– ¿Sabotear? ¿A qué te refieres? -Hizo un gesto a la guardia para que se apartara unos pasos. Cí no se movió.
– Hace unos instantes, cuando me dirigía a realizar unas gestiones en el exterior, los centinelas me han impedido salir de palacio -dijo con un hilo de voz-. De nada me ha servido el sello que me facilitó su excelencia el consejero, y…
– Comprendo. -Miró a Kan, quien apenas prestó atención a la denuncia de Cí-. ¿Alguna cosa más?
Cí abrió la boca perplejo. Sin embargo, mantuvo la frente pegada al suelo.
– Sí, Majes-tad -tartamudeó-. En los informes que se me han entregado no constan las pesquisas practicadas por los jueces de palacio. No hay ni un solo dato sobre el lugar y la forma donde se encontraron los cuerpos. No constan testigos ni denuncias sobre desapariciones, ni ningún apunte sobre sospechas, ni ninguna referencia a un móvil. -Miró de reojo a Kan, quien evitó el enfrentamiento-. Ayer interrogué a un amigo íntimo de Suave Delfín, un joven eunuco que se mostró colaborador hasta que dejó de serlo. Y la explicación a su repentino silencio fue que el consejero de los Castigos le había prohibido hablar de ello.
El emperador guardó silencio un instante.
– ¿Y por esa razón crees que puedes importunarme presentándote ante mí como un animal salvaje?
– Alteza, yo… -Se sorprendió al tiempo que comprendía lo necio de su comportamiento-. El consejero Kan manifestó que nadie había entrado en las dependencias privadas de Suave Delfín, pero eso es falso. No sólo entró él, sino que prohibió al centinela hablar de ello. ¡Vuestro consejero no quiere que descubra nada! Desprecia cualquier método que provenga del examen y de la razón y se empecina en ocultar aquello que podría dejarle en evidencia. No puedo interrogar a las concubinas, no puedo acceder a los informes, no puedo salir de palacio…
– ¡Ya he escuchado suficientes impertinencias! ¡Guardias! ¡Conducidlo a sus aposentos!
Cí no se resistió, pero mientras los guardias lo incorporaban, pudo advertir cómo la sonrisa envenenada de Kan acompañaba el brillo de su único ojo.
Oyó cómo los guardias cerraban la puerta y se apostaban en el exterior. Luego se mordió las uñas hasta que al cabo de un rato se abrió la puerta de nuevo. Bo entró sin saludar, con el rostro enrojecido por la ira.
– ¡Vosotros los jóvenes os creéis los dueños del mundo! -murmuró mientras deambulaba por la estancia-. Llegáis con vuestros aires de conocimiento, con vuestras técnicas novedosas y vuestros expertos análisis, os presentáis ante vuestros mayores, soberbios y orgullosos, confiados en vuestra capacidad de averiguar lo imposible y olvidáis las más elementales normas de protocolo. -Hizo una pausa para clavar los ojos en Cí-. ¿Se puede saber qué pretendes? ¿Cómo se te ha ocurrido acusar a un consejero?
– A un consejero que me impide investigar, encerrándome como a un reo…
– ¡Por el Gran Buda, Cí! Lo de la muralla no fue idea suya. Sólo siguió las órdenes del emperador.
Cí palideció.
– Pero… -balbuceó sin comprender.
– ¡Estúpido iluso! Si salieses sin escolta de palacio, tu vida duraría menos que un huevo entre las fauces de un zorro. -Hizo una pausa, buscando la comprensión de Cí-. No es que no puedas salir. Es que si lo haces, debes hacerlo protegido.
– Pero entonces…
– Y claro que Kan entró en las dependencias de Suave Delfín. ¿Qué querías? ¿Que lo dejasen todo en tus manos?
– ¿Y vos no comprendéis que jamás podré ayudaros si no me explicáis cuál es el peligro al que me enfrento? -alzó la voz Cí.
Bo pareció reflexionar. Se acercó a la ventana y miró al exterior. Luego se giró hacia Cí con el gesto cambiado.
– Entiendo tu impotencia, pero eres tú quien ha de comprender sus motivos. De acuerdo, el emperador solicitó tu ayuda, pero no pretendas que confíe sus secretos al primer recién llegado que le deslumbre con sus trucos.
– Muy bien. Pues si no me permitís progresar, pedid al emperador que me releve. Os contaré cuanto he averiguado y…
– ¡Ah! ¿Pero has averiguado algo? -se sorprendió Bo.
– Menos de lo que podría y más de lo que me han permitido.
– ¡Escúchame bien! Soy sólo un oficial, pero puedo ordenar que te azoten ahora mismo, así que olvida los sarcasmos.
Cí comprendió que su irreverencia le estaba conduciendo a un callejón sin salida. Bajó la cabeza y se disculpó. Luego sacó sus notas y las repasó mientras Bo tomaba asiento en un taburete cercano. Cí inspiró con fuerza hasta que se calmó. Una vez tranquilo, comenzó a detallarle punto por punto sus avances: el descubrimiento de las pequeñas cicatrices en el rostro del cadáver más joven, la existencia del perfume Esencia de Jade, cuya custodia recaía en la nüshi de palacio, y el engaño de Suave Delfín.
– ¿A qué te refieres? -Los ojos de Bo centellearon.
– A que mintió a Kan. El eunuco nunca llegó a visitar a su padre, porque su padre nunca enfermó. En realidad, Suave Delfín se vio obligado a emplear esa excusa para que nadie desconfiara de su ausencia.
– Pero ¿cómo puedes afirmarlo? -se interesó Bo-. Su padre enfermaba a menudo.
– En efecto. Y cada vez que sucedía, Suave Delfín lo apuntaba en su diario. Detallaba hasta la extenuación sus cuitas y temores, los preparativos para visitarle, los presentes que le llevaría y las fechas en las que viajaría. No olvidaba nada. Y, sin embargo, en el último mes no hay ninguna referencia, ni siquiera a un resfriado.
– Pudo ser algo urgente y repentino. Tanto que no tuviera tiempo de apuntarlo -sugirió el oficial, visiblemente incómodo.
– Desde luego que podría haber sucedido así. Pero no lo fue. En los informes consta que Suave Delfín cursó su petición de licencia un día después de la primera luna del mes, si bien no partió de viaje hasta el día siguiente por la noche, intervalo más que suficiente para reflejar en su diario cuanto hubiera precisado.
– ¿Y eso a qué nos conduce? -preguntó extrañado el oficial.
– A algo que supongo que debería inquietaros. Suave Delfín fue asesinado por una persona conocida, quizá alguien en quien confiaba. Recordad que en su cuerpo no había indicios de que opusiera resistencia, luego, o no se defendió, o quizá no esperaba que su asesino le matara. La razón por la que inventó una mentira para abandonar el palacio hubo de ser muy poderosa, pues sin duda sabía del castigo al que se exponía si era descubierto.
– Lo que dices es inquietante. Tendré que consultarlo con el emperador.
Capítulo 27
Cuando Cí franqueó la puerta de la Biblioteca de los Archivos Ocultos, el corazón se le encogió. El emperador había accedido a que le fueran reveladas sus sospechas a cambio de un juramento vitaclass="underline" podría consultar los documentos aprobados por Kan, pero si se atrevía a rozar el lomo de cualquier otro volumen, sería ejecutado con el mayor de los tormentos. Por ello, cada vez que necesitase examinar algún dato, debería hacerlo en presencia del propio consejero.
Cí siguió a la gruesa figura de Kan a través de unos pasillos sombríos devorados por una legión de legajos que amenazaban con derrumbarse sobre ellos. El consejero de los Castigos llevaba un pequeño farol que iluminaba su rostro lisiado hasta convertirlo en una máscara grotesca. El de Cí era el reflejo del temor. Lamentaba haber presionado a Kan. Antes de su conversación con Bo pensaba que el consejero no deseaba ayudarle. Ahora tenía la sensación de contar con un enemigo. Mientras caminaba, se fue fijando en algunas de las etiquetas que identificaban los legajos: Sublevación y sofoco del ejército yurchen, Tácticas de espionaje del emperador Amarillo, Armas y armaduras de los guerreros dragón, Sistemas para provocar enfermedades y pestilencias…