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Advirtió que Kan se detenía frente a uno que rezaba Honor y traición del general Yue Fei. Lo sacó y se lo entregó a Cí.

– ¿Lo conoces?

Cí asintió. En la escuela era obligatorio aprender la historia de Yue Fei, el héroe nacional. Yue Fei había nacido en el seno de una familia humilde un siglo atrás. A los diecinueve años se alistó en el ejército y acudió a guarnecer las fronteras septentrionales del país, donde prestó extraordinarios servicios contra los invasores Jin. A causa de su valor y su capacidad como estratega, fue promovido hasta el grado de subjefe del consejo privado del emperador. Era popular la leyenda de que, con sólo ochocientos soldados, Yue Fei había derrotado a quinientos mil hombres en las afueras de Kaifeng.

– Lo que no comprendo es el término de «traición» que encabeza el legajo -repuso Cí.

Kan cogió el legajo y lo abrió.

– Se refiere a un hecho poco divulgado, uno de los episodios más deshonrosos de la Dinastía Tsong -le confesó-. Pese a su entrega incondicional, a los treinta y nueve años el general Yue Fei fue acusado de alta traición y ejecutado con deshonor. Con el tiempo, se descubrió la execrable mentira de su acusación y su figura fue rehabilitada por el emperador Xiaozong, el abuelo de nuestro actual emperador, quien, de hecho, mandó erigir un templo en su honor en el lago del Oeste, al pie de Qixia Ling.

– Sí. Lo conozco. Su tumba la guardan cuatro estatuas arrodilladas, con los torsos desnudos y las manos atadas a la espalda.

– Las efigies representan al primer ministro Qin Hui, a su esposa y a sus lacayos Zhang Jun y Mo Qixie, los cuatro indeseables que urdieron la trama que propició su ejecución. -Movió la cabeza en señal de desaprobación-. Desde esa época estamos en lucha contra los malditos yurchen, esos bárbaros del norte a los que, en lugar de expulsar, pagamos tributos para sobrevivir. Invadieron a nuestros antepasados, se apoderaron de nuestras tierras, de nuestra antigua capital, de nuestros campos y de nuestras cosechas. Gracias a ellos, nuestros territorios sólo son hoy la mitad de lo que fueron. ¡Y todo por ser la nuestra una tierra de gente de paz! Ése ha sido nuestro gran error. Ahora nos lamentamos de carecer de un ejército que defienda nuestra nación y nos limitamos a satisfacer arbitrios que contengan su avance mientras ellos diezman todo cuanto nos perteneció. -Descargó un puñetazo sobre el legajo.

– Es terrible… -Cí carraspeó-. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con los asesinatos?

– Lo tiene. -Su respiración agitada inflaba y vaciaba su corpachón-. Según las crónicas, Yue Fei engendró cinco hijos cuyos destinos quedaron marcados por el oprobio y la vergüenza de su progenitor. Sus carreras, sus matrimonios y sus posesiones se desvanecieron como cenizas aventadas por un huracán. Finalmente, el odio y el rencor les arruinaron hasta sumirles en el olvido y su estirpe desapareció antes de que llegase su rehabilitación. Sin embargo, según nuestros informes -buscó una página concreta-, Yue Fei también tuvo un hijo natural que consiguió escapar a la ignominia, emigró al norte y prosperó. Ahora creemos que uno de sus descendientes busca vengar aquella traición a su antepasado en la figura del emperador.

– ¿Y por eso mataría a tres hombres sin nada en común entre sí?

– ¡Sé de lo que hablo! -bramó. Su rostro reflejaba la gravedad de un funeral-. Nos hallamos en vísperas de firmar un nuevo tratado con los Jin. Un armisticio que afianzará la precaria seguridad de nuestra frontera a costa de más peajes. -Hizo ademán de coger un legajo distinto, pero se contuvo-. Y ahí reside el móvil del traidor.

– Lo siento, pero no consigo…

– ¡Ya está bien! -le interrumpió-. Esta tarde se celebrará una recepción en palacio a la que asistirá el embajador de los Jin. Estate preparado. Se te proporcionará vestimenta e identidad adecuada. Allí conocerás a tu adversario, a la víbora descendiente de Yue Fei. La persona a la que deberás desenmascarar antes de que ella te descubra a ti.

* * *

A la espera de la llegada de la embajada, Cí se enfundó el uniforme de seda verde que acababa de suministrarle el sastre imperial y que, según sus palabras, lo identificaría como asesor personal de Kan. Cí se ajustó el bonete con brocados de plata y se contempló frente al espejo de bronce. Torció una ceja. Su aspecto le recordaba al de un falso cantante de teatro que pretendiera colarse en un banquete para almorzar sin pagar. Sin embargo, al sastre no pareció afectarle su desconfianza. Le cogió medidas con alfileres y pinzas y le aseguró que, tras ajustarlo, quedaría como un príncipe. Cí dejó que el hombre se afanara mientras él meditaba sobre las palabras de Kan. Aunque su corazón latía con fuerza ante la perspectiva de enfrentarse al asesino, no dejaba de preguntarse por qué si Kan ya lo conocía, prefería presentárselo en vez de detenerlo él.

La ceremonia se inició a media tarde, poco antes de que el sol comenzara a ocultarse tras el Palacio del Eterno Frescor. Un sirviente había conducido a Cí hasta las dependencias privadas de Kan, que ya le esperaba a la puerta, vestido de gala. El consejero aprobó el atuendo de Cí y juntos se dirigieron hasta el Salón de los Saludos, donde tendría lugar la recepción. Por el camino, Kan asesoró a Cí sobre los entresijos del ceremonial, señalándole que justificaría su asistencia a la recepción presentándole como un experto conocedor de las costumbres Jin.

– Pero si yo no sé nada acerca de esos bárbaros…

– En la mesa en la que nos sentaremos no tendrás que hablar de ellos -le resumió.

Cuando entraron en el Salón de los Saludos, Cí palideció.

En un gigantesco espacio diáfano, en el que podría caber hasta un regimiento, decenas de mesas aparecían desbordadas por una multitud de manjares de colores y formas inimaginables. El aroma a guisos de soja, camarones fritos y pescado agridulce se mezclaba con la fragancia de los crisantemos y las peonías, mientras recipientes de bronce rellenos de nieve traída de las montañas refrescaban el ambiente merced a las numerosas ruedas de viento instaladas tras las ventanas. Las paredes, lacadas de un rojo tan intenso como la sangre, brillaban ante el fulgor que penetraba por las celosías abiertas, dejando a la vista un paisaje en el que los pinos japoneses, blanquecinos como el marfil, le disputaban el privilegio de la belleza a los altos bambúes, a los macizos de jazmines, a las orquídeas y flores de canela, o a los nenúfares albos y carmín que flotaban plácidos en el lago, salpicados por el incesante chapoteo de una cascada artificial.

Aún boquiabierto, Cí se percató de que, hasta aquel momento, su concepto de riqueza había sido tan nimio como el de un pobre ermitaño encandilado con un camastro nuevo. A su juicio, ni el más soñador de los mortales sería capaz de imaginar el lujo que se derramaba a su alrededor.

Se fijó en el ejército de sirvientes que permanecían inmóviles, como rígidas estatuas sacadas del mismo molde colocadas una tras otra en perfecta hilera a la espera de atender a la concurrencia. Al fondo, sobre una tarima forrada de raso amarillo, distinguió la mesa imperial, con diez faisanes asados, en tanto que a sus pies, junto a las mesas, centenares de invitados engalanados con vistosos trajes conversaban animosamente.

Kan le hizo una seña para que le siguiera.

El consejero de los Castigos le guio a través de un elenco de aristócratas, pomposos nobles acaudalados, notables llegados de los confines del imperio, poetas reconocidos, licenciados en caligrafía, prefectos y subprefectos, altos cargos de la administración y miembros de los diferentes consejos, todos ellos acompañados por sus respectivas familias. Le contó que el emperador había preferido dar un tono festivo al encuentro para que no se considerase una rendición.