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Conforme se disponían alrededor del bulto ensangrentado, los rostros de los asistentes mudaron la curiosidad por una consternación que poco a poco se tornó en pavor. Bajo la sábana se adivinaba el cuerpo mutilado de algo parecido a un ser humano. Los estigmas encarnados chorreaban sobre el paño, empapándolo en la zona que correspondía al pecho y al cuello. Luego, la mortaja se hundía bruscamente sobre el hueco que debería haber ocupado la cabeza.

A una señal, la matrona suprema del palacio destapó el cadáver provocando un balbuceo de terror. Uno de los invitados lanzó un par de arcadas y otro vomitó. Lentamente, todos retrocedieron. Todos, menos Cí.

El joven no pestañeó. Al contrario, observó impávido el cuerpo despedazado de lo que hasta hacía poco había sido una mujer. Sus carnes blandas, profanadas sin piedad, se asemejaban a las de un animal parcialmente devorado. La cabeza había sido cercenada por completo, y los restos de la tráquea y el esófago colgaban del cuello como la tripa de un cerdo. De igual forma, los dos pies habían sido amputados a la altura de los tobillos. En el tronco, dos brutales heridas destacaban sobre las demás: la primera, bajo el seno derecho, mostraba un profundo cráter; como si una bestia hubiera enterrado en él su hocico hasta comerle los pulmones. La segunda resultaba aún más espeluznante y provocó un escalofrío en Cí. Una atroz incisión triangular recorría ambas ingles para cerrarse horizontalmente bajo el ombligo, dejando a la vista un amasijo de grasa, sangre y carne. Toda la caverna del placer había sido extirpada en algún extraño ritual. Ni sus restos, ni la cabeza, habían aparecido.

Cí contempló el cadáver con tristeza. La barbarie que había sufrido aquel cuerpo contrastaba con la delicadeza de sus manos. Incluso el suave perfume que aún desprendía luchaba contra el hedor de la descomposición. Sintió que la mano del oficial le indicaba que se retirara y Cí obedeció. Seguidamente, Kan procedió a leerles el informe preliminar elaborado por sus oficiales a raíz de las exploraciones practicadas por la matrona suprema. Cí pensó que no aportaba mucho más a lo ya advertido por él. Tan sólo mencionaba detalles como la edad aproximada de la mujer, que habían calculado en unos treinta años, la conservación de ambos senos, pequeños y fláccidos como sus pezones, o la blancura aterciopelada de su piel. También hacía notar que la mujer había sido encontrada vestida, tirada en un callejón cercano al Mercado de la Sal. Por último, opinaba sobre la clase de animal que podía haber causado semejante mutilación, especulando entre un tigre, un perro o un dragón.

Mientras los demás tartamudeaban, Cí meneó la cabeza. A buen seguro, la matrona suprema sabía de partos, de ordenanzas domésticas y de organización de convites, pero dudaba que alcanzara a distinguir la picadura de un insecto de una simple quemadura. Sin embargo, había poco que él pudiera hacer al respecto. Un hombre tenía terminantemente prohibido tocar el cadáver de una mujer. Así eran las leyes confucianas y nadie en su sano juicio se atrevería a contravenirlas.

Concluida la lectura del informe, Kan solicitó un veredicto a los asistentes.

El juez de la prefectura fue el primero en decidirse. Se adelantó, giró pausadamente alrededor del cadáver y pidió a la matrona que le diera la vuelta para observar su dorso. Los demás aprovecharon la manipulación para acercarse. Cuando la mujer logró mover el cuerpo, quedó a la vista una espalda blancuzca libre de heridas. La cintura era gruesa y sus nalgas se apreciaban blandas y suaves. El juez dio una vuelta más antes de mesarse los escasos pelos de su perilla. Después se dirigió hacia las ropas que vestía la víctima en el momento de su hallazgo. Era un simple sayo de lino, de los usados por la servidumbre. Se rascó la cabeza y se dirigió a Kan.

– Consejero de los Castigos… Ante un hecho tan aborrecible, las palabras huyen temerosas de mi garganta. Creo que no viene al caso incidir en los tipos y número de heridas, de las cuales han dado ajustada cuenta quienes me han precedido en el examen. Desde luego, coincido con mis colegas respecto a la intervención de una bestia, cuya naturaleza no alcanzo a discernir por lo absolutamente inusual de las heridas. -Pareció meditar su siguiente frase-. Pero a la vista de los hechos, me atrevería a asegurar que nos enfrentamos a una de esas sectas que practican las oscuras artes de la hechicería. Quizá los seguidores de El Loto Blanco, o los maniqueístas, o los cristianos nestorianos, o los mesiánicos de la Maitreya. La prueba es que, impulsados por un ansia abominable, los asesinos decapitaron y cercenaron los pies de esta desgraciada en una sangrienta ceremonia y, no satisfechos con ello, saciaron su apetito de horror y depravación permitiendo que alguna bestia le comiera el pulmón. -Miró a Kan, a la espera de su aprobación-. ¿Los motivos? Podrían ser tantos como retorcidas se revelen sus mentes asesinas: un ritual de iniciación, un castigo ante una desobediencia, una ofrenda a los demonios, la búsqueda de algún elixir que precisase un componente humano…

Kan asintió con la cabeza mientras sopesaba las palabras del juez. Seguidamente, le concedió la palabra a Ming.

El profesor se levantó despacio bajo la atenta mirada de Cí. El joven prestó atención a sus gestos y a sus palabras.

– Dignísimo consejero de los Castigos, permitid que me incline ante vuestra magnanimidad. -Saludó a Kan con una reverencia-. Sólo soy un humilde profesor y por ello os agradezco que hayáis considerado mi presencia en este terrible suceso. Espero que, con la ayuda de los espíritus, se avive mi ingenio y logre arrojar algo de luz entre las tinieblas. -Kan le hizo un gesto para que continuara-. También quisiera disculparme ante aquéllos a quienes pudiera ofender si mis apreciaciones difiriesen de las expuestas hasta ahora. En tal caso, me encomiendo a vuestra benevolencia.

Ming permaneció en silencio observando la espalda del cadáver. Luego solicitó a la matrona que lo devolviese a su posición original. Al contemplar de cerca el hueco dejado sobre su sexo cercenado no pudo evitar un gesto de repulsión. Observó las heridas con detenimiento. Después pidió una varilla de bambú para hurgar en las heridas, cosa que Kan autorizó. Echó un último vistazo y se volvió hacia el consejero.

– Las heridas son testigos fieles que nos hablan de lo ocurrido. A veces, nos aclaran cómo; a veces, cuándo; a veces, incluso el porqué. Pero las aquí presentes hoy sólo claman venganza. El conocimiento de los cadáveres nos permite estimar la profundidad de una incisión, la intencionalidad de un golpe o incluso la fuerza con la que fue descargado, pero para resolver un crimen resulta fundamental entrar en la mente del asesino. -Hizo una pausa que provocó un nervioso repiqueteo de dedos en Kan-. Y pese a ser sólo especulaciones, dentro de ese pensamiento creo ver que la extirpación de la caverna del placer obedeció a un impulso de depravación. A una pulsión lujuriosa que desencadenó un crimen de inusitada violencia. Desconozco si la mutilación obedece a la acción de alguna secta ocultista. Quizá la herida de su pecho así lo indique, pero de lo que estoy convencido es de que el asesino no seccionó la cabeza y los pies de la víctima como parte de un macabro ritual. Si lo hizo, fue para evitar su identificación. Eliminó su rostro porque, obviamente, cualquiera habría podido reconocerlo. Y seccionó sus pies, porque escondían el secreto de su linaje o posición.

– No os entiendo -intervino Kan.

– Esta mujer no era una simple campesina. La finura de sus manos, el cuidado de sus uñas, incluso los restos de perfume que aún conserva el cadáver nos hablan de alguien perteneciente a la nobleza. Y, sin embargo, su asesino intenta hacernos creer lo contrario, vistiéndola con ropas burdas. -Paseó lentamente por la sala-. De todos es conocido que, desde su infancia, las mujeres de la alta sociedad embellecen sus pies comprimiéndolos con vendas que impiden su crecimiento. Pero lo que la mayoría desconoce es que esa dolorosa deformación que transmuta sus extremidades en muñones como puños en cada mujer es diferente. Constreñidos por los vendajes, los pulgares se descoyuntan hacia el dorso y los restantes dedos hacia la planta, plegándolos y ciñéndolos hasta que las ligaduras y los andares terminan de obrar el efecto. Un resultado deforme y, por fortuna, distinto en cada joven. Porque aunque jamás enseñan sus pies de loto en público, los miman y sus sirvientas se los cuidan en privado. Así pues, cualquier mujer, aun sin rostro, sería fácilmente reconocida por esas mismas sirvientas con el simple examen de sus muñones. Que es, precisamente, lo que su asesino pretendía impedir.