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– Interesante… ¿Y respecto a la herida de su pecho…?

– ¡Ah, sí! ¡El extraño cráter! Mi predecesor ha apuntado hacia la crueldad del asesino, cosa que no admite discusión, pero no encuentro razón para concluir que la herida le fuera causada inmediatamente tras su muerte. Es cierto que parece revelar los mordiscos de un animal, pero también lo es que cualquier perro pudo devorarla después de ser abandonada en el callejón.

Kan frunció sus gruesos labios. Luego dirigió la mirada hacia la clepsidra que marcaba las horas mientras meditaba algo.

– Muy bien, señores. En nombre del emperador os agradezco vuestro esfuerzo. Si volvemos a necesitaros, os llamaremos tan pronto como lo precisemos -determinó-. Ahora, si sois tan amables, mi oficial os acompañará hasta la salida. -Y se dio la vuelta para abandonar el salón.

– ¡Excelencia! ¡Disculpe…! -se atrevió Ming a interrumpirle-. Falta el lector… Le hablé de él al magistrado de la prefectura y estuvo de acuerdo en que nos acompañase.

– ¿El lector? -se extrañó el consejero de los Castigos.

– El lector de cadáveres. Mi mejor alumno -dijo, y señaló a Cí.

– No me han informado. -Dirigió una mirada severa a su acólito, que bajó la cabeza-. ¿Y qué es capaz de hacer que no hayáis hecho ya vos?

– Tal vez os parezca extraño, pero sus ojos son capaces de ver lo que para el resto son sólo tinieblas.

– En efecto, me parece extraño. -Kan miró a Cí con la misma incredulidad que habría mostrado si le hubieran asegurado que el joven podía resucitar a los muertos. Masculló algo y se volvió-. Está bien, pero daos prisa. ¿Algún detalle que añadir?

Cí se adelantó y cogió un cuchillo.

«Eso espero», murmuró.

Acto seguido, y ante el asombro de los presentes, descargó el cuchillo sobre el vientre de la mujer. La matrona intentó detenerlo, pero Cí continuó.

– ¿Lo entendéis ahora? -Con las manos ensangrentadas, Cí le señaló las tripas abiertas.

– ¿Qué habría de entender? -alcanzó a responder Kan.

– Que este cadáver es el de un hombre, no el de una mujer.

Capítulo 24

«Es un hombre. No una mujer…».

Cuando los prácticos de Kan confirmaron que bajo los intestinos del cadáver no existían órganos femeninos, pero sí la castaña de la virilidad, el consejero enmudeció. Lentamente, tomó asiento y pidió a Cí que continuara.

Con voz preocupada pero firme, Cí afirmó que el origen de la muerte provenía de la herida inferida en el pulmón. Sus bordes no presentaban las típicas retracciones e induraciones rosadas que se producían cuando la carne era cortada aún viva, cosa que tampoco sucedía en los muñones de los tobillos, ni en la sección del cuello, ni en el tajo que había desprendido su sexo, pero tenía la certeza de que el origen del fallecimiento estaba en el pulmón porque éste aparecía colapsado, como si hubiera sido perforado por algún objeto afilado.

En cuanto a la causa de la herida, Cí descartó la intervención de un animal. Era cierto que en el pulmón habían escarbado con saña, como intentando llegar hasta el interior de sus entrañas, pero en el exterior no aparecían ni arañazos ni mordeduras. No había ni el más mínimo rasguño a su alrededor, nada que indicara la presencia de una bestia. Además, aunque las costillas aparecían quebradas, lo hacían de forma limpia, casi cuidada, como si las hubiesen roto con algún tipo de tenaza. Con independencia de cómo se hubiera producido, parecía que el asesino buscaba algo en su interior. Algo que, aparentemente, había conseguido encontrar.

– ¿El qué? -le interrumpió Kan.

– Lo ignoro. Quizá el extremo de una flecha, cuya punta se partió al intentar extraerla. Puede que estuviese forjada en un metal precioso o que contuviera alguna marca identificativa, no lo sé, pero lo cierto es que el asesino se ocupó de eliminar cualquier detalle que pudiera incriminarle.

– Como las amputaciones…

– Con su proverbial prudencia, el maestro Ming apostó por una mujer perteneciente a la nobleza, cuyos pies deformados hasta la miniatura habrían delatado su condición. Y, sin embargo, precisamente ésa era la baza con la que el asesino pretendía confundirnos. Porque, ¿qué otra cosa si no habríamos pensado de un cuerpo suave y femenino, con pechos y formas de mujer?

»El asesino mutiló cuanto pudiera indicar su verdadera condición. Cercenó la cabeza para impedir su identificación, serró sus grandes pies, que lo habrían delatado como hombre, para hacernos creer que se trataba de una mujer noble y amputó la zona de su tallo de jade y sus bolsas de las semillas de la fertilidad. Sin embargo, ladinamente, dejó intactos sus senos femeninos. Y a buen seguro habría conseguido su propósito de no haber reparado en el tamaño de sus manos, desproporcionadamente grandes, aunque suaves y delicadas como las de una mujer.

– Pero, entonces, no entiendo… -Kan sacudió la cabeza-. Tallo de jade… senos de mujer… Si no es una cosa ni la otra, ¿qué clase de monstruo es?

– Ningún monstruo, consejero de los Castigos. Ese pobre desgraciado sólo era un eunuco imperial.

Kan resopló como un búfalo. Pese a no ser habitual, la existencia de eunucos de aspecto afeminado era algo conocido en la Corte, sobre todo, entre aquellos cuya castración había tenido lugar antes de la pubertad. Apretó los puños con rabia y se maldijo por no haber contemplado esa posibilidad. Si había una cosa que Kan odiase más que la rebeldía, era que alguien se revelase más astuto que él. El consejero miró a Cí como si éste fuera el responsable de su propia ignorancia.

– Podéis marchar -le espetó-. No necesito nada más.

* * *

De regreso a la academia, Ming interrogó a Cí.

– Por más que lo pienso, aún no comprendo cómo dedujiste…

– Fue durante vuestra intervención -le contestó Cí-. Cuando mencionasteis que habría sido fácil reconocer a la mujer por sus pies deformados y que por tal razón el asesino se los cercenó…

– ¿Sí? -Le miró sin entender.

– Como vos mismo señalasteis, el vendaje de los pies es una costumbre relativamente moderna, extendida sólo entre la nobleza. Algo que, obviamente, Kan conoce. Por tanto, era de suponer que ya hubiese interrogado a todas las familias acaudaladas sobre la desaparición de alguno de sus miembros. Si con posterioridad os pidió consejo, debió de ser porque, tras sus investigaciones, no sacó nada en claro.

– Pero lo del eunuco…

– Como dijo Kan, el muerto no era ni hombre ni mujer… Fue algo inconsciente, una imagen relampagueante. Al poco de mi llegada a Lin’an tuve la desdicha de presenciar la emasculación que le practicaron a un chiquillo cuyos padres anhelaban convertirlo en eunuco imperial. El muchacho murió desangrado sin que pudiera hacer nada por él. Aún puedo verlo como si hubiera ocurrido ayer…

* * *

Durante el resto del trayecto, Ming permaneció en silencio. Su rostro serio y sus mandíbulas apretadas hicieron recelar a Cí. Antes de acudir a la Corte, Ming le había anunciado su propósito de expulsarle de la academia. Ahora temía que su revelación sobre el eunuco hubiera herido su orgullo e influyera negativamente en su decisión. Se acordó del día en que ayudó a Feng en la aldea y las nefastas consecuencias de aquella colaboración. Enmudeció.