– Casi nunca los mencionaba -respondió aliviado al comprobar que no le responsabilizaba de su desaparición-. Su padre era un pescador del lago, al igual que los de muchos de nosotros, pero a él no le gustaba reconocerlo y solía fantasear al respecto.
– ¿Fantasear?
– Exagerar, imaginar… -le explicó-. Cuando se refería a su familia, lo hacía con respeto y admiración, pero no por piedad filial, sino con cierta presunción. Como si descendiese de gente rica y poderosa. Pobre Suave Delfín. Él no mentía por maldad. Lo que le sucedía es que odiaba la miseria de su juventud.
– Comprendo. -Ojeó por encima sus notas-. Según parece, era muy cuidadoso con su trabajo…
– ¡Oh, sí, desde luego! Siempre apuntaba lo que hacía, se pasaba las horas muertas repasando sus cuentas y siempre salía el último. Se mostraba orgulloso de haber progresado tanto. Por eso despertaba tantas envidias. Y por eso me envidiaban a mí.
– ¿Envidias? ¿De quiénes?
– De casi todos. Suave Delfín era guapo y suave como la seda. Y también rico. Era ahorrador.
A Cí no le sorprendió. Eran muchos los eunucos que ascendían en la Corte y se hacían con una pequeña fortuna. Todo dependía de su trabajo y de la habilidad en el elogio y en la adulación. Sin embargo, cuando Cí se lo hizo notar, el joven eunuco no estuvo de acuerdo.
– Él no era como los demás. Sólo tenía ojos para el trabajo, para sus antigüedades… y para mí. -Rompió a llorar.
Cí intentó consolarle, pero no lo logró. No quiso insistir. Si lo necesitaba, volvería a interrogarlo. El muchacho iba a marcharse cuando algo acudió a la mente de Cí.
– Una última cosa -le señaló-. Dijiste que Suave Delfín despertaba envidia en casi todos…
– Así es, señor -lagrimeó.
– ¿Y en quién no, aparte de ti?
El joven eunuco miró a los ojos de Cí como si le agradeciera aquella pregunta. Luego bajó los suyos.
– Lo siento. No se lo puedo decir.
– No tienes nada que temer de mí -se extrañó Cí.
– A quien temo es a Kan.
Mientras reflexionaba sobre la complejidad de su situación, Cí se encaminó hacia las habitaciones en las que había residido Suave Delfín hasta el día de su desaparición. En su calidad de ayudante del administrador, éstas se ubicaban cerca del Consejo de Finanzas, en el piso superior.
Encontró la puerta custodiada por un centinela de pocas palabras que, no obstante, le franqueó el paso tras anotar su nombre en la libreta de registro y verificar la legitimidad del sello imperial. Una vez dentro, Cí comprobó que, en efecto, Suave Delfín era un ferviente devoto del orden y la pulcritud. Los diferentes libros de su despacho, todos dedicados a la poesía, no sólo estaban alineados con maniática precisión, sino que además habían sido forrados con papeles de seda de idéntico color. Nada en la habitación estaba dispuesto al azar: los trajes, perfectamente doblados y apilados en el interior de un arcón impoluto; los pinceles de escritura, tan escrupulosamente limpios que hasta un recién nacido podría haberlos chupado; o las varillas de incienso, ordenadas según su tamaño y olor. Sin embargo, sobre la mesa se advertía un elemento discordante: un diario dejado caer descuidadamente, abierto por la mitad. Cí preguntó al centinela si alguien había tenido acceso a las dependencias tras la desaparición del eunuco y éste, tras consultar el libro de registro, contestó que no. Cí entró de nuevo y se dirigió a la siguiente habitación.
La segunda estancia era un amplio salón cuyos tabiques parecían haber sido invadidos por un ejército de antigüedades. En la pared de entrada, decenas de estatuillas de bronce y jade de las dinastías Tang y Qin estaban clasificadas con etiquetas que ilustraban su insigne procedencia. Lindantes con el muro exterior y flanqueando la ventana que miraba al Palacio de las Concubinas, cuatro jarrones de delicada porcelana de Ruzhou exhibían su níveo esplendor. Frente a ellos, en la pared opuesta, refinadas pinturas de paisajes montañosos, jardines, ríos y puestas de sol brillaban sobre lujosos lienzos de seda. Sin embargo, en la cuarta pared tan sólo se exhibía un lienzo primorosamente caligrafiado que coronaba el acceso a la última estancia. Se fijó en él. El texto era un poema de trazos vigorosos y firmes que progresaban de derecha a izquierda como un armonioso desfile de lirismo y destreza. Se fijó en los numerosos sellos rojos, que señalaban a sus anteriores propietarios. Le atrajo la forma ligeramente curvada del bastidor, el cual miró con atención.
Juzgó que su valor resultaría incalculable. Seguramente demasiado oneroso incluso para un eunuco próspero como Delfín.
Finalmente, se adentró en la tercera estancia, un dormitorio presidido por un lecho envuelto en gasa, perfumado con generosidad. El edredón se ajustaba a las esquinas con exquisitez, como una mano a un guante. Las paredes, pulcras, se hallaban guarnecidas con lienzos de seda bordada. Nada en aquellas estancias estaba dispuesto al azar.
Nada, excepto el diario de Suave Delfín.
Volvió a la primera sala para examinarlo.
Se trataba de un volumen de finas hojas de papel decorado con flores de loto. Tras comprobar que estaba completo, se enfrascó en su lectura sin prisas, buscando cualquier indicio que le resultara útil. Curiosamente, el diario no hacía mención alguna a su desempeño laboral, dedicándose exclusivamente a asuntos personales. El eunuco desgranaba sus sentimientos hacia el joven Lánguido Amanecer, del cual parecía estar profundamente enamorado. Hablaba de él con delicadeza y cariño, casi con la misma pasión que reflejaba cuando se refería a sus padres, a los que mencionaba prácticamente en cada página.
Cuando lo terminó, frunció el ceño. De su lectura se desprendía que el eunuco, pese a su agitada vida amorosa, había sido una persona sensible y honesta.
Y también podía inferirse que, de un modo u otro, había sido engañado por su ejecutor.
Al día siguiente, Cí acudió pronto al archivo. Astucia Gris pernoctaba fuera de palacio y, sabedor de que no solía madrugar, aprovechó la privacidad de la mañana para comprobar los asuntos en los que había trabajado Suave Delfín antes de morir.
Según comprobó en los legajos, desde el último año el eunuco se había ocupado de la contabilidad correspondiente al comercio de la sal, uno de los monopolios que, junto a los del té, el incienso y el alcohol, controlaba en exclusiva el estado. Cí no estaba familiarizado con los asientos mercantiles, pero, por simple comparación con los reseñados en años precedentes, comprobó que existía un descenso constante y pronunciado en los balances. La merma podía obedecer a fluctuaciones del mercado o tal vez a un enriquecimiento ilegítimo que, de alguna forma, justificaría la valiosísima colección de antigüedades que había acumulado Suave Delfín.
Para verificarlo acudió al Consejo de Finanzas, donde le confirmaron que el montante total de transacciones había disminuido debido al avance de los bárbaros del norte. Cí comprendió. De un modo u otro, todos los habitantes del imperio habían sufrido en sus carnes las consecuencias de la invasión de los Jin. Tras haber sido contenidas durante años, las tropas Jin habían avanzado hasta ocupar el norte del país. Desde entonces, las relaciones comerciales se habían resentido, y más aún en los últimos años, cuando a pesar de los pactos y los tributos, sus ejércitos amenazaban con proseguir su expansión. Agradeció la explicación al funcionario y emprendió camino hacia el depósito. Quería limpiar los cadáveres para comprobar su evolución.
Antes de descender a las mazmorras se pasó por las cocinas y los establos para proveerse de los suministros que había encargado a Bo. Una vez satisfecho, se dirigió a la antecámara del depósito. Al entrar le invadió una náusea. Desde allí podía mascarse el hedor a corrupción. Imaginó que las hilas de alcanfor apenas lo paliarían. Aun así, se las colocó y comenzó a trabajar. Justo en ese momento apareció Bo.