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Cí no entendía la razón de aquella advertencia. El sello que le habían entregado le facultaba no sólo a deambular por las dependencias marcadas, sino también a pernoctar en la habitación que Kan le había asignado. Tal vez su hospedaje fuese sólo provisional o tal vez hubiera de tener más cuidado.

No pudo evitar un estremecimiento.

La normativa continuaba haciendo especial mención a los horarios. Según refería, ningún obrero externo podía permanecer en palacio una vez expirado el turno laboral. Si se descubría lo contrario, los inspectores de trabajo, oficiales responsables, soldados y porteros procederían de inmediato a su búsqueda, informando del hecho al emperador. Respecto a la servidumbre propia de la Corte, aquellos que no se presentaran puntualmente para el desempeño de sus obligaciones o bien cesaran en ellas antes de plazo quedarían sujetos a la pena de cuarenta golpes por día de ausencia. Por último, especificaba que, si el hallado culpable fuera un oficial civil o un militar, la pena impuesta se aplicaría en el grado superior inmediato, sin exceder en ningún caso de sesenta golpes y un año de destierro.

Cerró el cuadernillo. Quiso pensar que nada de lo allí reseñado guardaba relación con él. De repente, todo el esplendor de los jardines no le pareció sino una extraordinaria pero desoladora prisión.

Se levantó y se encaminó hacia los edificios de la Corte exterior erigidos más al sur, en los que se ubicaban las oficinas de la rama ejecutiva del gobierno. Había procurado memorizarlos, de modo que intentó recordar su posición. A la entrada se situaba el Consejo de Personal o Li Bu, dedicado a asuntos como la graduación y distribución de funcionarios. A continuación, se ubicaba el Consejo de Rentas o Finanzas, también llamado Hu Bu, a cargo de los impuestos. Después, más hacia el interior, estaba el Consejo de los Ritos, encargado de supervisar las ceremonias, oposiciones y protocolos estatales. A su lado se encontraba el Consejo del Ejército o Bing Bu, que administraba los asuntos militares. El Consejo de los Castigos, dirigido por Kan, controlaba las cuestiones judiciales y se situaba en el piso superior, junto al Consejo de Trabajos, también llamado Gong Bu, responsable de los proyectos de obras públicas como avenidas, canales y puertos. En el mapa se detallaba la ubicación de las distintas oficinas especializadas en temas menores, como agricultura, justicia, banquetes imperiales, sacrificios imperiales, recepciones diplomáticas, establos imperiales, vías fluviales, educación y talleres imperiales, pero Cí fue incapaz de identificarlas.

Frente a la entrada principal, decidió comprobar su conocimiento del recinto. Mostró su sello al centinela, quien, tras anotar su nombre y la hora, le franqueó el paso. Cí atravesó el enorme recibidor central y comprobó con el mapa lo preciso de su recreación. Luego se dirigió hacia el inmenso siheyuan, el patio porticado que establecía la frontera con la Corte interior, donde se erigían el Palacio de las Concubinas y el Palacio Imperial.

Observó desde la puerta la majestuosidad de ambos palacios, cuyas habitaciones, unas doscientas según el plano, quedaban ocultas hacia la fachada interior. En ellas se alojaban, además del emperador, sus esposas y concubinas, los eunucos y un destacamento permanente de la guardia imperial.

Volvió su vista hacia el mapa. Según parecía, en el ala oriental, frente al Palacio de las Concubinas, estaban ubicados los almacenes y las cocinas, y en el ala opuesta, los establos y las caballerizas. Imaginó que las mazmorras se situaban bajo éstos, aunque debido al laberinto que trazaban los sótanos, fue sólo una suposición. Por último comprobó que los dos palacios de verano -Fresco Matinal y Eterno Frescor- quedaban alejados de su vista, en el ala septentrional. Una vez satisfecho, sacó el informe que le habían suministrado para compararlo con sus propias notas. Tras leerlo apretó los dientes.

Hasta aquel momento, sólo podía presumir de una única certeza: la de enfrentarse a un asesino extremadamente peligroso y de una inteligencia superior, cuya habilidad para disfrazar sus crímenes rivalizaba con su crueldad al cometerlos. No mucho más. Contaba a su favor con el descubrimiento de la naturaleza masculina del eunuco, un hallazgo que esperaba que desconociera su ejecutor, pero en su contra jugaban un par de asuntos difíciles de controlar. Por un lado, el absoluto desconocimiento del móvil que había guiado al asesino, dato que, dada la avanzada descomposición de los cuerpos, se revelaba necesario averiguar. Por otro, la manifiesta hostilidad de Kan, para quien su presencia parecía ser más una carga que una solución. Pero esos dos inconvenientes apenas representaban un grano de arroz si se comparaban con el que él juzgaba más peligroso: tener de compañero de pesquisas a una rata como Astucia Gris.

Se dirigió a sus aposentos para reflexionar con tranquilidad.

La habitación era una estancia limpia provista de una cama baja y una mesa de estudio. No necesitaba más y agradeció las vistas al patio interior que le proporcionaba la única ventana. Tomó asiento para reordenar sus ideas y comenzó a trabajar. Desafortunadamente, sus mayores expectativas pasaban por los progresos del perfumista y la distribución del retrato que había ordenado realizar. Y en ambos casos, los resultados no estaban garantizados ni dependían de él. Se lamentó por ello. Detestaba quedar en manos del azar.

Abrió la cámara de conservación que había hecho traer del depósito y extrajo la mano que había cercenado al cadáver para examinarla a la luz del sol. Se fijó en que las yemas de los dedos parecían haber sido atravesadas por decenas de agujas hasta convertirlas en una especie de fu hai shi, la rugosa piedra pómez de Guangdong. Juzgó su origen como una corrosión antigua, pero no se atrevió a aventurar más. Luego se fijó en las uñas. Bajo ellas parecía haber unos fragmentos negros similares a astillas. Sin embargo, al extraerlas y presionarlas, comprobó que se deshacían, pues en realidad eran pequeños restos de carbón. Guardó de nuevo la mano y se dedicó a pensar en los extraños cráteres que el asesino había practicado sobre las tres heridas principales. ¿Por qué las habría perfumado? ¿Por qué habría escarbado de aquella brutal manera? ¿En verdad buscaría algo o, tal y como habían sugerido Ming y el magistrado, responderían a un rito o a un instinto animal?

Se levantó y cerró la carpeta de un manotazo. Si pretendía avanzar, tenía que interrogar a las amistades del eunuco Suave Delfín.

* * *

Un oficial informó a Cí de que encontraría a Lánguido Amanecer en la Biblioteca Imperial.

El mejor amigo de Suave Delfín resultó ser un joven eunuco de aspecto aniñado cuya edad no superaría los diecisiete años. Aunque sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, su voz sonaba templada, y sus respuestas, serenas y maduras. Pero cuando le preguntó por Suave Delfín, su tono cambió.

– Ya le dije al consejero de los Castigos que Suave Delfín era muy reservado. Es cierto que pasábamos mucho tiempo juntos, pero hablábamos poco -respondió.

Cí obvió preguntarle a qué dedicaban su tiempo. En cambio, le interrogó sobre la familia de Suave Delfín.