– Es… es espantoso -logró decir entre espasmos.
– Por favor, intentadlo de nuevo. Os necesitamos.
Huio se limpió la boca e hizo ademán de coger las hilas, pero finalmente las dejó. Esta vez entró decidido, armado con unas pequeñas astillas de bambú. Una vez frente a los cuerpos, las frotó contra los bordes de las distintas heridas, las introdujo en unos frasquitos y salió corriendo del depósito. Cí le siguió y cerró la puerta al salir.
– Ahí dentro es imposible respirar -suspiró Huio-. Es el hedor más repugnante que haya olido jamás.
– Yo le aseguro que no -contestó Cí-. ¿Cuándo podremos saber algo?
– Resulta difícil de predecir. En primer lugar, debería discernir entre los restos de perfume y el hedor de la corrupción. Y si lo consigo, habría de compararlo con los miles de aromas que se venden en la ciudad. Es algo muy complicado… -balbuceó-. Cada perfumista confecciona sus propios perfumes. Aunque provengan de esencias similares, se mezclan en secretas proporciones que alteran la composición final.
– Visto así, no es muy alentador.
– Sin embargo, he advertido una peculiaridad… un detalle que tal vez facilite la tarea. El simple hecho de que, tras varios días, aún permanezcan restos de perfume nos habla sin duda de una altísima concentración unida a un excelente fijador. Quizá no sea determinante, pero por la combinación de la fragancia -destapó uno de los frascos y lo acercó a su nariz-, podría aventurar que no se trata de una esencia pura.
– ¿Y eso significa…?
– Que tal vez tengamos suerte. Por favor, dejadme hacer mi trabajo. Quizá en un par de días obtenga alguna respuesta.
El posterior examen de los cadáveres aportó a Cí un dato relevante que había obviado en su primera inspección. Además de las terribles heridas comunes en el pecho, el anciano presentaba en la espalda, bajo el omoplato derecho, una herida circular, del diámetro de una moneda, cuyos bordes se apreciaban desgarrados y vueltos hacia afuera. Apuntó sus observaciones y continuó la exploración.
La ausencia de marcas de defensa era indicio de que las víctimas no habían opuesto resistencia a su asesino, lo cual a su vez implicaba que o bien las víctimas fueron sorprendidas o bien conocían ya a su verdugo. En cualquier caso, era algo sobre lo que debería meditar. Finalmente, descubrió un detalle hasta entonces inadvertido: las manos del cadáver del más anciano, el que tenía el rostro desfigurado, presentaban una extraña corrosión que partía de los dedos y se extendía por las palmas y el dorso. Era una ulceración fina y uniforme que sólo afectaba a la parte externa de la piel, cuyo aspecto, pese al avance de la putrefacción, era más blanquecino que el del resto del cuerpo. Parecía como si las hubiera atacado algún polvo ácido del color del caolín. También advirtió la presencia, bajo el pulgar de la mano derecha, de lo que parecía ser un pequeño tatuaje rojizo con forma de llama ondulada. Tomó un serrucho y seccionó el miembro a la altura de la muñeca. Luego pidió que lo introdujeran en hielo y lo guardaran en la cámara de conservación. Echó un último vistazo y salió afuera para respirar.
Al poco se presentó Bo acompañado por el artista que debía elaborar el retrato de uno de los cuerpos. Al contrario que el perfumista, el pintor ya había sido advertido de lo espinoso de su tarea, pero, aun así, al entrar en el depósito, exhaló una exclamación de terror. Cuando se repuso, Cí le señaló el rostro que debía reproducir y las zonas que debía interpretar para que se asemejaran a su apariencia en vida. El hombre asintió. Sacó sus pinceles y comenzó a trabajar.
Mientras el artista avanzaba, Cí leyó con detenimiento los informes que acababa de entregarle Bo. En ellos constaba que el eunuco asesinado, de nombre Suave Delfín, había comenzado a trabajar en el Palacio de las Concubinas el día de su décimo cumpleaños. Desde entonces, había prestado sus servicios como vigilante del harén, acompañante cordial, músico y lector de poemas. Su extremada inteligencia le había hecho merecedor de la confianza de los responsables del erario, quienes le asignaron el puesto de ayudante del administrador cuando cumplió los treinta años, cargo en el que se había mantenido hasta el día de su muerte, a los cuarenta y tres años de edad.
A Cí no le extrañó. Era habitual y conocido que los eunucos resultaban los candidatos idóneos para administrar el patrimonio de palacio, ya que, al carecer de descendencia, no se veían tentados a derivar recursos para su propio beneficio.
El informe señalaba que una semana antes de su desaparición, Suave Delfín había solicitado permiso para ausentarse de palacio alegando una llamada de su padre, el cual había enfermado repentinamente. El permiso le había sido concedido, motivo por el que su desaparición no había despertado sospechas.
Respecto a sus vicios o virtudes, las notas sólo apuntaban hacia un desmedido amor por las antigüedades, de las cuales poseía una pequeña colección que custodiaba en sus habitaciones privadas. Por último, se consignaban las actividades que desempeñaba a diario y las personas a las que frecuentaba, principalmente, eunucos de su misma condición. Sin embargo, no constaba nada sobre las pruebas practicadas al cuerpo.
Cí guardó el informe junto al plano del palacio en el que figuraban marcadas las dependencias en las que se alojaría mientras durase la investigación. Observó que la habitación que le habían asignado lindaba con el Palacio de las Concubinas, al que, recordó, tenía prohibido acceder. Recogió sus útiles y echó un vistazo al boceto que estaba rematando el retratista. Sin duda, debía de ser un profesional reputado, pues había recogido hasta el último detalle del rostro del fallecido. Le sería de gran ayuda. Le dejó trabajando, pidió a Bo que encargara a un ebanista la fabricación de una pica de características determinadas y se marchó.
Durante el resto de la tarde se dedicó a recorrer las zonas del palacio por las que se le permitía deambular.
En primer lugar, inspeccionó el exterior, un recinto de planta cuadrada de unos treinta y seis li de perímetro protegido por dos murallas almenadas cuya altura estimó que excedería la de seis hombres dispuestos uno sobre otro. En sus esquinas, cuatro torres de vigilancia flanqueaban las cuatro puertas ceremoniales que, orientadas según los puntos cardinales, facilitaban el acceso al palacio, puertas que por su grosor juzgó inexpugnables para cualquiera que las intentara franquear.
Tras el paseo, se internó por el frondoso cinturón de jardines que guarnecía el lugar. Mientras caminaba, se dejó bañar por el jaspeado torrente de verdes intensos, de tonalidades esmeraldas, del musgo húmedo y brillante como recién barnizado, del olivino pardo y la tenue manzana, de los turquesas suaves y desvaídos entremezclados en un exuberante cuadro que hería la vista de tanto esplendor. El aroma fresco y penetrante de los ciruelos, los melocotoneros y los jazmines le limpió del hedor pútrido que se había adherido a sus pulmones. Cerró los ojos e inspiró con fuerza. Sintió que la vida entraba de nuevo en él.
Se concedió tiempo para disfrutar de los macizos de peonías, que se alternaban gozosos con otros de orquídeas y camelias, y admiró los bosquecillos de pinos y bambúes salpicados de riachuelos, estanques, puentes y pabellones. Pensó que aquel lugar reunía todo lo que un hombre podría anhelar.
Finalmente, tomó asiento junto a una formación rocosa artificial que imitaba las pequeñas crestas de una cordillera. Allí, acompañado por el trinar de los jilgueros, desplegó el cuadernillo que se adjuntaba al plano del palacio. Comprobó que se trataba de la sección del código penal reguladora de las obligaciones que afectaban a cuantos obreros permaneciesen en los palacios imperiales tras la finalización de sus trabajos diarios. En ellas se especificaba la hora de shen, el periodo comprendido entre las tres y las cinco de la tarde durante el cual los mencionados trabajadores debían presentarse ante el oficial encargado de comprobar sus identidades. El mismo oficial era el responsable de verificar que la salida del palacio se efectuaba por las mismas puertas por las que habían accedido. Si haciendo caso omiso de estas disposiciones, alguno de los obreros permanecía voluntariamente en el palacio, incurriría en la pena de prisión durante el tiempo ordinario y sufriría la muerte por estrangulación.