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Poco antes de llegar a la academia, Ming le informó de que debía ausentarse. Le dijo que regresaría a la noche y entonces hablarían. Cí prefirió no preguntar. Le cumplimentó y se encaminó solo hacia el edificio con la convicción de que aquélla era la última vez que cruzaría sus puertas. Se disponía a entrar cuando, nada más verle, el criado que vigilaba la entrada salió a su encuentro, lo agarró del brazo y sin darle tiempo a que replicara lo condujo corriendo hasta el jardín. Cuando Cí le preguntó qué sucedía, el hombrecillo enrojeció.

– Vino a verte un hombre extraño. Dijo que era tu amigo, pero parecía un borracho. Al decirle que no estabas, se enfureció y comenzó a gritar como un energúmeno, así que lo despedí sin miramientos. Mencionó que era adivino, no sé qué de una recompensa y que volvería al anochecer -le susurró-. Pensé que deberías saberlo. Me caes bien, chico, pero yo de ti intentaría evitar determinadas compañías. Si los profesores te ven con ese hombre, no creo que les agrade.

Cí enrojeció. Xu le había encontrado y parecía dispuesto a cumplir su amenaza.

Todo había acabado. Aquella misma tarde recogería sus pertenencias y abandonaría la ciudad antes de que las cosas se complicasen más. Había intentado alcanzar su sueño, pero no lo había conseguido. Ming iba a expulsarle de la academia y pretender lo contrario sólo posibilitaría que Xu le chantajeara o le denunciara. Miró el cielo nublado antes de maldecir su suerte. Todo cuanto había soñado desaparecía para siempre. Sus anhelos se oscurecían como la bruma grisácea de la ciudad.

Ya en sus aposentos, mientras recogía sus pertenencias, le sobrevino el recuerdo del juez Feng. Desde el mismo día en el que le acogió como discípulo, Feng no sólo le había instruido con honestidad y sabiduría. También se había convertido en el padre que le habría gustado tener.

Recordó el día en que, acuciado por la enfermedad de Tercera, acudió a su antiguo palacete. En aquella ocasión se preguntó qué habría sido del juez, pero luego había optado por olvidarle. Al fin y al cabo, renunciar a su encuentro se le antojaba lo más digno que podía hacer. Feng no merecía que un fugitivo le mancillara.

Deambuló por la academia por última vez. Contempló las aulas desiertas y entristecidas, como contagiadas de la pesadumbre que le aplastaba a él, testigos mudas de un intento vano e ilusorio, de un sueño del que ahora le tocaba despertar. Al pasar por delante de la biblioteca, contempló los volúmenes que descansaban en sus atriles esperando impacientes a sus dueños, deseosos de ser abiertos para compartir la sabiduría que habían recopilado de los ancestros. Los contempló con envidia y luego se despidió.

La calle empezaba a dormitar. Un reguero de somnolientos seres anónimos pululaba como un desorganizado enjambre en el que, pese al desconcierto, cada individuo sabía a dónde ir. Todos parecían tener un refugio. Todos menos él.

Se echó la saca al hombro y comenzó a andar sin destino. Caminaría hasta encontrar una carreta o un bote que le llevase lejos, a una vida distante, a una vida infeliz. Volvió un momento la cabeza para contemplar la que había sido su casa, suplicando en su interior para que de alguna de las ventanas surgiese una figura que le llamara. Pero nadie apareció. Para su sorpresa, al girarse de nuevo, se dio de bruces con un soldado imperial, escoltado por otros tres igual de armados que él.

– ¿El lector de cadáveres?

– Así me llaman -balbuceó Cí al reconocer a uno de los guardias presentes durante su examen en la Corte.

– Tenemos orden de que nos acompañes.

Cí no se resistió.

Le trasladaron a la prefectura provincial a pie. Una vez allí, sin mediar palabra, le enfundaron una capucha y lo subieron a un carro tirado por mulas que le condujo durante un largo trecho por las calles de Lin’an. Durante el trayecto hubo de soportar los insultos y las burlas de los transeúntes, que se apartaban al paso de la comitiva, pero poco a poco el griterío se fue debilitando hasta convertirse en un murmullo que desapareció en el momento en el que el carro se detuvo frente a un enorme portalón. Cí apreció el chirrido de unos goznes junto a unas voces que no alcanzó a comprender. Luego, el carro reemprendió la marcha otro trecho hasta que se detuvo de nuevo y lo hicieron descender. Seguidamente, lo condujeron por un suelo empedrado que más adelante se transformó en una rampa resbaladiza. Cí comenzó a oler a moho, a frío y a suciedad. Sin saber por qué, presumió que no saldría vivo de allí. Finalmente, percibió el sonido de una cerradura antes de que un empujón le hiciera avanzar un par de pasos. La cerradura sonó de nuevo. Luego, todo enmudeció. Cuando se imaginó solo, se desprendió de la capucha que cubría su cabeza. En ese instante, escuchó los pasos de un cortejo.

– ¡De pie! -ordenó una voz.

Los ojos de Cí se agazaparon ante una antorcha que amenazaba con quemarle las pestañas. Sólo cuando el soldado se apartó, comenzó a vislumbrar la negrura de la mazmorra donde le habían confinado. Una sala en la que no existían ni puertas ni ventanas. Tan sólo paredes de roca cubiertas de mugre que apestaban a una pegajosa y extraña humedad. Frente a él se percibía una gran sala de cuyos muros pendían cadenas, tenazas y otros instrumentos de tortura. Finalmente, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, logró distinguir una figura gruesa parapetada tras un grupo de centinelas. Poco a poco, el hombre se acercó.

– Volvemos a encontrarnos -celebró el consejero Kan.

Cí no pudo evitar un escalofrío. Inspiró con fuerza al advertir las cadenas y tenazas que reposaban sobre un banco y se maldijo por no haber huido antes. A lo lejos, un grito desgarrador aumentó su recelo, provocando que sus manos temblaran.

– Sí. Una coincidencia -ironizó.

– Arrodíllate.

Cí se preparó para lo peor. Sus rodillas se clavaron sobre el suelo y su cabeza descendió hasta mojarse en un charco, a la espera del golpe definitivo. Sin embargo, en lugar de eso, otra figura se adelantó. Cuando el resplandor de las antorchas alcanzó a iluminarle, advirtió la presencia de un hombre delgado de aspecto enfermizo y mirada inquietante. A un palmo de sus ojos, contempló las puntas curvadas de unos zapatos negros labrados en oro y pedrería. Lentamente, su vista ascendió por la túnica de brocado rojo, siguió temerosa por el cinturón de madreperla y continuó trepando hasta detenerse incrédula en el extraordinario collar dorado que colgaba de su pecho. Un escalofrío le invadió. El sello que en su extremo refulgía más que el oro era el sello del emperador.

Cerró los ojos y agachó la cabeza. Contemplar al Hijo del Cielo significaba la muerte si se hacía sin su autorización. Pensó que el emperador deseaba contemplar personalmente su ejecución. Apretó los dientes y esperó.

– ¿Eres tú a quien llaman el lector de cadáveres? -Su voz sonó quebrada.

Cí enmudeció. Intentó tragar saliva, pero su garganta estaba seca como si hubiera engullido una cucharada de arena.

– Así me dicen, honorabilísimo emperador.

– Levántate y síguenos.

Unos brazos ayudaron a un Cí aún sobrecogido por lo que estaba sucediendo. De inmediato, un cortejo de guardias armados seguidos de una cohorte de ayudantes rodearon al emperador Ningzong, el cual, flanqueado por el consejero de los Castigos, emprendió la marcha a través de un tenebroso pasillo. Cí, escoltado por dos centinelas, le siguió.

Tras avanzar por un angosto sumidero, la comitiva desembocó en una estancia abovedada en cuyo centro descansaban dos ataúdes de pino. Varias antorchas crepitaban en la oscuridad, extendiendo su lúgubre luz sobre los cuerpos que permanecían dentro. Los centinelas se apartaron, dejando solos al consejero y al emperador. Kan hizo una seña y los guardias que custodiaban a Cí lo condujeron hasta ellos.