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Entre varios soldados consiguieron izar el cuerpo y pasarle una soga bajo los hombros que aseguraron bajo una viga. Finalmente, el cadáver colgó como un monigote. Cí lo miró. Cuando aferró la pica no pudo evitar sentir pena por el criminal. Sus ojos entreabiertos parecían desafiarle desde más allá de la muerte. Cí enarboló la lanza. Pensó en las niñas asesinadas y descargó la pica sobre el cadáver con todas sus fuerzas. Sonó un chasquido y el madero penetró en el cuerpo como si trinchara un cerdo. Sin embargo, se enganchó a mitad del recorrido y no lo traspasó.

Cí maldijo entre dientes. Extrajo la pica y se dispuso a repetir la operación. Tensó cada uno de sus músculos y volvió a pensar en las niñas. Esta vez la descarga fue más violenta, pero tampoco logró atravesarlo. Sacó la pica y escupió al suelo.

– Pueden bajarlo. -Pateó una piedra con rabia. Meneó la cabeza de un lado a otro.

No dio explicaciones. Simplemente, agradeció la colaboración y dio por concluido el ensayo.

* * *

El resto de la tarde lo empleó en aclarar sus ideas, cosa que pudo hacer hasta que Astucia Gris lo encontró. El cachorro de juez le preguntó por sus avances, pero Cí no dudó en mentirle. No estaba dispuesto a dejarse engañar otra vez.

– Según parece, ese Suave Delfín era un hombre honesto -le contestó Cí-. Sólo vivía para su trabajo, pero no he indagado mucho más. ¿Y tú? -simuló interesarse también.

– ¿Quieres que te sea sincero?

Cí recordó la última vez que su rival le aseguró lo mismo. Pensó que aunque se tratara de su propio padre, Astucia Gris le mentiría igual.

– Este asunto es un regalo envenenado -farfulló Astucia Gris-. No tienen ni idea. Nos ceden un caso sin pies ni cabeza y, como no saben resolverlo, pretenden que nosotros parezcamos los ineptos.

– Sin pies ni cabeza, nunca mejor dicho -ironizó sin ganas Cí-. ¿Y qué tienes previsto hacer?

– He pensado acelerar el otro asunto. El del asesino del alguacil. Lo he madurado bien y no voy a permitir que esos ladinos salpiquen de mierda mi carrera.

Cí también se aceleró. Pese a su temor, intentó averiguar más sobre sus intenciones. Le preguntó si es que habían llegado noticias nuevas de Fujian.

– Al contrario, la valija se está retrasando. De hecho, ayer llegó un correo que esperábamos desde hacía seis días. Por esa razón he decidido acudir yo en persona. -Hizo una pausa-. Te lo aseguro. Necesito un primer éxito inmediatamente. No voy a parar hasta resolver el asesinato de ese Kao.

– Pero ¿y las órdenes de Kan? -intentó disuadirle.

– He hablado con él y no me ha puesto impedimentos. -Sonrió-. Ventajas de ser familia. Tendrás que arreglártelas solo.

Cí se arrepintió de haberle preguntado. Hasta aquel instante había albergado la esperanza de que las pesquisas de Astucia Gris resultaran infructuosas, pero ahora estaba seguro de que el joven juez averiguaría que, en realidad, él era el fugitivo a quien perseguía el alguacil asesinado. Le preguntó cuándo partía.

– Salgo esta noche. Cuanto más tiempo permanezca aquí, más fácil será que me etiqueten de fracasado.

Cí no supo si alegrarse. Por un lado, dispondría de más tranquilidad para trabajar en los asesinatos, pero hablar de tranquilidad cuando ésta dependía de la investigación de Astucia Gris se le antojó una necedad.

– Buena suerte -le dijo.

Nunca había deseado un «buena suerte» tan hipócrita. Tras despedirse, se levantó para dirigirse a su habitación. Tenía muchas cosas en las que pensar.

«Ninguna buena», se lamentó.

Capítulo 26

La llegada del perfumista sorprendió a Cí mientras meditaba sobre el origen de las minúsculas cicatrices en el rostro de uno de los cadáveres. Pese a barajar algunas hipótesis, aún no había llegado a ninguna conclusión, de modo que cuando el hombrecillo le aseguró que estaba de suerte, Cí se alegró. Sin embargo, lo que menos esperaba era que, por toda respuesta, el perfumista le regalara una sonrisilla mientras le tendía un frasquito sellado con cera.

– Podéis olerlo -le ofreció orgulloso.

Cí rompió el sello y aproximó la nariz al intenso aroma que brotaba del frasco y se adentraba en su pituitaria. Era un perfume profundo, denso, dulce y empalagoso como la mermelada, con notas que le recordaron al sándalo y al pachuli. Su vigor le emborrachó. Sin embargo, pese a parecerle familiar, fue incapaz de identificarlo. El perfumista agrió el gesto.

– ¿No lo reconocéis?

– ¿Acaso debería? -se sorprendió Cí.

– Supongo que sí. Es Esencia de Jade, la fragancia que desde hace años elaboro para el emperador.

Cí frunció el ceño. Desconocía el alcance de la revelación, así que le confesó al perfumista que su estancia en el palacio se reducía a un par de días entre legajos y cadáveres.

– Y aunque he gozado del privilegio de conocer al emperador, puedo aseguraros que las circunstancias del encuentro no ayudaron a que me fijara en su perfume.

– ¡Oh, no! Esta esencia no es para él -le advirtió el perfumista.

Cí se frotó el rostro, desvelando su interés. El perfumista le contó que desde hacía años elaboraba con ingredientes secretos y en rigurosa proporción aquella fragancia, cuyo uso estaba absolutamente prohibido a cualquier otra persona que no fuese esposa o concubina del emperador.

– Y que, por supuesto, fabrico para ellas en exclusiva.

Cí permaneció en silencio meditando la revelación del perfumista, que parecía esperar impaciente su aprobación. Finalmente, le preguntó si existía la posibilidad de que alguien en su taller hubiese sustraído una partida. El hombrecillo se ofendió.

– ¡Eso es imposible! Cada vez que se me ordena un nuevo suministro, yo me encargo de procesar la fragancia, envasarla, numerarla y trasladarla personalmente a la Corte -aseguró categórico.

– ¿Y si alguien hubiese imitado su fragancia?

– ¿Imitar? Eso no sólo resultaría improbable, sino que también sería inútil. Lo primero, porque sólo yo conozco los ingredientes y le aseguro que no son fáciles de descubrir. Y lo segundo, porque de ser desenmascarado, el falsificador sería ejecutado sin remisión.

– Ya, entiendo. ¿Y existe la posibilidad de que os equivoquéis?

– ¿Qué queréis insinuar? -El perfumista le miró como si le hubiera insultado.

– Me refiero a que si estáis completamente seguro de vuestro descubrimiento… Al fin y al cabo, los restos de fragancia eran mínimos y estaban contaminados con la podredumbre.

– Mirad, joven -afirmó sin atisbo de duda-. Si llevarais trabajando en esto desde el día en que nacisteis, sabríais bien de lo que hablo. Sería capaz de reconocer mi perfume aunque al lado acampara un ejército de elefantes.

Lo dijo tan convencido que Cí no lo dudó. Iba a continuar el interrogatorio cuando el perfumista añadió algo.

– Por cierto, resulta curioso, pero había algo más… Un olor extraño. Acre. Tan sólo unos retazos, pero estaba allí.

– ¿Otro perfume?

– No. No era un perfume. Y tampoco procedía de la putrefacción. No sé. Intenté distinguirlo, pero me resultó imposible.

Cí lo anotó entre sus apuntes. Con aquellos datos tenía suficiente, pero se le ocurrió una última cuestión.

– Respecto a ese perfume que elaboráis, Esencia de Jade… en palacio, ¿quién es el encargado de recibirlo?

– No es él, sino ella. -Los ojos del hombrecillo se abrieron como si la contemplara desnuda en ese momento-.Una nüshi. La encargada de organizar los encuentros del emperador con sus concubinas. Generalmente, la surto de perfume cada primera luna. Unos treinta botes como éste, según la demanda. Tened en cuenta que, además de la nüshi, en el harén conviven unas mil concubinas. Ella es la que recibe y administra todos los lotes, y os aseguro que los custodia como si fueran los hijos que no puede tener.