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Bo contempló el trozo de terracota verduzca con el mismo entusiasmo que si le hubiera enseñado cualquier otra piedra.

– ¿Qué es? -acertó a decir.

– ¡Busquemos más!

Entre ambos localizaron un total de dieciocho fragmentos que, por su aspecto, parecían formar parte de la misma horma. Cuando Cí se cercioró de que no había más, los guardó en un paño que introdujo en un saco aparte. Bo le preguntó el motivo, pero cuando iba a contestarle, Cí receló de él. Para evitar sospechas, le dijo que hiciera lo mismo con el resto de los moldes mientras él terminaba de examinar los artículos de metal. Al llegar la hora del almuerzo, dejó de disimular y se despidió de Bo para regresar al Pabellón de los Nenúfares con el saco a la espalda.

Nada más llegar a su habitación, sacó los fragmentos para proceder a su recomposición. Por comparación con el resto de los moldes, le había llamado la atención no sólo su tono olivino, sino también su uniformidad, lo que a su juicio denotaba un uso muy escaso. Sin embargo, tal razonamiento contradecía el sentido de un molde, ya que éstos se construían con el fin de reproducir numerosas piezas seriadas. La conclusión a la que llegó fue que aquella matriz sería relativamente nueva. Había comenzado a combinar los trozos cuando advirtió que desde el quicio de la puerta una figura le contemplaba.

– La mesa está dispuesta -anunció Iris Azul.

Cí carraspeó y de inmediato recogió las piezas como si le hubieran sorprendido robándolas. Cuando las escondía bajo la cama comprobó que la mujer miraba al vacío mientras su silueta se recortaba al contraluz como un laúd bellamente tallado. Le agradeció el aviso y la siguió hacia el salón, donde Feng ya aguardaba.

Durante la comida, Feng reveló a Iris Azul el vínculo que le unía a Cí.

– Tendrías que haberlo conocido: de mozuelo era un manojo de nervios, ¡y listo como el hambre! -aseguró-. Su padre trabajaba para mí, así que lo tomé a él como ayudante. Recuerdo que, según acababa la escuela, ya estaba en la puerta aguardando a que iniciara la ronda para acompañarme en mis investigaciones. -Su rostro se iluminó-. Me volvía loco con sus preguntas y sus discusiones… ¡Y por el viejo Confucio! ¡Había que explicárselo todo! Nunca se conformaba con un simple «porque sí».

Cí sonrió. Rememoró aquella época como la mejor de su vida.

– Te he echado de menos, muchacho -se sinceró Feng-. ¿Sabes, Iris? Además de resultar un ayudante imprescindible, con el tiempo Cí se convirtió casi en el hijo que nunca pude tener. -Su mirada se tiñó de tristeza-. Pero olvidemos las penas. ¡Ahora está con nosotros! -Sonrió-. Y eso es lo que importa.

– Nunca fui tan bueno -se sonrojó Cí.

– ¿Tan bueno? -se enervó Feng-. ¡Eras el mejor! Nada que ver con los ayudantes que te precedieron. Todavía recuerdo el caso de tu aldea.

– ¿Qué sucedió? -se interesó Iris Azul.

– Nada en particular. -Cí carraspeó, incómodo al recordar el delito de Lu y su trágico final-. El mérito correspondió a Feng.

– ¿Cómo que nada en particular? ¡Deberías haberlo presenciado! Ocurrió en su aldea natal. Cí descubrió el cadáver de un tal Shang. Estábamos atascados. Ningún sospechoso y ni una sola pista ante un crimen pavoroso. Pero Cí no se dio por vencido y me ayudó hasta que encontré la prueba que necesitaba.

Cí rememoró el instante en que Feng espantó las moscas que volaron hasta posarse sobre la hoz de su hermano y cómo, a raíz de aquella circunstancia, el juez dedujo su implicación en el asesinato.

– No me extraña que Kan le haya contratado -repuso Iris Azul-, aunque es curioso que el motivo sean los Jin. Según me dijo, lo que le interesaba de ellos eran sus costumbres alimenticias.

– ¿De veras? -Feng miró a Cí extrañado-. No sabía que te dedicaras ahora a esos menesteres. Pensé que tu trabajo tendría más que ver con tu habilidad como wu-tso.

Cí se atragantó al oírle, aunque se apresuró a culpar al vino de arroz. Mencionó de pasada que había estudiado a los bárbaros del norte en la Academia Ming. Por fortuna, Iris Azul no pareció reparar en ello.

– ¿Y qué os separó? -preguntó la mujer-. Quiero decir: ¿por qué dejó de ser tu ayudante?

– Un hecho luctuoso -contestó Cí-. Mi abuelo falleció, y mi padre se vio obligado a solicitar la excedencia que exige el luto. Dejamos Lin’an y emigramos a la aldea, a la casa de mi hermano. -Miró a Feng, temiendo que éste ampliase las explicaciones que hacían referencia al comportamiento deshonroso de su padre. Sin embargo, el juez permaneció callado-. El pollo está delicioso -añadió, intentando desviar la atención.

Durante el resto de la comida, Feng le habló a Cí de su ascenso y su mudanza al Pabellón de los Nenúfares. El juez le confesó que todo se lo debía a Iris Azul.

– Desde que la conocí, mi vida es otra. -Acarició la mano a su esposa. Por toda respuesta, ella la retiró.

– Voy a pedir más té.

Cí observó cómo Iris Azul se levantaba y se encaminaba hacia las cocinas sin ayudarse del curioso bastón rojo que siempre la acompañaba. No podía dejar de pensar en su piel. Feng también la miró.

– Nadie diría que es ciega. -Sonrió orgulloso-. Podría recorrer hasta el último rincón de la casa sin tropezar y estaría de vuelta antes que tú.

Cí asintió mientras contemplaba alejarse su figura. Se sentía como un auténtico traidor. Los remordimientos le devoraban. Sopesó confesarle la verdad a Feng o, al menos, parte de ella. Necesitaba hacerlo para no reventar.

Aprovechó el ínterin para hablarle de Kan, pero antes hizo jurar a Feng que mantendría el secreto de cuanto le confiase.

– Incluida Iris Azul -añadió.

Feng lo juró por el alma de sus difuntos.

Entonces Cí le contó su huida de la aldea y su condición de fugitivo y le habló de Astucia Gris. Luego se extendió en el asunto de los extraños asesinatos que estaba investigando, aprovechando para detallarle cada una de las muertes y cuanto había averiguado. Cuando acabó con los aspectos truculentos, le aseguró que Kan estaba persuadido de que todo era un complot contra el emperador. Obviamente, omitió sus sospechas sobre Iris Azul.

Al escucharlo, Feng se asombró.

– Pero todo esto es increíble… Veré en qué puedo ayudarte. Y respecto ese joven a quien temes… Astucia Gris, no te preocupes. Cuando regrese de Fujian, hablaré con él y todo se aclarará.

Cí le miró a los ojos. El rostro de Feng rebosaba confianza y él estaba a punto de traicionarle. El estómago se le encogió. Iba a confesarle que el verdadero motivo de su presencia en el Pabellón de los Nenúfares obedecía a la presunta implicación de su esposa cuando Iris Azul volvió.

– El té.

Feng le sonrió. Hizo sitio en la mesa y se apresuró a sostenerle la bandeja para que se acomodara. Luego ella les sirvió con suavidad, acariciando la tetera. Cí la contempló absorto. Sus movimientos tranquilos le cautivaban. Sorbió el líquido al tiempo que Feng, y después ella les imitó. En ese instante, Feng se levantó como si le hubiera sacudido un rayo.

– ¡Lo había olvidado! -exclamó y salió apresurado hacia su cuarto. Al poco regresó con unos papeles-. Toma, Cí. -Se los dio-. Son tuyos.

Cí se chupó los dedos antes de limpiárselos con un paño, cogió los impresos, extrañado, y los leyó con detenimiento.

– Pero esto… -balbuceó mientras miraba incrédulo a Feng.

Feng asintió.

Cí volvió a revisar el certificado de aptitud que necesitaba para optar a los exámenes. En él no constaba mención alguna al comportamiento ignominioso de su padre. Estaba limpio. Era apto. Miró a Feng con los ojos empañados, se inclinó ante él y sonrió.

Estaban apurando el té cuando les interrumpió el sirviente mongol para informar a Feng de que unos comerciantes le esperaban en la puerta. Dijo que era urgente. Feng se disculpó ante Cí y salió a atenderlos. Al poco, regresó indignado. Según parecía, uno de los convoyes que transportaban mercancías hacia la frontera había sufrido un asalto.