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Iris bebió y sus labios se humedecieron. Dejó lentamente la tacilla sobre el tapete de bambú y apoyó las manos sobre su regazo. Cí supuso que ella sabía que la estaba mirando.

– De modo que deseas saber a qué se dedica una nüshi… Deberías terminar de comer, o quizá beber un poco más, porque escucharás una historia repleta de amargura. -Inspiró mientras miraba al vacío. Luego sonrió con un rastro de angustia-. Entré al servicio del emperador siendo una niña, condición que perdí pronto porque en cuestión de días ese hombre acabó con mi infancia. Debió de ver algo en mí. Lo vio, y simplemente lo cogió. -Su mirada se entristeció-. Crecí entre concubinas. Ellas fueron las hermanas que me enseñaron a vivir. A vivir para él, para satisfacer al Hijo del Cielo con un arte refinado, sutil… y descorazonador. -Sus ojos se humedecieron-. En vez de jugar, aprendí a besar y a lamer. En lugar de reír, aprendí a complacer…

»¿Textos de Confucio…? ¿Los Cinco Clásicos…? Jamás los escuché. Los libros que me leían eran los clásicos del placer: el Xuannüjing, el libidinoso Manual de la muchacha oscura; el Xufangneimishu, el Prefacio del arte secreto de la alcoba; el Ufangmijue, Las fórmulas secretas del tálamo; el Unüfang, Las recetas de la dama sencilla… Mientras mi cuerpo crecía y mis pechos se formaban, se aferró a mí un odio tan profundo e intenso como mi propia ceguera. Y cuanto más le odiaba, más me deseaba él. -Entornó los párpados, como si pudiera verlo.

»Aprendí a ser mejor que las demás. A chupar mejor, a emplear cada orificio, a arquear con fuerza mis caderas, a sabiendas de que, cuanto más me desease, más efectiva sería mi venganza.

»Ése era mi anhelo. -Dirigió sus ojos hacia Cí-. Con el tiempo, me convertí en su favorita. Gozaba de mí día y noche. Codiciaba tenerme, lamerme, penetrarme. Y cuando lo obtuvo todo de mí; cuando ya no pudo sacar más de mi cuerpo, entonces deseó también mi alma.

Cí contempló el rostro de Iris Azul, abatido como una flor marchita. El estómago le oprimía. Las lágrimas resbalaban sin cesar por sus suaves mejillas.

– No es necesario que sigas. Yo…

– Querías oírlo, ¿no? -le interrumpió ella-. ¿Sabes lo que es que te estrujen como un limón? Sentirte usada, y lo que es peor: gastada, vacía. Cuando llegas a una situación en la que ni siquiera te queda tu propio respeto; cuando te han arrebatado tu honor, tu honra, tu estima… -Se enjugó las lágrimas.

»Sólo era una cáscara, una peladura reseca sin color ni aroma. Una juventud hueca y herida que yo misma odiaba. Y lo gracioso es que era la envidia de mis compañeras. Cualquiera de ellas se habría cambiado por mí, incluso con mi ceguera, con tal de ser la favorita. Pero yo no podía tener hijos como ellas. -Volvió a reír con un rictus de amargura.

»Conseguí lo que pretendía a costa de mi dignidad. Te aseguro que habría hecho cualquier cosa que me hubiera pedido. O lo hice… ya no recuerdo. Pero, al final, conseguí mi propósito. La cáscara se endureció, y cuando el emperador necesitó mi piel tanto como a su vida; cuando logré que me llamara en sueños, que despertara enfebrecido buscándome para que saciara su sed de carne, entonces me negué. De repente, mi alegría se convirtió en tristeza; mi pasión en languidez; mi deseo en postración… Para lograrlo, lloré, grité y me arrastré. Alegué una enfermedad a la que sus médicos no encontraron curación. Ni tampoco a la suya, como yo sabía que sucedería. Desde aquel día, su orgulloso tallo de jade se convirtió en un suave pañuelo de seda, porque ninguna concubina, ninguna cortesana, ninguna prostituta en el reino fue capaz de darle lo que yo le daba.

Cí la escuchó mudo. Su mano se acercó a la de ella en un deseo de reconfortarla, pero en el último momento se detuvo. Se alegró de que sus ojos no pudieran advertirlo.

– No es preciso que sigas -le insistió.

– Aun así, me mantuvo a su lado. Me nombró nüshi para que enseñara mis habilidades a sus nuevas adquisiciones, para que adiestrara a sus concubinas en las artes del placer. Y yo lo hice para estar cerca de él y disfrutar de su deterioro. Para verle envejecer y, al mismo tiempo, enloquecer.

»Luego, cuando su hijo Ningzong ascendió al trono, pasé a un segundo plano. El nuevo emperador me regaló su indiferencia, que fue la misma con la que le traté yo. Seguí en la Corte hasta la muerte de mi padre. No podía heredarle mientras siguiera en palacio, pero entonces conocí a Feng.

Cí la miró. Sus lágrimas se habían secado. Imaginó que durante su vida en la Corte habría gastado todas las demás. Le sirvió un poco de licor.

– ¿Y qué sucedió? -preguntó Cí.

– No quiero hablar de ello. -Su respuesta resonó seca como un martillazo.

Permanecieron un tiempo en silencio. Luego, ella se levantó, se disculpó por su comportamiento y se retiró a sus aposentos.

Cí continuó sentado frente al licor, con su cabeza latiendo en un torbellino de ideas y deseos. Cogió la botella y bebió de ella. Pensó en Feng. Pensó en Iris Azul. Todo le daba vueltas. Se aferró a la botella y se marchó a su habitación.

A medianoche, un extraño ruido le despertó. Cí se frotó las sienes. La cabeza le palpitaba como si le hubieran sacudido con una maza. Abrió los párpados y vio la botella de licor vacía a un palmo de su cara. El olor a alcohol dulzón y pegajoso le abofeteó. La habitación estaba a oscuras. Creyó escuchar el rumor de unos pasos y una puerta girar. El pulso se le aceleró. Sin moverse, dirigió la vista hacia la entrada de la habitación. Guiñó los ojos con extrañeza. En el umbral, una ligera luminosidad alumbraba la figura desnuda de Iris Azul.

La contempló en silencio imaginando su cuerpo de diosa en medio de la penumbra. La mujer entró y cerró la puerta. Un temblor le estremeció. La vio entrar despacio, caminando serena, dirigiéndose hacia él. Lentamente, Iris avanzó hasta detenerse al borde de la cama. Cí permaneció inmóvil, pero su respiración pesada delataba su rubor.

Iris separó la sábana que le cubría y se deslizó debajo con la delicadeza de quien acaricia una flor. Algo dentro de Cí quería impedirlo. Algo aún más fuerte anhelaba rozar su piel. Podía imaginar el calor que desprendía su cuerpo, a un cabello del suyo. Suspiró.

Apenas si podía pensar. Su perfume intenso penetraba en sus pulmones hasta embriagarle haciéndole enloquecer. De repente, apreció la mano de Iris deslizándose lenta sobre su pierna. Su tacto era una caricia que ascendía perezosa hacia su cintura. Aspiró con fuerza y su abdomen se contrajo. Aguantó exánime, suplicando que se marchara de su lado y a la vez rezando para que continuara. Al sentir el contacto de sus pechos contra los suyos se estremeció. Escuchó su respiración profunda junto a su cuello.

Nunca se había apoderado de él una sensación similar.

Un terrible miedo le paralizaba. Sus cicatrices le cohibían, pero se dejó arrastrar por el calor que emanaba del cuerpo de la mujer. Hundió sus labios en su cuello suave y dulce como la mermelada, notando en ellos los latidos de una garganta que exhalaba suaves gemidos, como si muriera. Sus manos buscaron las de ella, las aferraron y las apretó contra él en un desesperado intento de conservarlas para siempre. Se encorvó sobre ella buscando sus espacios, sus rincones, saboreando sus hombros y sus clavículas mientras Iris dejaba exangüe su cabeza y alzaba sus pechos para que él los tomara.

Cí los recorrió con su lengua. Sabían a deseo, temblaban en sus labios. Notó su piel erizada, la dureza de sus pezones, el rumor de sus gemidos que escapaban de su boca mientras él la besaba. Bebió de su lengua con desesperación, como si necesitara apagar una sed tan antigua como su propia vida. Y ella respondió igual. Apretándole, atrayéndole. Abrazándole como si le necesitara, como si se aferrara a una roca en medio de la tempestad.