Cí comenzó a desgranar monedas mientras los ojos del jovenzuelo refulgían como si contemplase una montaña de oro. Sin embargo, éstos se apagaron al comprobar que Cí se detenía al alcanzar la cifra de quinientos qián.
– El resto lo tendrás cuando me traigas a tu amigo. Para él también habrá otros tantos. -Y le devolvió la sarta a Bo. El jovenzuelo ya se daba la vuelta cuando, esta vez, fue Cí quien le aferró-. ¡Y te lo advierto! Si no tengo noticias tuyas, haré que te expulsen del sindicato y pagaré para que te muelan a palos.
Le dijo su nombre y la forma de localizarle. Luego el joven desapareció entre la muchedumbre.
Antes de emprender el regreso, Cí husmeó entre las ruinas del taller con la esperanza de encontrar algún indicio, pero sólo halló moldes de terracota destrozados, instrumentos de forja derretidos y hornos derrumbados que a sus ojos significaban lo mismo que un texto para un analfabeto. Curiosamente, no aparecieron objetos de bronce ni depósitos de cobre y estaño, cosa que atribuyó al efecto de la rapiña. Pidió a Bo que consiguiera una relación de los obreros que hubieran trabajado en el taller en los últimos meses y le encargó que se ocupara de que todos los restos, a excepción de los ladrillos y las vigas, fueran trasladados al palacio.
– No importa lo destrozados que estén. Que identifiquen cada pieza antes de cargarlas en cajas y que se haga constar en ellas el lugar en el que fueron encontradas.
– A Kan no le agradará que conviertas el palacio en un basurero -objetó.
Cí no le contestó. Simplemente, esperó a que Bo tramitara su petición. De camino a su siguiente gestión, Cí se preguntó si los miembros del cuerpo de bomberos en los que Bo había delegado serían de confianza. Aunque albergaba serias dudas, le tranquilizó saber que la ausencia de objetos de valor no tentaría a los encargados del traslado.
De regreso a palacio se detuvieron en el lugar donde habían descubierto el cadáver del metalúrgico. Cí se felicitó por el hecho de que siguiera de guardia el mismo centinela que había encontrado el cuerpo. El hombre, una montaña de granito, le ratificó que, en efecto, el cadáver apareció decapitado y desnudo justo en aquel mismo sitio, al pie de la muralla. Cí examinó los rastros de sangre que aún permanecían sobre la calzada de piedra, sacó su cuaderno de notas y trazó un esbozo con un carboncillo, procurando representar lo mejor posible la forma del reguero. Le preguntó al centinela si durante su turno permanecía siempre en el mismo lugar o, por el contrario, efectuaba rondas periódicas.
– Cuando suena el gong, nos desplazamos trescientos pasos al oeste, regresamos y andamos otros trescientos en sentido opuesto. Luego volvemos y esperamos hasta el siguiente aviso.
Cí asintió. Echó un último vistazo por los alrededores antes de insistir al centinela en si recordaba algo que le hubiese llamado la atención. Tal y como imaginaba, el hombre contestó que no.
No le importó demasiado. Había descubierto lo suficiente como para avanzar en la investigación.
Durante la inspección a los jardines imperiales, Cí tomó diversas muestras de tierra. Una vez en sus aposentos, sacó los pañuelos del frasco en el que había guardado los restos de tierra que halló bajo las uñas y en la piel del fabricante de bronces y lo dejó sobre la mesa. Las cuatro muestras recogidas momentos antes resultaban bastante diferentes entre sí: la procedente de las inmediaciones del estanque se veía húmeda, prensada y negruzca, al contrario que la extraída del bosque, más suelta, de un tono pardo y con restos de pinochas. La tercera, recogida junto a los pies de la balconada, estaba compuesta por diminutos fragmentos de piedrecitas machacadas. Por último, la encontrada en la zona lindante con la muralla mostraba un aspecto amarillento y untuoso, probablemente debido a la alta concentración de la arcilla empleada como argamasa para la construcción del recinto. Lentamente, cogió el frasco en el que conservaba los restos extraídos del cadáver y los colocó junto al montoncito procedente de la muralla.
Coincidían.
Devolvió la muestra del cadáver a su frasco y etiquetó las otras cuatro.
El resto de la tarde lo empleó en repasar sus anotaciones. Apenas descansó. Astucia Gris regresaría pronto y el tiempo se le escapaba igual que un chorro de agua entre las manos. Al anochecer, lanzó todas las notas al suelo. Aunque aún aguardaba los resultados del retrato, que había enviado a dispensarios y hospitales, y quedaba pendiente el interrogatorio de los trabajadores del taller de bronce, no albergaba demasiadas esperanzas. Su idea respecto a la pica había fracasado y la única alternativa que había barajado, la existencia de una ballesta modificada capaz de disparar con la suficiente potencia un punzón de semejante calibre, carecía de fundamento. ¿Por qué querría alguien crear una flecha pesada y maciza, incapaz de volar grandes distancias? ¿Qué propósito tendría transformar un arma casi perfecta en otra más grande y pesada, más difícil de transportar, de cargar y de manejar? Y lo más inexplicable: ¿qué sentido tendría que el asesino empleara siempre un arma tan aparatosa para acabar con sus víctimas?
Era obvio que su hipótesis resultaba tan necia como dar por sentado que una ciega fuera incapaz de matar a un hombre.
A pesar de sus dudas, no había descartado la implicación de Iris Azul en los asesinatos. El vínculo de la nüshi con Esencia de Jade, pese a resultar circunstancial, no dejaba de situarla junto a cada una de las evidencias y, en palabras de Kan, a Iris Azul le sobraban motivos para odiar al emperador. Un odio arraigado en lo más profundo de su ser que el propio padre de Iris Azul se había encargado de alimentar con la leyenda de los agravios sobre su abuelo Yue Fei.
Pensó en la nüshi. De hecho, no había dejado de hacerlo desde la noche que la conoció. Porque aunque le disgustara admitirlo, había algo más; algo que trascendía los asesinatos; algo que no alcanzaba a comprender y, mucho menos, controlar. No entendía por qué no dejaba de recordarla; por qué rememoraba su voz cálida, grave y sinuosa; por qué se recreaba en sus ojos pálidos pero sin vida; por qué cada vez que acudía a su pensamiento se le encogía el corazón. Además, pese al riesgo que suponía el regreso de Astucia Gris, pese al peligro que le acarrearía el fracaso en las investigaciones y pese a que la razón le urgía a preparar una alternativa, se negaba en redondo a considerar la huida. Había apostado demasiado como para planteárselo siquiera. Rozaba con los dedos su anhelo de alcanzar la judicatura. El emperador se lo había prometido y, por grandes que resultaran las dificultades, era lo que siempre había ambicionado; el sueño que el juez Feng le había inculcado.
A Feng se lo debía todo. Si cerraba los ojos, podía rememorar al hombre que le había acogido desde su adolescencia y que le había enseñado cuanto sabía. Y si permanecía con ellos cerrados, podía contemplarse a sí mismo frente a la figura de su padre, mostrándole el título de juez que él había sido incapaz de conseguir.
Se preguntó qué habría sido del juez Feng. Desde que lo buscara meses atrás, cuando pensó en él como último recurso para salvar a su hermana, no había vuelto a intentar localizarle.
¿Qué podía hacer? Descartado Ming, tal vez fuera Feng la única persona en la que poder confiar. Pero, por mucho que pretendiera ignorarlo, seguía siendo un fugitivo. No tenía derecho a arrastrarle con él al precipicio de la deshonra. Por eso decidió renunciar a su búsqueda y continuar las pesquisas solo.
Unos golpes al otro lado de la puerta le despertaron de su ensoñación. Abrió y se encontró con Bo. El oficial acudía para informarle de que el traslado de los restos recuperados en el taller de bronce había comenzado y de que la dama Iris Azul había hecho llegar a palacio su deseo de reunirse con él al día siguiente en el Pabellón de los Nenúfares.