar donde se vende un alimento tan poco común como el queso? ¿Un pobre inculto que lo ha olvidado todo excepto sus extensos conocimientos sobre heridas y anatomía? Dime una cosa, Cí, ¿de verdad pensabas que podrías engañarme?
Cí no supo qué decir. Por fortuna para él, Ming interrumpió su balbuceo.
– Vi algo en ti, Cí. Detrás de las mentiras que vertía tu boca, advertí una sombra de tristeza. Tus ojos pedían ayuda. Inocentes… desvalidos. No me defraudes, Cí.
Aquella noche, Cí por fin descansó.
Fue la primera y la última vez. Al día siguiente, una noticia le sobrecogió.
Quinta parte
Capítulo 23
Aquella mañana debería haber sido como cualquier otra de junio. Cí se había levantado al alba, se había aseado en el patio privado de Ming y había honrado a sus difuntos. Tras el desayuno, había corrido a la biblioteca y se había enfrascado con el compendio que tenía que presentar por la tarde al claustro, una recopilación de procedimientos y prácticas forenses que ilustrarían el trabajo que había desarrollado desde que comenzó a trabajar para Ming. Pero a media mañana descubrió con horror que había olvidado incluir unos pasajes de vital importancia extractados del Zhubing Yuanhou Zonglun, el Tratado general sobre las causas y los síntomas de las enfermedades, que había olvidado en el despacho de Ming.
Cí golpeó la mesa con los puños. Necesitaba el tratado con urgencia, pero precisamente esa misma mañana Ming había sido convocado de forma imprevista a la prefectura provincial y aún tardaría en llegar. Si esperaba a su regreso, no concluiría a tiempo la presentación. Pensó en la osadía que supondría entrar en su despacho privado sin su permiso. Pero necesitaba el tratado…
«Esto no es una buena idea».
Empujó la puerta y entró en el despacho. Todo estaba a oscuras, así que avanzó a tientas hasta la biblioteca privada de Ming.
Mientras buscaba el texto, sintió que se le enfriaba el corazón. Lentamente, sus dedos recorrieron el anaquel donde Ming solía ubicar el ejemplar hasta llegar a un lugar vacío. Un escalofrío le recorrió.
Se maldijo por su mala fortuna. De inmediato, escudriñó a su alrededor.
Finalmente, localizó el tratado en el escritorio, bajo otro volumen encuadernado en seda. Se acercó lentamente, casi deslizándose. Estiró el brazo con temor, pero al rozar su lomo se detuvo. Dudó qué hacer.
«Esto no es una buena idea», se repitió.
Iba a retroceder cuando de repente la puerta se abrió. Cí dio un respingo y el libro cayó al suelo arrastrando el volumen de cuero tras él.
Al girarse, vio a Ming. El maestro entró en el despacho y encendió un farol. Nada más reconocer a Cí, parpadeó, confuso. De inmediato le preguntó qué hacía allí.
– Yo… Ne-cesita-ba cónsul-tar el Zhubing Yuanhou Zonglun -tartamudeó.
– Te advertí que no tocaras mis cosas. -Su voz destilaba cólera.
De inmediato, Cí se agachó para recoger los libros y entregárselos a Ming, pero, al hacerlo, el volumen de cuero se abrió dejando a la vista unos dibujos de unos hombres desnudos que Ming ocultó como pudo.
– Es un tratado de anatomía -se excusó.
Cí asintió sin alcanzar a comprender por qué Ming intentaba engañarle. Conocía bien los dibujos fisiológicos, y éstos jamás representaban dos varones emparejados. Se disculpó otra vez y pidió permiso para retirarse.
– Es curioso que solicites mi autorización para salir y no la pidieras para entrar. Y tu tratado, ¿es que ya no lo necesitas? -preguntó Ming.
– Perdóneme, señor. He sido un insensato.