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– En realidad, se ha hecho coincidir la audiencia con la fiesta, y no al contrario.

Ocuparon una mesa junto a otros invitados, en la que se sentaron respetando la costumbre de los ocho lugares. La norma era reservar la silla situada en la parte orientada al este para el invitado más importante, y ésa fue la que ocupó el consejero de los Castigos. Todos los demás se sentaron según su rango y edad, a excepción de Cí, que lo hizo al lado de Kan.

Mientras esperaban la llegada del emperador, Kan confió a Cí en voz baja que había cedido su puesto en la mesa imperial para no estar tan sujeto por el protocolo. Luego presentó a Cí a sus compañeros de mesa: dos prefectos, tres letrados y un reputado fabricante de bronces.

– Cí es mi ayudante -explicó Kan.

El joven asintió. Mientras Kan departía con sus colegas, Cí observó que las mujeres se congregaban en mesas separadas, algo habitual en cualquier tipo de celebración, pues permitía a los hombres hablar de sus asuntos. Aún no habían comenzado a servir los entrantes cuando un toque de gong salido de la nada anunció la inminente presencia del emperador.

Ningzong apareció acompañado de un séquito de cortesanos tan numeroso y de un contingente de soldados tan amenazador que a cualquier otro dirigente de la tierra se le habría cortado la respiración. Precedido por una sinfonía de timbales y trompetas, todos los asistentes se levantaron al unísono para cumplimentarle. El emperador no se inmutó. Su mirada entornada parecía contemplar el infinito mientras avanzaba como un fantasma ausente, ajeno a la admiración y al esplendor. Una vez junto al trono, Ningzong tomó asiento y con un ademán autorizó a los invitados para que le imitaran. De inmediato, un nuevo gong puso en movimiento a un enjambre de camareros, ayudantes, sirvientes y cocineros que se apresuraron a desfilar, como si les fuera la vida en ello, en un bullicioso baile de bandejas, bebidas y viandas.

A la espera del embajador de los Jin, uno de los comensales hizo los honores a Cí.

– Te recomiendo el pollo de mendigo a la fragancia de la hoja de loto. Pero si prefieres el picante, prueba la sopa de pescado de Songsao. Es un poco agria, aunque magnífica para el verano -le sugirió el fabricante de bronces.

– Quizá prefiera la sopa de mariposas con tortas fritas -propuso uno de los letrados-. O tal vez una tajada de cerdo de Dongpo.

– ¡Hum! ¡Licor de uva! ¡Esto sí es una exquisitez y no las heces de vino de arroz que nos escancian en otras ocasiones! -Uno de los prefectos se apresuró a servirse un vaso-. Respecto a la comida, no os apuréis. Según tengo entendido, servirán ciento cincuenta platos distintos.

Cí agradeció las sugerencias, pero se puso unas simples albóndigas hervidas con jengibre. En cuanto a la bebida, optó por el vino de cereales caliente y especiado al que estaba acostumbrado. Le llamó la atención la presencia de una bandeja con fideos y queso de oveja, alimentos propios de la gente del norte.

– En honor al embajador -masculló Kan, y escupió sobre aquellos platos. Los demás comensales le imitaron. Cí, perplejo, hizo lo propio.

– ¿Y qué clase de ayudante eres tú? -terció el fabricante de bronces dirigiéndose a Cí-. Nuestro consejero de los Castigos no es hombre que se deje aconsejar. -Se rio.

A Cí se le atragantó la sopa. Carraspeó un poco y se disculpó torpemente.

– Soy experto en los Jin -respondió sin reflexionar, y al punto se dio cuenta de su torpeza.

– ¿Sí? ¿Y qué sabes de esos canallas a los que hemos de pagar? ¿Es cierto que nos quieren invadir?

Cí simuló que aún tenía algo en la garganta. Bebió un trago de agua para ganar tiempo.

– Si lo revelara en esta mesa, Kan me rebanaría la garganta y, entonces, además de salpicarles, probablemente perdería mi empleo -dijo por fin, y sonrió.

El fabricante de bronces lo miró con asombro antes de comprender que bromeaba. Luego prorrumpió en risas. Cí advirtió que Kan le dirigía un gesto furibundo, antes de resoplar con alivio.

– De modo que trabajáis con bronces… -desvió la atención Cí-. Hoy he tenido la oportunidad de reflejarme en un espejo de ese material. Su pulido era tal que parecía hielo. Aún estoy asombrado. Jamás vi precisión igual.

– ¿Aquí, en palacio? Entonces, sin duda, lo he fabricado yo. No está bien que lo diga, pero ningún otro metalúrgico maneja el bronce con tanta habilidad -fanfarroneó mientras les mostraba los recargados anillos de ese material que poblaban sus dedos.

– Cierto. Muy cierto -dijo Kan mirando al fabricante con severidad. Cí observó cómo el rostro de éste perdía la sonrisa al contemplar la mirada de Kan.

Para evitar que los invitados comprometieran a Cí con nuevas preguntas, Kan se adueñó de la palabra. Le fue fácil continuar con el tema que parecía haber despertado un evidente interés.

– ¡Todo en su punto! -Sonrió-. La sopa caliente, el arroz tibio y el jugo y las bebidas frías, a excepción del vino y el té. ¿Sabíais que es aconsejable ingerir más comida dulce en otoño, más salada en invierno, más ácida en primavera y más amarga en verano?

– Yo lo único que sé es que mi mujer me la amarga todo el año -contestó uno, provocando la chanza del resto.

Como si los hubieran espoleado, los contertulios se lanzaron a la conversación. Uno comentó que la carne de res era dulce y suave por naturaleza, de modo que se debía cocinar junto con comida amarga y ligera, pero otro prefirió hablar de los cinco licores.

– Los que maceran a los cinco animales. Espero que esta noche bebamos bien de ellos. -Y todos estuvieron de acuerdo.

Nada más decirlo, apareció un sirviente con cinco frascos de aguardiente de sorgo, cada uno conteniendo un bicho repulsivo. Cí distinguió un alacrán, un lagarto, un ciempiés, una serpiente y un sapo. Fue el único que no los probó.

Iban a brindar cuando Kan interrumpió a Cí.

– Ahí llega el embajador Jin. -Volvió a escupir.

Ninguno de los presentes se levantó.

Cí se giró hacia la puerta y lo divisó. El embajador caminaba delante de cuatro de sus oficiales. Sobre su tez parda, del color de la tierra sucia, destacaban unos dientes relucientes, inusualmente blancos. A Cí se le asemejó a un chacal. El hombre avanzó hasta detenerse a cinco pasos de la mesa imperial. Al igual que sus oficiales, se arrodilló y se postró ante Ningzong. Luego hizo una seña a sus hombres para que entregaran unos presentes a Su Majestad Imperial.

– Malditos hipócritas -murmuró Kan-. Primero nos roban y ahora nos agasajan.

Cí observó que el embajador y sus oficiales tomaban asiento en una mesa cercana al emperador, sobre la que descansaba el plato preferido de los bárbaros: un enorme y completo cordero asado. Quizá por sus vestimentas no lo parecieran, pero su forma de devorar dejaba a las claras que eran unos salvajes.

Pese al interminable desfile de platillos, Kan ya no comió más. Por prudencia, Cí le imitó. En cambio, el resto de los comensales se concentraron en los postres que llenaban los tapetes de bambú. El licor pasaba de mano en mano derramándose sobre las rodajas de raíz de loto en almíbar, las rodajas de sandías y melones y los untuosos helados de frutas cuidadosamente emulsionados, los cuales, en su mayor parte, acabaron en medio de sus pecheras. Kan avisó a Cí de que, en cuanto comenzaran los fuegos de artificio, le indicaría la persona de la que sospechaba.

A Cí le dio un vuelco el corazón.

Instantes después, un nuevo toque de gong informaba a los invitados de que el emperador daba por concluido el banquete para continuar con el té y los licores en los jardines.

Todos se levantaron. Kan esperó a que los invitados con los que había compartido mesa dejaran de tambalearse antes de emprender camino. Cí tuvo que sujetar al fabricante de bronce.