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– Mis padres se fugaron y nadie volvió a hablarles. Murieron en Rusia, donde mi padre era científico.

Pero la historia de la familia de él también lo llevaba allende los mares, le dijo a Sai, con orgullo evidente. Tenían más en común de lo que parecía.

La historia era la siguiente:

A principios del siglo XIX sus antepasados abandonaron su pueblo de Nepal y llegaron a Darjeeling, atraídos por promesas de trabajo en una plantación de té. Allí, en una pequeña aldea en el lindero de una de las haciendas de té más remotas, se habían hecho con la propiedad de una búfala famosa por su leche pasmosamente cremosa. Poco después llegó el Ejército Imperial, que medía a los soldados en potencia por los pueblos de las montañas con cinta métrica y regla, y se fijaron en los impresionantes hombros del bisabuelo de Gyan, que gracias a la leche de su búfala se había puesto tan fuerte que venció al hijo del dueño de la tienda de chucherías del pueblo en un combate de lucha libre, un muchacho excepcionalmente sano y atractivo. Un antiguo recluta de su pueblo aseguró que los soldados disfrutaban de todas las comodidades: mantas y calcetines calientes y secos, manteca y mantequilla de búfala, cordero dos veces a la semana, un huevo al día, agua siempre disponible, medicamentos para todas las enfermedades, todos los antojos que tuvieran. Se podía pedir ayuda sin sonrojo por una comezón en el trasero o una picadura de avispa, y todo ello sin otra obligación que marchar arriba y abajo por la Grand Trunk Road, la principal carretera del norte de la India. El ejército ofreció más dinero a aquel muchacho fortalecido a base de leche de búfala del que su padre había ganado en su vida, pues su padre trabajaba de mensajero en la plantación; se marchaba antes del amanecer con una gran cesta cónica dividida en secciones a la espalda y procuraba regresar al anochecer, cuesta arriba con su carga. La cesta iba cargada entonces con un lecho de hortalizas y un pollo vivo que lanzaba picotazos a la urdimbre; huevos, papel higiénico, jabón, horquillas, y papel de carta encima de todo para que la memsahib escribiera: «Querida hija mía, aquí impera una belleza rabiosa que casi, casi compensa la soledad…»

De manera que juró lealtad a la Corona y se marchó, dando comienzo a más de cien años de compromiso familiar con las guerras de los ingleses.

Al principio, la promesa se había mantenido: lo único que hizo el bisabuelo de Gyan fue marchar durante muchos años de prosperidad, y se hizo con una esposa y tres hijos. Pero luego lo enviaron a Mesopotamia, donde las balas turcas le dejaron el corazón como un colador y se desangró hasta morir en el campo de batalla. Como un gesto hacia la familia, de manera que no perdiera sus ingresos, el ejército dio empleo a su primogénito, aunque la famosa búfala, a esas alturas, ya había muerto, y el nuevo recluta era larguirucho. Los soldados indios lucharon en Birmania, en Gibraltar, en Egipto, en Italia.

Cuando faltaban dos meses para su vigésimo tercer cumpleaños, en 1943, el soldado larguirucho murió en Birmania, defendiendo con mano temblorosa a los británicos frente a los japoneses. El puesto le fue ofrecido a su hermano y este muchacho también murió, en Italia, a las afueras de Florencia, pero no luchando, sino mientras hacía mermelada de albaricoque para el comandante del batallón en una villa que daba alojamiento a tropas británicas. Seis limones, le habían enseñado, y cuatro tazas de azúcar. Revolvía la mezcla en la campiña italiana, tan poco amenazadora, mientras los faisanes runruneaban sobre los olivos y las parras y el ejército de la resistencia desenterraba trufas en los bosques. Era una primavera especialmente munificente, y entonces los bombardearon…

Cuando Gyan era bastante pequeño, el último recluta de la familia se apeó un día del autobús en la estación de Kalimpong y llegó con un dedo menos en el pie. Nadie se acordaba de él, pero, al cabo, los recuerdos de infancia de su padre resucitaron y el hombre fue reconocido como un tío. Vivió con la familia de Gyan hasta su muerte, pero nunca descubrieron adónde había viajado ni contra qué países luchó. Venía de una generación, en el mundo entero, para la que era más fácil olvidar que recordar, y cuanto más insistían los niños, más se disipaba su memoria. En cierta ocasión, Gyan le preguntó:

– Tío, pero ¿cómo es Inglaterra?

Y él dijo:

– No lo sé.

– ¿¿Cómo es posible que no lo sepas??

– Es que nunca he estado.

¡Tantos años en el ejército británico y nunca había estado en Inglaterra! ¿Cómo podía ser? Creían que había prosperado y se había olvidado de ellos, viviendo como un lord londinense…

¿Dónde había estado, pues?

El tío no quería decirlo. Una vez cada cuatro semanas iba a correos para recoger su pensión de siete libras al mes. Casi todo el tiempo permanecía sentado en una silla plegable, moviendo en silencio un rostro exento de expresión como un girasol, con una insistencia vaga y disminuida en seguir el sol; el único objetivo que le quedaba en la vida era casar las dos: la esfera de su rostro y la esfera de luz.

La familia había decantado su fortuna por la docencia y el padre de Gyan enseñaba en la escuela de una plantación de té más allá de Darjeeling.

Entonces se interrumpió el relato.

– ¿Qué hay de tu padre? ¿Cómo es? -indagó Sai, pero no lo atosigó. Después de todo, bien sabía de relatos que debían interrumpirse.

Las noches ya estaban refrescando, y oscurecía más temprano. Sai, que regresaba tarde y titubeaba a la hora de posar el pie en el camino, se detuvo en casa del tío Potty para coger una linterna. «¿Dónde está ese chico tan guapo? -le tomaron el pelo el tío Potty y el padre Booty-. Dios santo, esos chicos nepalíes: pómulos marcados, brazos musculosos, anchos de hombros. Son hombres capaces de hacer cosas, Sai, cortar árboles, levantar vallas, llevar cajas pesadas… mmm mmm.»

El cocinero la esperaba en la verja con una lámpara cuando por fin llegó a Cho Oyu. Su rostro malhumorado y surcado de arrugas atisbaba desde un surtido de bufandas y jerséis.

– He estado venga a esperar y esperar… ¡En plena oscuridad y no regresabas a casa! -rezongó, abriendo camino con andares de pato por el sendero que iba de la verja a la casa, con un aspecto orondo y mujeril.

– ¿Por qué no me dejas en paz? -respondió ella, consciente por primera vez de lo insoportablemente molestos que resultaban familiares y amigos ahora que había encontrado libertad y espacio para el amor.

El cocinero se sintió herido en su corazón de mermelada picante.

– Voy a darte un azote -le dijo a voz en cuello-. ¡Te he criado desde niña! ¡Con todo mi cariño! ¿Son ésas maneras de hablar? Pronto estaré muerto y entonces ¿a quién recurrirás? Sí, sí, me moriré pronto. Igual entonces te alegras. Aquí estoy, tan preocupado, y ahí estás tú, divirtiéndote, te trae todo sin cuidado…

– Vamosvamos. -Como siempre, ella terminó intentando apaciguarlo.

Él no se dejaba apaciguar, pero luego empezaba a cejar, un poquito nada más.

24

En el café Gandhi, las luces se mantenían tenues para disimular mejor las manchas. Había un largo trecho desde allí hasta la moda de la fusión, el queso de cabra y la samosa de albahaca, la margarita de mango. Aquello era un local auténtico, indio esencial, y se podía pedir toda la carta para llevar, a una parada en metro o incluso por teléfono: dorados y sillas rojas, rosas de plástico en la mesa con gotitas de rocío sintéticas, pinturas en tela con motivos…

Ah, no, otra vez no…

Sí, otra vez:

Krishna y sus acompañantes, la belleza del pueblo en el pozo…

Y el menú.

Ah, no, otra vez no…

Sí, otra vez:

Tikka masala, tandoori a la plancha, verduras al curry, dal makhni, pappadum. Harish-Harry decía: «Busca tu mercado. Estudia tu mercado. Atiende las necesidades de tu mercado.» Demanda-oferta. Punto de concordancia entre la India y América. Por eso somos buenos inmigrantes. Un emparejamiento perfecto. (De hecho, queridos señores y señoras, ya ejercíamos una variante sumamente evolucionada del capitalismo mucho antes de que Estados Unidos fuera Estados Unidos; sí, es posible que estén convencidos de su éxito, pero toda la civilización se deriva de la India, así es.)