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– A partir de hoy quedarás bajo mis órdenes. Si necesitas algo, antes deberás pedírmelo. Se te proporcionará un sello que te franqueará el paso a todas las estancias de la Corte, a excepción del Palacio de las Concubinas y de mis aposentos privados. Podrás consultar nuestros archivos judiciales y tendrás acceso a los cadáveres si fuera necesario. También se te permitirá interrogar al personal de la Corte. Todo, siempre, con mi autorización previa. El resto de los detalles podrás discutirlos con Bo.

Cí notó galopar su corazón. Eran tantos los interrogantes que se cernían sobre él, tantas las dificultades y los posibles peligros que necesitaba tiempo para pensarlo.

– Excelencia -se inclinó Cí-. No sé si estoy capacitado…

Kan entornó los ojos y le arrojó una mirada fría.

– Nadie te lo ha preguntado.

* * *

Caminaron a través de las mazmorras en dirección al archivo imperial. El consejero de los Castigos avanzó rápido, como si quisiera librarse cuanto antes de Cí. Poco a poco, la humedad y las estrecheces fueron desapareciendo para dar paso a unas galerías embaldosadas. Cuando alcanzaron la Sala de los Secretos, Cí enmudeció. En comparación con la biblioteca de la universidad, aquel archivo era un gigantesco laberinto cuyos límites parecían acabar en el infinito. Ante él, miles de estanterías plagadas de legajos ocupaban cualquier rincón por el que se pudiera transitar. Cí siguió a Kan entre angostos pasillos abarrotados de volúmenes, manuscritos y pliegos que ascendían hacia el techo hasta llegar a un pequeño vano por el que apenas se filtraba la tenue luz de la mañana. Kan se detuvo frente a una mesa lacada en negro sobre la que descansaba un legajo solitario. Cogió una silla y tomó asiento, dejando a Cí de pie. Ojeó un rato el documento con parsimonia y finalmente permitió que Cí se sentara.

– He tenido ocasión de escuchar tus últimas palabras -comenzó Kan- y quiero dejarte algo claro: que el emperador te brinde esta oportunidad no significa que yo confíe en ti. Nuestro sistema judicial es inflexible con quienes lo corrompen o lo violentan, y nuestros jueces han envejecido estudiándolo y aplicándolo. Tal vez tu vanidad te lleve a especular sobre la valía de estos magistrados, tal vez los veas como ancianos anquilosados, incapaces de ver más lejos de donde alcanzan a orinar. Pero te lo advierto: no oses poner en duda la capacidad de mis hombres o haré que te arrepientas antes de que ni siquiera puedas pensarlo.

Cí simuló aceptar sus palabras, aunque en su fuero interno estaba convencido de que, si esos mismos jueces hubieran demostrado su valía, él no se encontraría ahora allí. Prestó atención a Kan cuando éste le mostró el contenido de las páginas.

– Se corresponden con los informes de las tres muertes: los de la primera investigación y también los de la segunda. Aquí tienes pincel y tinta. Consúltalos sin límite y luego escribe tu opinión. -Sacó un sello cuadrado y se lo entregó-. Cada vez que tengas que acceder a alguna dependencia, preséntalo a los centinelas para que lo impriman en los correspondientes libros de registro.

– ¿Quiénes practicaron los exámenes? -se atrevió a preguntar.

– En los informes encontrarás sus firmas.

Cí echó un vistazo.

– Aquí sólo figuran los magistrados. Me refiero a los exámenes técnicos.

– Un wu-tso como tú.

Cí frunció el ceño. Un wu-tso era el término despectivo empleado para denominar a los que practicaban las mortajas y lavaban a los muertos. No quiso discutir. Asintió y continuó con el legajo. Al cabo de unos instantes, lo apartó a un lado.

– Aquí no consta nada sobre el peligro del que me habló el oficial de enlace. Bo mencionó una terrible amenaza, un mal de dimensiones inabarcables, pero aquí sólo se habla de tres cadáveres. Ni un móvil, ni una sospecha… Nada.

– Lo siento, pero no puedo suministrarte más información.

– Pero, excelencia, si pretendéis que os ayude, necesitaré saber…

– ¿Que me ayudes? -Se acercó a un palmo de su cara-. Parece que no has entendido nada. Personalmente no me importa en absoluto si descubres algo o no, de modo que haz lo que se te ordena y, de paso, ayúdate a ti mismo.

Cí apretó los puños y se mordió la lengua. Volvió su vista hacia los informes y comenzó a repasarlos. Cuando terminó, los cerró con un carpetazo. Allí no había nada. Hasta un labriego podría haber escrito aquello.

– Excelencia -se levantó-, necesitaré un lugar adecuado para examinar a fondo los cadáveres y que trasladen todo mi material allí. A ser posible, esta misma tarde. También que localicen a un perfumista. El más reputado de Lin’an. Necesito que presencie hoy la inspección que he de practicar. -No se inmutó ante el gesto de sorpresa de Kan-. En el caso de que se produzcan nuevos asesinatos, deberán informarme de inmediato, independientemente de la hora o el lugar del hallazgo. El cuerpo no podrá ser tocado, trasladado o limpiado hasta que yo no me persone. Ni siquiera un juez podrá moverlo. Si hay testigos, se les detendrá y se les separará. Igualmente, será convocado el mejor retratista disponible. No de esos que embellecen los rostros de los príncipes, sino uno que sea capaz de plasmar la realidad. También necesito conocer cuanto se sepa de ese eunuco: qué cargo ocupaba en palacio, cuáles eran sus gustos, sus vicios, sus flaquezas y sus virtudes. Si tenía amantes masculinos o femeninos, si mantenía lazos familiares, qué posesiones acumulaba y con quién se relacionaba. Necesito saber qué comía, qué bebía y hasta cuánto tiempo pasaba en las letrinas. Me será de utilidad un listado de todas las sectas taoístas, budistas, nestorianas y maniqueístas que hayan sido investigadas por ocultismo, hechicería o actos ilícitos. Por último, quiero una relación completa de todas las muertes que se hayan producido en los últimos seis meses en extrañas circunstancias, así como cualquier denuncia, desaparición o testigo que, por raro que parezca, pudiera estar relacionado con estos asesinatos.

– Bo se ocupará de todo.

– También me resultaría práctico un plano del palacio en el que se identifiquen las distintas dependencias y sus funciones, así como aquéllas a las que puedo acceder.

– Intentaré que un artista te elabore uno.

– Una última cosa.

– ¿Sí?

– Necesitaré ayuda. No podré resolver esto solo. Mi maestro Ming podría…

– Ya me he ocupado de ello. Alguien de tu confianza, espero.

El consejero se levantó, dio unas palmadas y aguardó. Al poco se escuchó un chirrido al final de un corredor. Cí dirigió su mirada hacia el punto de luz sobre el que se recortaba una silueta espigada que avanzaba hacia ellos. Entornó los ojos, pero no la distinguió. Sin embargo, conforme se acercaba, la figura se fue aclarando hasta resultarle familiar. Cí supuso que se trataría de Ming. Sin embargo, un escalofrío le sacudió la espalda al advertir que el rostro sonriente correspondía a Astucia Gris. Por un instante enmudeció.

– Excelencia, disculpad mi insistencia -dijo, finalmente-, pero no creo que Astucia Gris sea la persona más adecuada. Preferiría…

– ¡Ya está bien de exigencias! Este juez se ha hecho acreedor de mi confianza, cosa que aún no has logrado tú, de modo que menos hablar y más trabajar. Compartirás con él cualquier descubrimiento, del mismo modo que él lo hará contigo. Mientras dure esta investigación, Astucia Gris será mi boca y mis oídos, así que más te vale colaborar.

– Pero este hombre me ha traicionado. Él jamás…

– ¡Silencio! ¡Es el hijo de mi hermano! ¡Y no hay más que hablar!

* * *

Su antiguo compañero aguardó a que Kan se retirara. Luego sonrió a Cí.