Cí percibió la amargura de sus palabras, pero no supo qué decir. Iba a preguntarle sobre su ceguera cuando escuchó cierta algarabía en el exterior.
– Debe de ser mi marido -le informó.
Iris Azul se levantó sosegadamente y esperó que la puerta se abriera. Cí la imitó. Observó que a la mujer se le ceñía el vestido.
Al fondo del pasillo, Cí divisó la figura de un hombre entrado en años. Le acompañaba Kan y ambos charlaban animadamente. El anciano llevaba en sus brazos unas flores que Cí supuso que regalaría a Iris Azul. El desconocido saludó a su mujer desde la entrada y celebró que ya hubiera llegado el invitado. Sin embargo, cuando avanzó lo suficiente como para contemplar a Cí, sus brazos flojearon y las flores se cayeron al suelo.
El anciano no consiguió articular palabra. Tan sólo se quedó de pie, mirándole incrédulo, igual que Cí a él mientras la sirvienta se apresuraba a recoger las flores que les separaban. Al ver que ninguno reaccionaba, Iris Azul se adelantó.
– Amado esposo, tengo el gusto de presentarte a nuestro invitado, el joven Cí. Cí, os presento a mi marido, el honorable juez Feng.
Capítulo 30
Cí permaneció de pie frente al juez, paralizado. Feng tan sólo balbuceó. Cuando por fin se sobrepuso, el juez hizo ademán de preguntarle algo, pero el joven se le adelantó.
– Honorable Feng. -Se inclinó ante él.
– ¿Qué haces tú aquí? -acertó a pronunciar el juez.
– ¿Os conocéis? -intervino Kan, sorprendido.
– Sólo un poco… Hace años mi padre trabajó para él -se apresuró a contestar Cí. El joven advirtió que Feng no terminaba de comprender. Sin embargo, el anciano tampoco le desmintió.
– ¡Excelente! -aplaudió Kan-. Entonces, todo resultará más fácil. Como te venía comentando -se dirigió a Feng-, Cí me está ayudando en la elaboración de unos informes sobre los Jin. Pensé que la experiencia de tu esposa podría beneficiarnos.
– ¡Y pensaste bien! Pero sentémonos y celebremos este encuentro -les invitó Feng, aún azorado-. Cí, te suponía en la aldea, dime, ¿qué tal sigue tu padre? ¿Y qué te ha traído por Lin’an?
Cí bajó la cabeza. No le apetecía hablar de su padre. En realidad, no le apetecía hablar de nada. Le avergonzaba la posibilidad de haber llevado la deshonra a Feng y, más aún, de haber deseado a su mujer. Intentó evitar la conversación, pero el juez insistió.
– Mi padre murió. Se derrumbó la casa. Murieron todos -resumió Cí-. Vine a Lin’an pensando en los exámenes… -De nuevo bajó la mirada.
– ¡Tu padre, muerto! ¿Pero por qué no viniste a verme? -Asombrado, pidió a Iris que sirviera más té.
– Es una larga historia -intentó zanjar Cí.
– Pues eso vamos a remediarlo -repuso Feng-. Kan me ha comentado que te estás alojando en palacio, pero ya que has de trabajar con mi esposa, te propongo que te traslades aquí. Si Kan no se opone, por supuesto…
– Al contrario -dijo Kan-. ¡Me parece una propuesta excelente!
Cí quiso rechazar la invitación. No podía traicionar a quien consideraba como su padre. En cuanto regresara Astucia Gris se descubriría que era un fugitivo y su deshonor salpicaría a Feng. Pero el juez insistió.
– Ya verás. Iris es una excelente anfitriona y recordaremos viejos tiempos. Estarás feliz aquí.
– De verdad, no quiero molestar. Además, tengo todos mis útiles y mis libros en palacio y…
– ¡Menudencias! -le interrumpió-. Ni yo me lo perdonaría ni tu padre me perdonaría que te dejara marchar. Daremos orden de que trasladen tus pertenencias para que puedas alojarte de inmediato.
Hablaron de asuntos intrascendentes mientras Cí oía sin escuchar. Tan sólo miraba el rostro de Feng, curtido por las arrugas. Le hería el corazón la sola idea de permanecer bajo el mismo techo que él, así que suspiró con alivio cuando Kan se levantó para dar por terminada la reunión y solicitar que le acompañara. Feng e Iris les siguieron hasta la puerta.
– Hasta pronto -se despidió Feng.
Cí le devolvió el saludo, rezando para que en realidad fuera un «hasta nunca».
De camino a palacio, Kan se congratuló por la fortuna de aquel encuentro.
– ¿No lo entiendes? -Se frotó las manos-. ¡Tendrás la oportunidad de conocer los secretos de esa mujer! ¡De indagar sin que ella se entere! ¡De seguir a su sirviente mongol!
– Con todos mis respetos, excelencia. La ley prohíbe taxativamente que un investigador se aloje en el domicilio de un sospechoso.
– La ley… -escupió-. Esa norma sólo pretende impedir que el investigador sea corrompido por los familiares, pero si éstos desconocen que están siendo investigados, difícilmente podrán corromper a nadie. Además, tú no eres juez.
– Lo siento -le atajó-. Seguiré investigando si así lo deseáis, pero no me alojaré en casa de esa mujer.
– ¿Pero qué necedades dices? ¡Ésta es una ocasión única! ¡Ni a propósito la habría ideado mejor!
Cí estaba convencido de ello porque el gesto de Kan era el de un depredador. Intentó disuadirle, argumentando que no podía traicionar la confianza del hombre que había sido amigo de su padre. Deshonraría a su padre, al juez Feng y a sí mismo, y eso era algo que no se podía permitir.
– ¿Y por esa confianza dejarás que su propia mujer le conduzca a la ruina? Tarde o temprano saldrá a la luz su perfidia, alcanzará a Feng y lo abatirá como a una marioneta.
– ¡Muy bien! Pues si tanto os importa el porvenir de Feng, detenedla entonces -replicó.
– ¡Maldito necio! -Su rostro cambió-. Ya te he explicado que necesitamos saber quiénes son sus cómplices. Si la detuviera ahora, escaparían antes de que la tortura nos proporcionase sus nombres. Además, hay mucho más en juego que el honor de un pobre anciano: está en liza el futuro del emperador.
Cí pensó bien lo que iba a decir. Sabía que podía costarle la vida, pero no lo dudó.
– Obrad como queráis, pero no lo haré. No antepondré el futuro del emperador al del juez Feng.
Kan atravesó a Cí con la mirada. El consejero no dijo nada, pero el joven paladeó en su garganta un indescriptible temor.
De regreso a su habitación, Cí comprendió que había llegado el momento de escapar. Si se apresuraba, aún podría conseguirlo. Sólo debía llamar a Bo y encontrar una excusa para que le acompañara más allá de las murallas. Luego, al primer descuido, se escabulliría y huiría de Lin’an para siempre. Llamó a un sirviente y encargó que avisaran al oficial.
Mientras recogía sus pertenencias, tuvo tiempo para lamentarse. Sabía que jamás se le volvería a presentar una ocasión así. Había rozado su sueño con los dedos y ahora debía dejarlo escapar para siempre. Se acordó de su hermana pequeña, de su inocente carita de melocotón. Recordó la pérdida de su familia, sus deseos de llegar a ser juez y de demostrar al mundo que existían otras formas de investigar y buscar la verdad. Eso también iba a perderlo. Ahora, lo único que podía hacer era conservar su dignidad.
Cuando escuchó la llamada a la puerta, se guardó la tristeza, y cogió una pequeña talega en la que metió sus libros de notas. Afuera aguardaba Bo, al que explicó que le necesitaba para que le acompañara de nuevo al taller del broncista. Bo no sospechó nada. Salieron del palacio y se dirigieron hacia las murallas. Cí temía que en cualquier momento un brazo desconocido le sujetara por la espalda. Aligeró el paso. Cuando se disponían a cruzar la primera muralla, un centinela les dio el alto. Cí apretó los dientes mientras Bo mostraba los salvoconductos, que el centinela examinó con parsimonia. Luego miró a Cí con detenimiento mientras comprobaba las credenciales. Tras unos instantes de duda, les franqueó el paso que comunicaba con la segunda muralla. Avanzaron. En el siguiente control, otro centinela volvió a detenerles. Bo repitió la operación mientras Cí aguardaba mirando hacia otro lado. El guardia le observó con el rabillo del ojo. Cí se mordió los labios. Era la primera vez que le ponían reparos. Aspiró con fuerza y aguardó. Al poco, el centinela regresó con los salvoconductos en la mano. Cí intentó cogerlos, pero el guardián los retuvo.