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– Su Alteza Imperial requiere vuestra opinión -dijo Kan con cierto tono de rencor.

Cí buscó el permiso del emperador. Advirtió que su demacrado semblante era una capa de cera untada sobre una calavera viviente. El mandatario lo autorizó.

Cí se acercó al primer féretro. El cuerpo pertenecía a un varón de edad avanzada, su complexión era delgada y sus miembros alargados. Advirtió que los gusanos habían invadido su rostro hasta desfigurarlo por completo y devoraban su vientre a través de una brecha cuyo aspecto le resultó familiar. Estimó que llevaría muerto unos cinco días.

Permaneció en silencio. A continuación, se dirigió al segundo ataúd, un varón más joven y en un estado de descomposición similar. Las larvas asomaban por los orificios naturales y cubrían la herida que se abría sobre su corazón.

Sin duda, ambos hombres habían perecido a manos del mismo asesino. El mismo que había acabado con el eunuco del día anterior. Se lo comunicó a Kan, pero el emperador le interrumpió.

– Dirígete a mí -le ordenó.

Cí se humilló ante él. Al principio no se atrevió a hablar, pero poco a poco, conforme la sangre regresó a sus venas, adquirió el valor para mirarle y se atrevió a confirmar con voz firme que su vaticinio se apuntalaba sobre las insólitas coincidencias que presentaban todas las muertes.

Lo más importante era que en los tres casos la última causa de los fallecimientos obedecía a una única clase de herida: la que aparecía abierta en el torso y extrañamente excavada después. Por la amplitud de la hendidura y la apariencia de sus bordes, daba la impresión de que habían sido causadas con el mismo objeto, alguna especie de cuchillo de bordes curvados, y todas con el mismo propósito: extraer algo de su interior. Pero esto tampoco tenía demasiado sentido. Una flecha podía partirse, pero difícilmente sucedería en dos ocasiones seguidas, y menos aún, en tres. Curiosamente, en ninguno de los cuerpos se apreciaban indicios de resistencia o de lucha. Por último, era preciso señalar lo que a su juicio resultaba más turbador: pese al hedor de la putrefacción, todos desprendían una leve pero intensa fragancia a un perfume similar.

Sin embargo, también existían diferencias. Tanto en el caso del eunuco, como en el del cuerpo contenido en el primer ataúd, el asesino se había esforzado en eliminar cualquier detalle que pudiera facilitar su identificación: con el eunuco, amputándole el sexo, los pies y la cabeza, y con el cadáver del primer féretro, desfigurando su rostro con decenas de cortes que habían favorecido la proliferación de los gusanos.

– Pero si prestáis atención al tercer cuerpo, advertiréis que, pese a la acción de las larvas, conserva el rostro casi intacto.

El emperador dirigió su cadavérica mirada hacia el punto que señalaba la mano quemada de Cí. Asintió sin comentarios y le pidió que continuara.

– A mi juicio, tal hecho no se debe ni a un descuido ni es fruto de la improvisación. Si atendemos a las manos, advertiremos que las del más joven presentan las callosidades y suciedad propias de un desheredado. Sus uñas están astilladas y las pequeñas cicatrices de sus dedos nos hablan de un trabajador rudo y de baja extracción social. En cambio, las del eunuco y las del anciano son delicadas y están cuidadas, lo que nos conduce a establecer su alta posición.

– Interesante… Proseguid.

Cí asintió con la cabeza. Se detuvo un instante para aclarar sus ideas y señaló de nuevo al cadáver más joven.

– En mi opinión, el asesino, o bien se vio sorprendido por alguna circunstancia que le acució o no le importó que se pudiera identificar el cuerpo de un pobre obrero al que tal vez ni su madre fuera capaz de reconocer. Sin embargo, se preocupó bien de evitar que esto mismo sucediera con los otros dos, pues conociendo la identidad de los muertos, podríamos hallar un vínculo con su ejecutor.

– Así pues, vuestro veredicto…

– Ojalá lo tuviera -se lamentó Cí.

– ¡Os lo advertí, Majestad! ¡No puede leer en los cuerpos! -intervino Kan.

– ¿Pero puedes sacar alguna conclusión? -le preguntó el emperador. Su rostro no reflejaba ningún sentimiento.

Cí apretó los dientes antes de contestar.

– Siento defraudaros, Majestad. Supongo que vuestros expertos acertaron al aventurar que estos asesinatos obedecen al designio de alguna secta maléfica. Quizá, de haber dispuesto de los materiales precisos, podría haberos sido más útil. Pero sin pinzas ni vinagre, sin sierras ni químicos, difícilmente me atrevería a aventurar más de lo que hasta ahora he sugerido. Estos cadáveres presentan tal grado de putrefacción que lo único deducible es que ambos crímenes fueron cometidos en fechas cercanas. Por la extensión de la corrupción, primero murió el anciano y después el obrero.

Ningzong se atusó los exiguos bigotes que colgaban transparentes a ambos lados de sus labios mientras permanecía un rato en silencio. Finalmente, hizo una señal a Kan, que se acercó a él como si fuera a besarlo. El emperador murmuró algo y la faz de Kan cambió. El consejero miró a Cí con desprecio y se retiró acompañado de un funcionario.

– Bien, lector de cadáveres, una última cuestión -susurró el emperador-. Antes mencionaste a mis jueces. ¿Hay algo que aún no hayan hecho y que quizá debieran hacer? -Señaló a dos miembros de su séquito ataviados con túnicas verdes y bonete que aguardaban alejados.

Cí contempló sus rostros circunspectos. Parecían del tipo de funcionarios que despreciaban a los médicos. Supuso que a él también.

– ¿Lo han dibujado? -señaló al joven cuyo rostro aún era reconocible.

– ¿Dibujado? No entiendo.

– En un par de días sólo quedará el cráneo. Yo de ellos elaboraría un retrato lo más preciso posible. Tal vez lo necesiten para una futura identificación.

* * *

Salieron de las mazmorras y se trasladaron a una sala contigua. Era una estancia austera, pero al menos olía a limpio y no pendían cadenas de las paredes. El emperador no llegó a entrar. Comentó algo a un oficial de pelo blanco y piel cetrina, quien asintió una y otra vez. Luego Ningzong se retiró escoltado por todo su séquito, dejando a solas a Cí con el oficial al que acababa de instruir.

Una vez cerradas las puertas, el oficial se acercó a Cí.

– El lector de cadáveres… curioso nombre. ¿Lo elegiste tú? -Lo examinó de arriba abajo mientras giraba a su alrededor.

– No. No, señor. -Cí observó sus pequeños ojos vivarachos brillar bajo unas cejas pobladas.

– Ya. ¿Y qué significa? -El hombre de cabello blanco siguió girando alrededor de Cí.

– Imagino que se refiere a mi habilidad para observar los cadáveres y comprender las causas de la muerte. Me lo pusieron en la academia donde estudio… donde estudiaba -se corrigió.

– En la Academia Ming… Sí. La conozco. Todo el mundo la conoce en Lin’an. Mi nombre es Bo -le confió con gesto afable-. El emperador acaba de asignarme a ti como oficial de enlace, lo cual significa que, a partir de ahora, cuanto necesites y averigües deberás comunicármelo a mí. -Se detuvo frente a él-. Presencié tu intervención de ayer, durante el examen del eunuco… He de reconocer que me dejaste impresionado. Y, por lo visto, al emperador también.

– No sé si es algo de lo que deba alegrarme… Su excelencia el consejero de los Castigos no parecía muy complacido.

– Ya. -Vaciló, pensando en cómo continuar-. Este caso lo lleva personalmente Kan, pero la idea de consultarte ha procedido del emperador. El consejero es un hombre seco, disciplinado, férreo, un hombre a la vieja usanza. Un guerrero acostumbrado a masticar piedras y beber fuego. -Sonrió condescendiente-. En palacio se dice que su educación fue tan estricta que en su niñez nunca lloró, aunque yo apostaría a que nació sin lágrimas. Kan asistió al padre del emperador hasta su muerte y con el tiempo se ha convertido en uno de los consejeros más fieles del emperador Ningzong. Es íntegro. Quizá excesivamente rígido, e incluso en ocasiones tal vez pueda parecer retorcido, como esos árboles que crecen encorvados y que ya jamás se pueden enderezar. Pero es de fiar. Respecto a lo que mencionas, que no se ha mostrado complacido con tus nuevas funciones, al parecer no le gustó tu actitud cuando empuñaste el puñal y abriste el vientre de esa mujer sin su autorización. Si hay algo que Kan no tolera, diría más, si hay algo que le encoleriza, eso es la soberbia. Y tú ayer traspasaste una frontera que pocos han sido capaces de desandar.