Ming cerró la puerta e invitó a Cí a que se sentara. Luego él hizo lo propio. Las venas de su rostro iracundo competían con la rabia de su mirada.
– Dime una cosa, Cí, ¿te has preguntado alguna vez por qué alguien haría por ti lo que estoy haciendo yo?
– Muchas veces. -Bajó la cabeza, arrepentido.
– Y, sinceramente, ¿te consideras merecedor de ello?
Cí frunció los labios.
– Supongo que no, señor.
– ¿Lo supones? ¿Acaso sabes de dónde vengo? -Elevó la voz-. He estado en la prefectura provincial. Vengo de allí porque me han ordenado que asista a los jueces imperiales en calidad de consejero. Y me lo han ordenado porque, por lo visto, alguien ha cometido una monstruosa aberración; un crimen tan espeluznante que ni la mente más salvaje sería capaz de concebir. Me han pedido que acuda a la Corte, ¿y sabes qué he hecho yo? Pues les hablé de ti. ¡Como lo oyes! -Sonrió con amargura-. Les dije que en la academia existía un estudiante verdaderamente excepcional. ¡Mejor que yo! Alguien dotado de una capacidad de observación inaudita, fuera de lo común. Y les supliqué, sí, les supliqué que te permitieran acompañarme. Les hablé de ti como cualquier padre orgulloso hablaría de su hijo, de aquél al que confiaría el cuidado de su casa y hasta de su propia vida. ¿Y cómo me pagas tú? ¿Traicionando mi confianza? ¿Entrando en mis aposentos y husmeando entre mis libros? ¿Qué más podía hacer por ti, Cí? ¡Dime! Te contraté, te saqué de la inmundicia, te defendí y te protegí. ¿¡Qué más podía hacer!? -Y descargó un puñetazo sobre la mesa.
Cí enmudeció. Le temblaba todo el cuerpo y, aunque deseaba contestar a Ming, era incapaz de articular una sola palabra. Le dolía sólo pensarlo. Le habría dicho que jamás habría entrado en su despacho de no mediar su absoluta desesperación. Le habría contado que si no amase tanto el estudio, si no le importase tanto lo que había hecho por él, si no se sintiese en la obligación de corresponder a cada una de sus expectativas, no habría mancillado su intimidad. Y que su injustificable entrada había sido para no defraudarle ante el consejo y que pudiera sentirse orgulloso de él. Sin embargo, lo único que podía expresar brotaba de sus ojos en forma de un brillo húmedo.
Se levantó antes de que Ming advirtiera su debilidad, pero el maestro le agarró del brazo.
– No tan deprisa. -Volvió a alzar la voz-. Les di mi palabra de que acudirías a la Corte y así será. Pero después de la visita te marcharás. Recogerás tus cosas y desaparecerás para siempre de esta academia. No quiero verte ni un instante más. -Y le soltó el brazo para permitir que se fuera.
Cualquier mortal en su sano juicio se habría dejado cortar una mano por traspasar la muralla del Palacio Imperial. Sin embargo, en aquel instante, Cí se habría dejado cortar las dos con tal de recibir un gesto amable de Ming.
Cabizbajo, siguió los polvorientos pasos del séquito judicial mientras avanzaba por la avenida Imperial en dirección a la colina del Fénix. Dos asistentes abrían la comitiva agitando frenéticamente los tamboriles para anunciar la presencia del juez de la prefectura, que, acomodado en su palanquín, se bamboleaba entre una multitud de curiosos ávida de cualquier chismorreo sobre torturas o ejecuciones. Ming caminaba detrás, con el semblante abatido. Cada vez que Cí lo miraba, se preguntaba cómo podía haberle defraudado así.
Ya ni siquiera le dirigía la palabra. Lo único que le había dicho era que en el palacio les esperaba el emperador Ningzong.
Ningzong, el Hijo del Cielo, el Ancestro Tranquilo. Escasos eran los elegidos para postrarse ante él y menos aún los autorizados a mirarle. Sólo sus consejeros más próximos osaban acercarse a él, sólo sus esposas e hijos podían rozarle, sólo sus eunucos lograban persuadirle. Su vida transcurría dentro del Gran Palacio, tras los muros que le protegían de la podredumbre y de la desdicha exterior. Encerrado en su jaula de oro, el Augur Supremo consumía su existencia en un interminable protocolo de recepciones, ceremonias y ritos conforme a los procedimientos confucianos sin que nunca mediara posibilidad de variación. De todos era sabida su enorme responsabilidad. Su puesto, más que un placer, era un constante sacrificio, una pesada obligación.
Y ahora él iba a traspasar el umbral que separaba el infierno del cielo, sin saber bien dónde se situaba cada cual.
Cuando franquearon la entrada, un mundo de lujo y riqueza se mostró ante Cí. Fuentes labradas en la roca salpicaban el verdor de un jardín por el que correteaban los corzos y desfilaban pavos reales de un azul tan irisado que parecían engalanados para la ocasión. Los riachuelos discurrían sonoros entre los macizos de peonías y los árboles de troncos nudosos mientras el fulgor del oro disputaba al bermellón y al cinabrio la primacía en columnas, aleros y balaústres. Cí se maravilló con los tejados, que se retorcían vivos en sus cornisas, doblándose extravagantemente hacia el firmamento. El impresionante conjunto de edificios, orientados en perfecta cuadrícula y alineados sobre un eje central de norte a sur, se elevaba desafiante y amenazador, cual gigantesco soldado que confiado de su poderío despreciase cualquier protección. Sin embargo, una perpetua fila de centinelas se apostaba a ambos lados de la vía que enlazaba la puerta de la muralla con la villa.
El cortejo avanzó en silencio hasta detenerse frente a la escalinata que daba acceso al primer palacio, el Pabellón de las Recepciones, entre el Palacio del Frío y el Palacio del Calor. Allí, bajo el pórtico de tejas esmaltadas, un hombre grueso de cara blanda y arrugada aguardaba impaciente luciendo el bonete que le identificaba como el respetable Kan, ministro del Xing Bu, el temido Consejo de los Castigos. Al acercarse, Cí advirtió la cuenca vacía que presidía su rostro. El ojo que conservaba parpadeaba nervioso.
Un funcionario de gesto adusto hizo las presentaciones protocolarias. Luego, tras las reverencias, les pidió a los recién llegados que le siguieran.
La comitiva discurrió en silencio por un pasillo interminable. Atravesaron varias salas adornadas con níveos jarrones de porcelana que contrastaban con los laqueados púrpuras de las paredes, dejaron atrás un claustro de planta cuadrada cuyo esplendor rivalizaría con una mina de jade y a continuación entraron en un nuevo pabellón de aspecto menos refinado pero igualmente imponente. Una vez allí, el funcionario que les guiaba impuso atención con un gesto.
– Honorables expertos, saludad al emperador Ningzong. -Y señaló el trono vacío que presidía la sala en la que acababan de entrar.
Todos los presentes se postraron ante el trono y golpearon el suelo con sus cabezas como si realmente lo ocupase el emperador. Una vez concluido el ritual, el funcionario le cedió la palabra al consejero Kan. El hombre tuerto se encaramó pesadamente sobre una tarima y escrutó a los presentes. Cí adivinó en su rostro una leve mueca de terror.
– Como ya sabéis, se os ha convocado por un asunto verdaderamente escabroso. Una situación que requerirá más de vuestros instintos que de vuestra agudeza. Lo que vais a presenciar excede lo humanamente admisible para entrar en el ámbito de la monstruosidad. Desconozco si el criminal al que nos enfrentamos es hombre, alimaña o aberración, pero, sea lo que sea, estáis aquí para atrapar a esa abominación.
Seguidamente, bajó de la tarima y se dirigió hacia una sala protegida por dos soldados tan descomunales como las hachas que enarbolaban. Cí se asombró ante la puerta de ébano en cuyo dintel aparecían labrados los diez reyes del infierno. Al abrirse, reconoció el hedor de la corrupción.
Antes de entrar, un discípulo de Kan ofreció a los asistentes hilas impregnadas de alcanfor que se apresuraron a embutir en sus fosas nasales. Luego los invitó a entrar en la habitación del horror.