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– Me retrasé, pero aquí la tienes. -Le mostró la pica que le había encargado.

Cí examinó con detenimiento el asta, sopesó su masa y comprobó el diámetro y su alineación. Asintió satisfecho. Era exactamente lo que necesitaba. La dejó a un lado y continuó con los preparativos. En una cacerola de terracota introdujo una gran cantidad de hojas de cardo blanco y vainas de jabón de judías. Las prensó y les prendió fuego, pues el humo combatiría el hedor. Seguidamente, preparó un cuenco con vinagre, inhaló unas gotas de aceite de semillas de cáñamo y mordió un trozo de jengibre fresco. No podía hacer mucho más. Aspiró una bocanada de aire y con el resto del material entró en la sala dispuesto a afrontar el último examen.

Pese al lavado practicado el día anterior, los gusanos se habían vuelto a reproducir e infestaban los cadáveres. Rápidamente sofocó las ascuas con el vinagre para que el humo se expandiera y comenzó a elaborar el enjuague definitivo. Mezcló el resto del vinagre con estiércol fermentado hasta conseguir una papilla viscosa que diluyó con agua, luego embadurnó una paleta de madera y utilizó la mixtura para arrastrar las larvas y los gusanos. Finalmente, completó la limpieza vertiendo varios baldes de agua sobre los cuerpos. Sintió asco al percibir bajo sus pies el grasiento charco de sangre, insectos y podredumbre, pero apretó los dientes y comenzó la inspección.

En el eunuco y en el cadáver desfigurado no hizo hallazgos relevantes. En ambos, la corrupción había avanzado ennegreciendo la piel hasta desprenderla de los músculos, y en muchas zonas se veía acartonada. Sin embargo, sobre el rostro del hombre más joven, el mismo del que había mandado elaborar un retrato, descubrió una miríada de diminutas señales tan pequeñas como semillas de amapola. Cí limpió con esmero las zonas de piel mejor conservadas y las examinó con atención. Las minúsculas cicatrices parecían antiguas y se veían diseminadas por todo el rostro como pequeñas quemaduras o picaduras de viruela, con la única excepción de unos extraños cercos cuadrados alrededor de ambos ojos. Lo apuntó en su cuaderno y esbozó una imagen en la que replicó el patrón. Comprobó que esas mismas marcas estaban presentes en las manos. Finalmente, cogió la pica.

No estaba seguro de que su idea funcionase, pero aun así avanzó hacia el cuerpo mutilado del anciano. Empuñó la pica y apuntó su extremo hacia el cráter abierto en el pecho. Luego, con sumo cuidado, fue introduciendo el asta, buscando algún camino que permitiese su progreso. Cuando la pica cedió ante la presión, exhaló un rugido de satisfacción. Poco a poco, como si se deslizara por un pasadizo secreto, el extremo de la pica fue penetrando en el interior del cuerpo, inclinándose hacia abajo y hacia el exterior. Cuando detuvo su progreso, Cí pidió a Bo que le ayudase a dar la vuelta al cadáver. Al hacerlo, comprobó que el extremo de la pica aparecía por la herida abierta en la espalda, confirmando sus sospechas. No se trataba de dos heridas diferentes, sino de una sola, con entrada y salida. Iba a extraer la pica cuando un brillo en su extremo llamó su atención. Con cuidado, cogió unas pinzas y separó el fragmento brillante de la sangre reseca. Al examinarlo con cuidado, determinó que se trataba de una esquirla de piedra. No supo identificar su procedencia, pero la guardó como prueba.

– Necesitaré otro cadáver -le dijo al oficial.

Bo le miró con preocupación.

– Conmigo no cuentes -respondió.

Cí rio y Bo respiró al comprender que no era preciso matar a nadie. Lo que a Cí le urgía era un cuerpo muerto para comprobar su teoría. Sin embargo, cuando Bo le propuso conseguirlo en el cementerio de Lin’an, Cí se negó en redondo. Se acordó del adivino.

– Tendremos que encontrarlo en otro lugar -le apremió.

De entre su material sacó dos grandes pliegos de papeclass="underline" uno mostraba el dibujo de una figura humana por su parte ventral, y el otro, la misma imagen por su parte dorsal. Ambos esbozos se veían completados con una serie de puntos negros y blancos que salpicaban de forma precisa las distintas partes de la anatomía. Bo se interesó por ellos.

– Los utilizo como plantilla. Los puntos negros señalan los lugares que resultan mortales en caso de ser afectados por una lesión o herida. Los blancos indican los propensos a ocasionar un gran mal. -Los extendió en el suelo y dibujó el lugar exacto y la forma de las heridas.

Cuando concluyó, limpió la pica, cogió los dibujos en los que había bosquejado las heridas del anciano y, tras autorizar la inhumación de los cadáveres, abandonó el palacio en compañía de Bo.

* * *

El Hospital Central era una especie de granja atestada de moribundos que pasaban a diario de los camastros al cementerio como huevos al canasto. Cí había pensado que sería el lugar idóneo para practicar con un cuerpo, pero el director del sanatorio les informó de que los últimos fallecidos ya habían sido retirados por sus familiares. Bo sabía que Cí pretendía comprobar las heridas que produciría una pica al atravesar un cuerpo humano. Por eso, cuando Bo sugirió emplear a un enfermo como sustituto, Cí no dio crédito. El oficial argumentó que el voluntario que accediese a su propuesta recibiría un entierro digno y una compensación para sus familiares, y aunque Cí se negó, Bo ordenó al director que difundiera la propuesta. Para asombro de Cí, el director aceptó sin poner reparos.

Recorrieron sala por sala en busca de candidatos, que Cí descartó por demasiado sanos. Finalmente, el director les propuso a un hombre quemado que se debatía entre la vida y la muerte, pero Cí lo rechazó, alegando que sus quemaduras alterarían los resultados. Continuaron hasta una estera próxima en la que yacía un obrero con el color de la muerte pintado en su rostro. El hombre había quedado aplastado a causa de un derrumbamiento y agonizaba. Cí contempló cómo el dolor le consumía en sus últimos instantes. También lo rechazó. Entonces Bo se percató de que Cí jamás aceptaría su planteamiento. Se dio la vuelta y salió del hospital contrariado.

– No sé ni cómo me he atrevido a pensarlo -dijo Bo, arrepentido.

– ¿Y las ejecuciones? -respondió Cí.

Le propuso a Bo emplear el cadáver de un condenado.

* * *

El responsable de la prisión de extramuros, un militar cuajado de cicatrices, pareció disfrutar con la idea de atravesar a un muerto.

– Precisamente esta mañana estrangulamos a uno -se felicitó-. Sabía que en el pasado se emplearon presos muertos para experimentar los efectos de la acupuntura, pero nunca me habían propuesto algo semejante. En fin, si es por el bien del imperio, al menos esos criminales servirán para algo.

Les condujo hasta el lugar donde yacía el cuerpo del infortunado. El responsable del presidio les informó de que la ejecución pública había tenido lugar el día anterior en uno de los mercados, pero después había sido trasladado al patio de la prisión y desde entonces permanecía expuesto para escarmiento de los demás reos. Lo encontraron tirado sobre la tierra, vestido y hecho un guiñapo.

– Ese cabrón violó a dos niñas y las arrojó al río. La turba le apaleó -justificó.

Cuando el militar le preguntó si necesitaba que lo desnudaran, Cí respondió negativamente. El anciano había sido asesinado vestido y él pretendía reproducir los hechos de la forma más fidedigna posible. Sacó los dibujos y comprobó la posición de las heridas. Luego prendió sobre la camisola del cadáver una pinza de bambú señalando el lugar donde tenía que clavar la pica.

– Será preciso incorporarlo -señaló.