– Por lo visto, los atacantes fueron rechazados, pero hemos sufrido bajas y se ha perdido parte de los suministros. Tendré que partir de inmediato -se lamentó.
Cí lo lamentó aún más. Habría dado lo que fuera por confesarle los verdaderos motivos de su presencia, pero Feng no le dio oportunidad. El juez aprovechó el instante de la despedida para susurrar algo al oído de Cí.
– Cuídate de Kan… y cuida a Iris Azul. -Y partió a toda velocidad.
Capítulo 31
Feng había asegurado que sólo estaría fuera unos días, lo suficiente como para organizar una nueva remesa desde los almacenes cercanos a la ciudad, pero, aun así, la sola idea de saberse a solas con Iris Azul hizo temblar a Cí. Quizá por ello, al escuchar el sonido de la puerta al cerrarse, no pudo evitar que se le escapara de entre los dedos el certificado de aptitud. Y cuando al agacharse para recogerlo, rozó sin pretenderlo las manos de Iris Azul, una sacudida le agitó el corazón.
Al intentar disculparse, las palabras se le atropellaron en la garganta, así que arguyó que estaba cansado y que necesitaba ir a sus aposentos para descansar. Iris Azul asintió y le ofreció continuar con la conversación sobre los Jin cuando recuperara los ánimos. Cí aceptó con un balbuceo, cogió un plato de arroz gelatinoso con la excusa de comerlo más tarde y se retiró.
Una vez en su dormitorio, sacó de nuevo los fragmentos de terracota y comenzó a trabajar. Empezó por los trozos más grandes, los cuales numeró con un carboncillo, a fin de recordar su posición. Cuando terminó, comenzó a montarlos para intentar recomponerlos. Para mantenerlos unidos, empleó el arroz gelatinoso. Sin embargo, a cada poco, los nervios le traicionaban y los escasos fragmentos que lograba relacionar acababan desmoronados sobre el tapete de la mesa. Lo intentó una y otra vez hasta que maldijo el molde y lo apartó. Al fin y al cabo, sabía que, por mucho que quisiera engañarse, el temblor de sus manos no procedía ni de la falta de pulso ni del miedo al fracaso. El origen de su intranquilidad residía en su fuero interno, en la irrefrenable seducción que ejercía sobre él Iris Azul.
Se dejó caer en la cama e intentó descansar, pero no lo consiguió. Las sábanas de seda acariciaban su piel haciéndole soñar con ella. Trató de contenerse pensando en Feng, pero sólo logró imaginar los senos turgentes de su esposa.
Decidió darse un baño para intentar relajarse. Pidió unos paños a una sirvienta. La tina, situada en una sala contigua, aguardaba llena de agua. Una vez solo, se desnudó despacio y se metió lentamente. La frescura le tranquilizó. Cerró los ojos y sumergió la cabeza, dejándose abrazar por la reconfortante masa líquida. Cuando emergió, se miró las manos, cubiertas de cicatrices. Contempló las que cruzaban su torso; el torso quemado de un mutilado. Hasta aquel instante, las marcas que recorrían su cuerpo no le habían preocupado demasiado, quizá porque, al igual que un cojo lo haría con su torcedura o un sordo con su silencio, se había acostumbrado a vivir con ellas. Sin embargo, ahora que las miraba, se avergonzaba de su aspecto. O lo que era peor aún: se despreciaba. Las quemaduras que surcaban su piel como enroscadas raíces de carne le parecían ahora tan retorcidas como sus pensamientos.
Volvió a entornar los párpados, en busca de una paz que sabía que no habitaba en su interior, y permaneció en silencio, con el tiempo arrastrándose lentamente mientras sentía de vez en cuando el ponzoñoso aguijón del deseo.
¿Cómo era posible que le estuviese sucediendo algo así? ¿Cómo podía ni siquiera pensar en la esposa del hombre que le había acogido? Cuanto más intentaba razonar, cuanto más trataba de apartarse de aquella dulce tentación, más se aferraba ésta a él, atrapándole, venciendo su voluntad como aquel que, agotado, se rinde ante la placidez de un sueño profundo.
Poco a poco, su nuca se fue relajando, sus hombros perdieron tensión y sus brazos se dejaron llevar por el leve chapoteo con el que el agua serena le acariciaba. Un dulce sopor comenzó a adueñarse de él y le condujo hasta un lugar brumoso en el que la paz que añoraba le acogía entre sus brazos. De pronto, percibió un perfume intenso, embriagador. Tan penetrante como si fuera real. Y entonces la oyó.
Al abrir los ojos, la encontró frente a él, con sus ojos ciegos clavados en su cuerpo. Se intentó cubrir, sin advertir que ella no podía verle.
– ¿Te encuentras bien? -dijo Iris Azul suavemente-. La sirvienta me ha dicho que ibas a bañarte, pero ha transcurrido toda la tarde y…
– Lo siento -respondió, azorado-. He debido de quedarme dormido.
Por toda respuesta, la mujer tanteó las paredes hasta topar con una arqueta sobre la que se sentó delicadamente. A Cí le incomodó. No entendía por qué Iris Azul permanecía junto a él. Observó que su mirada no se fijaba en él, sino que se desviaba ligeramente, y su desacierto, de algún modo, le tranquilizó.
– De forma que eres wu-tso. Extraña profesión.
– Tan sólo me interesan las causas de la muerte -se excusó-. Como a vuestro marido…
– No desde que le ascendieron. Desde entonces sólo se ha dedicado a asuntos burocráticos. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas realmente? -Se levantó y se acercó a la tina.
Cí carraspeó.
– Ya os lo dije. Trabajo como asesor de Kan. ¿Y una nüshi? ¿A qué se dedica una nüshi?
– ¡Oh! ¿Ya te has enterado? -La mujer giró alrededor de la tina con pasos sigilosos mientras rozaba con sus dedos el borde de la bañera-. Entre otras cosas, enjabonaba al emperador. -Y sumergió sus manos en la tina.
Cí permaneció inmóvil, incapaz de respirar, pensando que Iris Azul escucharía los latidos de su corazón. Percibió la presión de sus dedos cerca de sus pies. Tembló. Pensó que iba a acariciarle, pero en ese instante la mujer destapó el desagüe de la tina y se levantó.
– La cena está preparada. Te espero en el comedor. -Y se marchó de la estancia mientras la bañera se vaciaba.
Cí pensó que había sido como estar ante una diosa capaz de susurrarle un beso mientras planeaba su perdición.
De no ser por la descortesía que hubiese significado su ausencia, Cí habría renunciado a la cena. Limpio y perfumado, se presentó en el pequeño salón al que le guio la sirvienta, una estancia recoleta en la que aguardaba Iris Azul sentada en una banqueta. Tomó asiento frente a ella, sin osar mirarla. Nada más alzar la vista, se quedó admirado. La mujer vestía una blusa vaporosa que dejaba entrever su piel. Tragó saliva y retiró la vista, como si temiese que Iris Azul pudiera advertirlo, pero después, mientras ella le ofrecía un plato de brotes de soja, se atrevió a contemplarla. Conforme se movía, la silueta de sus pechos se recortaba contra la seda marcando la protuberancia de sus pezones. Como ella permanecía ajena, su mirada se volvió más fija, más intensa. Observó sus brazos torneados. Sus manos cuidadas exploraban los frutos con delicadeza, palpándolos y acariciándolos para percibir su madurez y su textura. La respiración de Cí se tornó pesada. No podía dejar de contemplarla.
– ¿Qué miras? -le preguntó ella.
Cí dio un respingo.
– Nada -respondió.
– ¿Nada? ¿No te gusta lo que nos han servido? Hay incluso uvas pasas…
– ¡Oh, sí! ¡Por supuesto! -Y cogió uno de aquellos extraños frutos.
– Antes me preguntaste por mi antiguo trabajo… ¿De veras te interesa? -preguntó Iris mientras le servía.
– Mucho. -Admiró la belleza de unos ojos que le hacían olvidar todo lo demás-. ¡Perdón! -se excusó, y cogió la escudilla. Al hacerlo, volvió a rozarle las manos. Le sacudió un escalofrío.