– En la medida de mis posibilidades. Desde que me casé, mi vida ha cambiado bastante. Pero, en fin, eso es algo que ya sabes… -Hizo una pausa-. De modo que trabajas sobre los Jin… -dijo dirigiéndose a Cí-. Entonces, estás de suerte. Podrás preguntarle a su embajador.
– No digas simplezas. El embajador está ocupado. Casi tanto como yo -intervino de nuevo Kan.
– ¿En asuntos de faldas también?
– Iris… Iris… Siempre tan irónica. -Kan torció el gesto-. Cí no quiere las palabras vacías de un hombre entrenado en la mentira. El joven busca la verdad.
– ¿El joven no tiene boca? -dijo Iris Azul. Cí advirtió en su tono un poso de provocación.
– Me gusta respetar a mis mayores -le respondió.
Cí comprobó que ella se daba por aludida y sonrió con malicia en la oscuridad. Luego miró a Kan buscando alguna respuesta. No comprendía las intenciones del consejero ni a dónde pretendía llegar. Además, comenzaba a advertir que la relación entre Kan e Iris Azul no resultaba tan idílica como había supuesto.
Esperaba una contestación cuando, de repente, una figura se recortó bajo la luz de los faroles. Cí creyó identificar al fabricante de bronces con el que habían coincidido durante la cena. Al reconocerle, Kan se levantó con dificultad.
– Si me disculpáis, he de resolver un asunto -dijo el consejero, y salió al encuentro del hombre.
Cí se mordió los labios. Seguía sin saber qué decir. Tamborileó sus dedos en la taza de té y luego se la acercó a su boca.
– ¿Nervioso? -preguntó la mujer.
– ¿Debería estarlo?
Por un momento, se le pasó por la cabeza que el té pudiera contener algún tipo de veneno y detuvo la taza. Lentamente, la separó de sus labios mientras echaba una ojeada disimulada a su interior. Luego contempló a la mujer. Le miraba de una forma extraña que no alcanzó a interpretar.
– De modo que respetar a los mayores… -insistió ella-. ¿Qué edad tienes?
– Veinticuatro -mintió, agregándose dos.
– ¿Y qué edad supones que tengo yo?
A sabiendas de que la oscuridad le protegía, Cí la examinó sin sonrojo. Los destellos anaranjados de los faroles embellecían un rostro suavemente esculpido y atenuaban las leves marcas de expresión que los años parecían haberle regalado. Su pecho, del tamaño de las naranjas, se abultaba levemente bajo su hanfu, contrastando con una cintura escueta y unas inusuales caderas prominentes. Le sorprendió que a ella no le incomodara su escrutinio. Sus ojos grisáceos, de un color que Cí jamás había contemplado, brillaban.
– Treinta y cinco. -Aunque había calculado algún año más, pensó que halagarla le ayudaría.
La mujer enarcó una ceja.
– Para trabajar junto a Kan hay que ser muy temerario o muy necio. Dime, Cí, ¿qué clase de persona eres tú?
A Cí le sorprendió la impertinencia de la mujer. Desconocía su posición, pero debía de sentirse muy segura para criticar a Kan ante un desconocido que en teoría trabajaba para él.
– Quizá sea el tipo de persona que no insulta a los recién llegados -le contestó.
La mujer torció el gesto y bajó la mirada. Cí presumió en ella un halo de arrepentimiento.
– Discúlpame, pero ese hombre siempre me ha enervado. -Derramó un poco de té al intentar servirse-. Sabe que no conozco tanto a los Jin como pretende, así que no me imagino cómo podría ayudarte.
– No sé. Tal vez podríais hablarme de vuestro trabajo. Es obvio que no sois un ama de casa -improvisó.
– Mi trabajo es tan vulgar como yo misma. -Bebió con desgana.
– A mí no me parecéis vulgar. -Cí carraspeó-. ¿A qué os dedicáis exactamente?
La mujer permaneció un momento callada, como si valorara contestar.
– Heredé un negocio de exportación de sal -dijo finalmente-. Las relaciones con los bárbaros siempre fueron difíciles, pero mi padre supo manejarse y estableció unos almacenes cerca de la frontera. Por suerte, y pese a las trabas del gobierno, prosperaron rápido. Ahora los manejo yo.
– ¿Pese a las trabas?
– Es una triste historia. Y esto es una fiesta.
– Por lo que contáis, un oficio peligroso para una mujer sola…
– Nadie ha afirmado que lo esté.
Cí volvió a sorber té. Dudó qué decir.
– Kan mencionó algo sobre vuestro marido. Supongo que os referís a él.
– Kan habla demasiado. Y sí. Mi marido se ocupa de muchas cosas. -Su voz sonó amarga.
– ¿Y dónde está ahora?
– Viajando. Lo hace a menudo. -Se sirvió un poco de licor-. Pero ¿a qué tanta pregunta sobre él? Pensé que quienes te interesaban eran los Jin.
– Entre otros asuntos -contestó Cí.
Cí advirtió que la situación se le escapaba de las manos. Sus dedos volvían a tabletear. Permaneció mudo comprobando que el silencio dejaba de ser una leve incomodidad para convertirse en una pesada losa. Iris Azul pronto pensaría lo mismo. El tiempo jugaba en su contra, pero no sabía cómo avivar la conversación.
En ese momento la mujer se movió. Cí se fijó en la blancura de su antebrazo cuando lentamente sacó un abanico de su manga. Lo desplegó con la misma lentitud y lo empezó a aletear. Al poco de usarlo, a Cí le alcanzaron los efluvios de una fragancia intensa. Sus notas penetrantes se le antojaron extrañamente familiares.
– ¿Esencia de Jade? -dijo Cí.
– ¿Cómo?
– El perfume. Es Esencia de Jade -afirmó-. ¿Cómo lo habéis conseguido?
– Ese tipo de preguntas sólo se formulan a cierta clase de mujeres -sonrió con pena-, y provocan respuestas que sólo se devuelven a cierto tipo de hombres -añadió.
– Aun así -insistió.
Por toda respuesta, Iris Azul apuró su vaso de licor.
– He de irme -le dijo.
Cí iba a retenerla cuando una explosión les sorprendió. Alzó la cabeza. Sobre ellos, unas guirnaldas de luces destellaban en el cielo apagándose y encendiéndose. Brillos verdes y rojos iluminaban sus rostros en continuos estallidos de luz, como miles de soles naciendo en el firmamento.
– ¡Los fuegos de artificio! -Cí se quedó admirado por las formas floridas que relampagueaban en el cielo-. Son preciosos. -Buscó la complicidad de Iris Azul, pero encontró su mirada ausente, perdida en la espesura-. Deberíais mirarlos -le aconsejó.
En lugar de dirigir la mirada al cielo, la mujer giró la cabeza hacia Cí. Sin embargo, su rostro no se alineó exactamente con el suyo. Tenía los ojos humedecidos por el resplandor de los fuegos. El joven advirtió que sus pupilas permanecían inmóviles ante los estallidos de luz.
– Ojalá pudiera -dijo.
Cí contempló cómo la mujer, ayudada por un bastón, se daba la vuelta y se alejaba.
Meneó la cabeza. Iris Azul, la nieta de Yue Fei, la asesina de la que sospechaba Kan, era absolutamente ciega.
De regreso a palacio, Cí escrutó a la multitud, entregada al espectáculo pirotécnico que continuaba sembrando el cielo de fulgor. Buscaba a Kan, pero no lo encontró. Miró en la balconada, en el Salón de los Saludos y en las salitas anexas con idéntico resultado. Bajó de nuevo a los jardines, pero tampoco estaba allí. Sin saber qué hacer, se dedicó a contemplar los fuegos hasta su completa extinción, hasta que en el aire quedó tan sólo una densa niebla con un profundo olor acre. Una niebla que le recordó el día en que su casa se derrumbó, acabando con su familia.
Volvió a pensar en su padre. No pasaba un día sin que lo hiciera.
Perdió la noción del tiempo sumido en sus pensamientos.
Sería más de medianoche cuando creyó descubrir la figura de Kan moviéndose tras los matorrales. Parecía que alguien le acompañaba. Se levantó y fue a su encuentro. Sin embargo, al distinguir a la persona con la que conversaba, se detuvo en seco. Era el embajador de los Jin. Cí se preguntó de qué hablarían tan efusivamente, ocultos en la espesura. No encontró respuesta. Estaba confuso. Quizá el licor ingerido no le dejaba pensar con claridad. Se dijo que haría bien en darse la vuelta y dirigirse a sus dependencias.