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– Supongo que sí… -Se preocupó-. Lo que no he comprendido es lo de que vos seáis mi oficial de enlace y eso de que cuanto averigüe… ¿Qué es lo que tengo que averiguar?

– La pericia que demostraste ayer cautivó al emperador, quien ha considerado que podrías sernos de utilidad. Descubriste hechos que los jueces de palacio ni siquiera fueron capaces de sospechar. -Guardó silencio, como si de repente dudara sobre la conveniencia de continuar. Miró a Cí, tomó aire y prosiguió-: En fin. He sido autorizado, así que presta atención. Lo que voy a contarte debes escucharlo como si no tuvieras lengua. Si hablas de ello con alguien, nada en este mundo te salvará. ¿Lo has entendido?

– Seré una tumba, señor -lo pronunció y al punto se lamentó de lo desafortunado de la metáfora.

– Me alegra oírlo -suspiró-. Desde hace unos meses, el peor de los males habita en Lin’an. Algo que se esconde y amenaza con devorarnos. Quizá aún es débil, pero su peligro es de una dimensión inabarcable. Letal como una invasión, terrible como una plaga, y mucho más difícil de derrotar. -Se mesó la perilla cana que brotaba de su piel cetrina.

Cí no entendía nada. De las palabras del oficial Bo parecía desprenderse que sus sospechas se concentraban en algún ente sobrenatural, pero, desde luego, los tres cuerpos que él había examinado habían sido asesinados por alguien muy concreto. Iba a decírselo cuando Bo se le adelantó.

– Nuestros alguaciles se esmeran en vano. Establecen conjeturas, persiguen indicios que parecen conducirles a otros más oscuros, y cuando nuestros jueces creen haber encontrado a un sospechoso, o bien éste desaparece o aparece asesinado. -Se levantó y volvió a pasear por la estancia-. Tu intervención de anoche hizo que el emperador determinara involucrarte en la investigación. Lamento si te han sorprendido los modos, pero era preciso actuar con prontitud y discreción.

– Pero, oficial, yo sólo soy un simple estudiante. No entiendo cómo podría…

– Estudiante, tal vez, pero simple, desde luego que no. -Lo miró como si lo juzgara-. Hemos indagado sobre ti. Incluso el emperador habló personalmente con el magistrado de la prefectura, el mismo que avaló tu presencia durante el examen de ayer y que, por lo visto, es íntimo amigo del profesor Ming. El magistrado tuvo la bondad de desvelarnos muchos de tus logros en la academia, e incluso mencionó que estabas compendiando una serie de tratados forenses que dicen mucho de tu capacidad de organización.

Cí sintió el peso de la responsabilidad.

– Pero ésa no es la realidad, señor. La gente se hace eco de los éxitos porque su repercusión se extiende como una mancha de aceite, pero a menudo olvidan mencionar los fracasos. Decenas de veces he equivocado mi vaticinio, y en cientos de ellas sólo aporté datos que hasta un recién nacido habría podido averiguar. Me paso el día entre cadáveres. ¿Cómo no voy a acertar? La mayoría de los casos que pasan por la academia obedecen a asesinatos burdos, a arrebatos de celos, a peleas de cantina o a disputas por tierras. Cualquiera que preguntara en el entorno de los fallecidos sería capaz de emitir un veredicto sin ni siquiera asistir al entierro. Sin embargo, aquí no nos enfrentamos a un asesino cualquiera con el seso nublado por el vino. La persona que ha perpetrado estos crímenes es alguien no sólo extremadamente crueclass="underline" sin duda, su inteligencia supera a su maldad. ¿Y vuestros magistrados? Ellos jamás consentirán que un recién llegado, sin estudios ni experiencia, les diga cómo actuar.

– No obstante, ninguno de nuestros jueces reveló que la mujer muerta era en realidad un eunuco…

Cí calló. Le enorgullecía que en la Corte valoraran sus conocimientos, pero temía que, si se involucraba demasiado, acabaran descubriendo su condición de fugitivo. Su rostro habló por él.

– Olvida a los magistrados -insistió Bo-. En nuestra nación no hay lugar para los privilegios. Somos justos con quienes desean progresar, con quienes se esfuerzan, con quienes demuestran su valor y su sabiduría. Hemos sabido que tu sueño es presentarte a los exámenes imperiales. Unos exámenes a los que, como bien sabes, cualquiera puede acceder independientemente de su procedencia o de su estrato social. En nuestra nación, un labriego puede llegar a ser ministro, un pescador, juez, o un huérfano, recaudador. Nuestras leyes son severas con quienes delinquen, pero también premian a quienes lo merecen. Y recuerda esto: si vales más que ellos, no sólo mereces tener derecho a ayudar. También tienes la obligación de hacerlo.

Cí asintió. Presentía que nada le libraría de un compromiso emponzoñado del que le sería difícil escapar.

– Entiendo tu perplejidad, pero, en cualquier caso, nadie pretende abrumarte con una responsabilidad que realmente no tendrás -continuó el oficial-. En la Corte hay jueces válidos a quienes no deberías subestimar. No se trata de que encabeces una investigación. Tan sólo que aportes tu visión. No es tan complicado. Además, el emperador está dispuesto a ser generoso contigo y, en caso de éxito, te garantiza un puesto directo en la administración.

Cí titubeó. Un ofrecimiento así era más de lo que jamás hubiera podido soñar. Sin embargo, seguía pensando que era un regalo envenenado.

– Señor, ¿puedo hablaros con franqueza?

– Te lo exijo. -Extendió las palmas de las manos.

– Quizá los jueces de palacio sean más inteligentes de lo que creéis.

Bo enarcó una ceja que arrugó la delgada piel de su frente.

– Ahora quien no comprende soy yo.

– La propia justicia de la que habláis. La que castiga y la que premia, y que se ve reflejada en el Catálogo de méritos y deméritos

– ¿Te refieres a la puntuación con la que legalmente se califica la bondad o la maldad de los hombres? Parece justo que, si castigamos a quien comete un crimen, también premiemos a quien hace el bien. ¿Qué tiene que ver eso con los magistrados de la Corte?

– Que este mismo rasero se aplica igualmente a los jueces. También ellos son recompensados cuando emiten dictámenes justos, pero duramente castigados si equivocan su veredicto. No sería la primera vez que un juez es expulsado de la carrera judicial a consecuencia de un error.

– Desde luego. La responsabilidad no sólo se mueve en una dirección. La vida de sus procesados depende de ellos. Y si yerran, han de pagarlo.

– En ocasiones, incluso con su propia vida -subrayó Cí.

– Dependiendo de la magnitud del error. Es lo justo.

– Entonces, parece lógico que teman emitir un juicio. Ante un caso peliagudo, ¿por qué arriesgarse a un veredicto erróneo? Mejor callar y salvar el pellejo.

En ese momento se abrieron las puertas y Kan entró en la sala. El consejero avanzó con gesto serio, ordenó a Bo que se retirara y después de mirar a Cí por encima del hombro se situó a su lado. Sus cejas fruncidas y sus labios apretados hablaban por sí solos.