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Pero llegaron las suficientes como para que Biju se sintiera agobiado.

«Un chico muy listo, de familia muy pobre, haz el favor de cuidar de él, ya tiene visado, llegará… Haz el favor de buscarle empleo a Poresh. De hecho, hasta su hermano está listo para marcharse. Ayúdales. Sanjeeb Thom Karma Ponchu, y acuérdate de Budhoo, el vigilante de Mon Ami, su hijo…»

– Lo sé, tío, ya sé cómo te sientes -le dijo Said.

La madre de Said Said estaba distribuyendo generosamente su número y dirección entre la mitad de Stone Town. Llegaban al aeropuerto con un dólar en el bolsillo y su teléfono, esperando que los admitiera en un apartamento ya atiborrado de hombres, alquilado hasta el último resquicio: Rashid Ahmed Jaffer Abdullah Hassan Musa Lutfi Alí y un montón más compartiendo camas por turnos.

– Más tribu, más tribu. Despierto, miro por la ventana, y ahí mismo: ¡más tribu! Cada vez que miro: ¡otra tribu! Todo el mundo dice: «Ah, ya no dan visados, se están poniendo muy estrictos, es dificilísimo», y mientras tanto todo quisqui que lo solicita, absolutamente todo quisqui, obtiene visado. ¿Por qué me hacen esto? La embajada norteamericana en Dar… ¡¿Por qué, maldita sea?! Nadie daría a ese Dooli un visado. Nadie. Basta con echarle un vistazo y dirías: vale, aquí pasa algo… ¡pero se lo dan!

Said cocinaba frijoles y caballa gigante comprada de oferta en el Price Chopper para animarse, así como plátanos con azúcar y leche de coco, un mejunje con olor a esperanza madura que untaba en pan francés y ofrecía a los demás.

La fruta más dulce de Stone Town crecía en el camposanto, y los mejores plátanos en la tumba del abuelo del mismo díscolo Dooli con el que la embajada norteamericana en Dar Es Salaam había cometido un error de juicio terrible al otorgarle un visado: eso les estaba contando Said mientras miraba por la ventana…

De pronto se zambulló debajo del mostrador.

– ¡Ayyy Dios mííío! -susurró-. La tribu, tío, es la tribu. Por favor, Señor. Diles que no trabajo aquí. ¿Cómo han conseguido esta dirección? ¡Mi madre! Y eso que se lo dije: «¡Ya basta!» ¡Por favor! ¡Omar, ve! ¡Ve! ¡Ve! Ve y diles que se larguen.

A la entrada de la panadería había un grupo de hombres con aspecto cansado, como si llevaran varias vidas viajando, rascándose la cabeza y mirando La Reina de las Tartas.

– ¿Por qué les ayudas? -preguntó Omar-. Yo dejé de ayudar y ahora todos saben que no pienso ayudar a nadie que acuda a mí.

– No es momento de sermones.

Omar salió a la calle.

– ¿Quién? ¿Saaiid? No, no. ¿Cómo se llama? ¿Soyad? No, no hay nadie que se llame así. Sólo yo, Kavafya y Biju.

– Pero él trabaja aquí. Su madre nos dice.

– No. No. Ya podéis marcharos. Aquí no hay nadie que os interese ver y si montáis un alboroto nos metéis en un lío a todos, así que os lo pido amablemente: marchaos.

– Muy bien -dijo Said-. Gracias. ¿Se han ido?

– No.

– ¿Qué hacen?

– Siguen ahí de pie, mirando -respondió Biju, emocionado y animoso por la desgracia ajena. Estaba casi dando brincos.

Los hombres negaban con la cabeza, reacios a creer lo que habían oído.

Biju salió y volvió a entrar.

– Dicen que van a probar con la dirección de tu casa. -Sintió cierto orgullo al comunicar aquella información vital. Cayó en la cuenta de que echaba de menos cumplir ese cometido tan habitual en la India. La implicación de uno en la vida de otros ofrecía cantidad de pequeñas oportunidades de ser importante.

– Regresarán. Los conozco. Lo intentarán muchas veces más, o se quedará uno y los demás se irán. Cierra la puerta, cierra la ventana…

– No podemos cerrar la panadería. Hace mucho calor, no podemos cerrar la ventana.

– ¡Ciérrala!

– No. ¿Y si viene el señor Bocher?

Era el dueño, que se pasaba en momentos insospechados con la esperanza de sorprenderlos quebrantando las normas.

«Tranqui, jefe -le decía Said-. Hacemos todo lo que nos dice tal como nos lo dice…» Pero ahora era otra cosa.

– Estamos hablando de mi vida, tío, no de un poco de calor aquí o allá, venga el jefe o no…

Cerraron la ventana y la puerta, y sin levantarse del suelo Said llamó a su apartamento.

– ¡Eh, Ahmed, no contestes al teléfono, tío, ese Dooli y todos sus colegas han venido del aeropuerto! Cierra, escóndete, no asomes la cabeza y no te acerques a la ventana.

– Ja! ¿Y por qué les han dado el visado? ¿Cómo han comprado el billete? -Se oyó la voz al otro extremo. Luego se desvaneció para convertirse en una intensa variante excrementicia del suajili, una sustanciosa y humeante evacuación animal.

Sonó el teléfono en la panadería.

– No contestes -le dijo a Biju, que ya se disponía a hacerlo.

Cuando saltó el contestador automático, colgaron.

– ¡La tribu! ¡Siempre se asustan del contestador!

Sonó de nuevo, y luego otra vez. Ring ring ring ring. Contestador. Colgaban.

Otra vez: ring ring.

– Said, tienes que hablar con ellos. -De pronto a Biju le latía el corazón al ansioso compás de los timbrazos. Podía ser el jefe, podían llamar de la India, su padre su padre…

¿Muerto? ¿Moribundo? ¿Enfermo?

Contestó Kavafya y una voz se proyectó fuera del auricular, cruda e insistente por efecto del pánico: «¡Emergencia! ¡Emergencia! ¿Saa-iid S-aa-iid?»

Colgó y desconectó el aparato.

Said:

– Esos chavales, si los dejas entrar, no se irán nunca. Están desesperados. ¡Desesperados, tío! Una vez los dejas entrar, una vez escuchas su historia, no puedes negarte. Conoces a su tía, conoces a su primo, tienes que ayudar a toda la familia, y una vez empiezan, se quedan con todo. No puedes decir esta comida es mía, como los americanos, y sólo voy a comérmela yo. Pregúntale a Thea. -Era el rollete más reciente del que hablaban en la panadería-. Vive con tres amigas, todas van a hacer la compra por separado, hacen la cena por separado y comen juntas cada cual su comida. La nevera se la dividen, y en su propio sitio, ¡su propio sitio!, colocan las sobras cada una en un recipiente. ¡Una de sus compañeras de piso puso el nombre en el recipiente para que se vea a quién pertenece! -Levantó el dedo con una severidad nada propia de él-. En Zanzíbar lo que tiene una persona tiene que compartirlo con todos los demás, eso es bueno, así hay que hacerlo… ¡Pero es que nadie tiene nada, tío! Por eso se largan de Zanzíbar.

Silencio.

La compasión de Biju por Said se convirtió en compasión por sí mismo, y luego la vergüenza de Said en su propia vergüenza pues no pensaba mover un dedo por la gente que le suplicaba ayuda, que esperaba cada día, cada hora, su respuesta. Él también había llegado al aeropuerto con unos pocos dólares adquiridos en el mercado negro de Katmandú y una dirección del amigo de su padre, Nandú, que vivía con veintidós taxistas en Queens. Nandú tampoco respondió al teléfono, e intentó esconderse cuando Biju se presentó a su puerta, y luego, dos horas más tarde, cuando creyó que Biju se había marchado, abrió la puerta y comprobó con angustia que Biju seguía allí plantado.

«Aquí ya no hay trabajo -le dijo-. Si fuera joven, me volvería a la India, ahora hay más oportunidades allí, ya es muy tarde para cambiar en mi caso, pero deberías escuchar lo que te digo. Todo el mundo dice que tienes que quedarte, que es aquí donde te ganarás bien la vida, pero es mucho mejor que regreses.»

Nandú conocía a alguien en el trabajo que le habló del sótano en Harlem, y desde el momento que se había desembarazado de Biju allí, ya no había vuelto a verlo.