Los ayudantes de Bo hubieron de emplearse a fondo para dispersar la interminable turba de enfermos, lisiados y heridos que les impedían el acceso al establecimiento. Dentro, Cí se vio desbordado por una avalancha de curiosos que se abalanzaron sobre el mostrador en cuanto sacó la mano amputada de la cámara de conservación. Una vez apartados los mirones, Cí colocó el miembro mutilado frente a unos dependientes, que temblaban como si temiesen que en cualquier momento las manos cercenadas pudieran llegar a ser las suyas. Las palabras de Cí no consiguieron tranquilizarlos.
– Sólo pretendo que examinéis el miembro con atención y me digáis si habéis prescrito algún tratamiento para un padecimiento así.
Tras examinar la extremidad muerta, los dependientes se miraron extrañados, pues lo que para Cí aparentaba ser una enfermedad que requería tratamiento, para ellos no pasaba de ser una simple erosión. Cí no se conformó. Colocó la mano amputada sobre el mostrador y demandó la presencia del encargado, asegurándoles que no se irían hasta que aquél apareciera. Pasados unos instantes, acudió un hombre rechoncho de aspecto despistado, ataviado con un mandilón y un gorro rojos. Al examinar el miembro amputado se mostró bastante sorprendido, pero, aun así, ofreció a Cí la misma respuesta que le habían dado sus subordinados.
– Nadie pediría un tratamiento para algo tan vulgar.
Cí apretó los puños. Aquellos hombres no se estaban esforzando.
– ¿Y puede saberse por qué estáis tan seguro? -reclamó.
Por toda respuesta, el hombre puso sus manos junto a la extremidad cercenada.
– Porque yo padezco esa misma corrosión.
Cuando Cí se recuperó de su desconcierto, comprobó que, en efecto, la erosión de las manos del encargado era prácticamente un calco de la que presentaba la mano amputada. Hubo de esforzarse para poder continuar.
– ¿Pero cómo…? -balbuceó.
– Es la sal. -Le mostró bien sus manos-. Los marineros, los mineros, los que salan pescados y carnes para conservarlos… Todos los que trabajamos diariamente con la sal, tarde o temprano, acabamos con las manos picadas. Yo mismo la empleo a diario para preservar mis compuestos, pero no es una afección grave. No creo que a ese desgraciado fuera preciso amputarle la mano -ironizó.
A Cí la apostilla no le hizo ninguna gracia. Introdujo de nuevo el miembro en la cámara de conservación, les agradeció su ayuda y abandonó la Gran Farmacia de Lin’an.
Se le abría una puerta y se le cerraba otra. El hecho de descartar la presencia de un ácido como el causante de la corrosión eliminaba varios oficios, pero la irrupción de la sal añadía otros tantos o más. La cuarta parte de Lin’an vivía de la pesca, y aunque de esa cuarta parte, sólo una fracción abandonaba el río Zhe para faenar en alta mar, si se le añadían los trabajadores de los almacenes de conservas y los tratantes de sal, la cifra de sospechosos superaría con creces los cincuenta mil. Así pues, sus esperanzas residían en un último detalle: la diminuta llama ondulada tatuada bajo el pulgar. Bo le aseguró que se ocuparía de su identificación.
Aún tenía pendiente la visita al taller del broncista, un trámite en el que había depositado grandes esperanzas y del que esperaba obtener pruebas concluyentes. Encargó a los ayudantes que llevaran la cámara de conservación a palacio, instruyéndoles para que reemplazaran el hielo nada más llegar, y en compañía del oficial se encaminó hacia los barrios portuarios del sur de la ciudad.
Cuando llegaron a la dirección que le había suministrado Kan, Cí palideció. Frente a él, donde hasta el día anterior se levantaba el taller de bronces más importante de la ciudad, ahora sólo quedaba un desolador paisaje de horror y destrucción. Los rescoldos aún crepitaban entre el cementerio de vigas abrasadas, madera quemada, metal derretido y ladrillos amontonados. Parecía que un ejército de fuego hubiera arrasado el taller hasta sus cimientos, dejando un rastro de humeante desolación.
Cí recordó el incendio que había asolado su casa de la aldea. Creyó respirar incluso el mismo olor.
De inmediato se dirigió hacia la multitud de fisgones en busca de testigos que pudieran informarle sobre lo sucedido. Unos vecinos le hablaron de un fuego voraz que había empezado de madrugada, otros mencionaron grandes ruidos al derrumbarse la construcción y varios más lamentaron que la tardanza del cuerpo de bomberos hubiera permitido que las llamas se propagasen a los talleres contiguos, pero nadie aportó ningún dato que, más allá de la confusión, resultara relevante. Afortunadamente, un muchacho de aspecto avispado que deambulaba por los alrededores se ofreció a suministrarle información de primera mano por tan sólo diez qián. El chico parecía un esqueleto con piel, por lo que Cí añadió a su demanda un puñado de arroz hervido que adquirió en un puesto cercano. Entre bocado y bocado, el muchacho le contó que un ruido había precedido al incendio, pero fue incapaz de aclarar nada más. Cí ya iba a marcharse, decepcionado, cuando el joven le sujetó por el brazo.
– Pero sé de alguien que lo vio.
Le confesó que un compañero del sindicato de pedigüeños pernoctaba desde hacía años en uno de los cobertizos del taller.
– Es cojo. Por eso nunca se aleja del lugar que tiene asignado para mendigar. Cuando llegué esta madrugada, lo encontré ahí atrás -señaló-, escondido como una rata en una madriguera. Parecía que hubiera visto al dios de la muerte. Me dijo que debía escapar. Que si lo encontraban, le matarían.
– ¿Que le matarían? -Cí abrió los ojos como platos-. ¿Quiénes?
– No lo sé. Os digo que estaba aterrado. En cuanto amaneció, aprovechó la confusión para perderse entre la multitud. Hasta dejó sus cosas aquí. -Señaló una esquina en la que descansaba un platillo para pedir y una jarra de cerámica-. Cogió su muleta y desapareció.
Cí aún se lamentaba por aquella contrariedad cuando el jovenzuelo le sorprendió.
– Pero, señor, si os interesa, puedo encontrarle.
– ¿A quién? -Cí estaba confuso.
– ¡A mi amigo el cojo!
Cí intentó encontrar en la mirada del jovenzuelo algún destello de sinceridad que compitiera con el de su codicia. No lo halló.
– Muy bien. Tráemelo y te recompensaré.
– Señor, estoy enfermo. Y tengo mis necesidades. Si he de buscarle, no podré mendigar…
– ¿Cuánto? -Frunció los labios.
– Le costará… diez mil qián. ¡Cinco mil! -se corrigió.
Cí meneó la cabeza en señal de desaprobación. Sin embargo, no tenía muchas más opciones. Fijó de nuevo su mirada en la del pedigüeño. No sabía qué pensar. Se maldijo mientras le pedía las monedas a Bo, pero el oficial se las negó.
– Desaparecerá y no volverás a verlo -le advirtió.
– ¡El dinero! -insistió Cí, a sabiendas de que Kan le había instruido para que satisficiese los gastos que precisara. El hombre meneó la cabeza en señal de desaprobación y se lo entregó.