Justo en ese momento, cuando se estaba dando media vuelta, lo vio: entre los corchetes sobresalían algunos filamentos finos y delicados.
– ¡Asquerosa! -gritó, y entre sus tristes pechos arrancó, como una ridícula flor, o bien como un corazón henchido hasta reventar, su elegante borla.
– ¡Duro con la cama! -gritó una anciana tía al oír la refriega en el interior del cuarto, y todos se echaron a reír y asintieron con satisfacción.
– Ahora se tranquilizará -dijo otra vieja con voz medicamentosa-. Esa chica tiene demasiados humos.
En el interior del cuarto, desalojado para la ocasión de todos los que solían dormir allí, con el rostro hinchado de ira, él intentó coger a su esposa.
Ella se zafó y la ira de su marido se desató.
Ella, que había robado. Ella, que había hecho que se rieran de él.
Ella, una chica de pueblo inculta. Volvió a intentar cogerla.
Ella echó a correr y él la persiguió.
Ella fue hacia la puerta.
Pero la puerta estaba cerrada.
Ella lo intentó de nuevo.
No cedió.
La tía la había cerrado, por si acaso. Tantas historias de novias que intentaban escapar… y de vez en cuando el relato de un marido que se iba a hurtadillas. Quévergüenzavergüenzavergüenza para la familia.
Se abalanzó sobre ella con mirada de asesino.
Ella intentó correr hacia la ventana.
Él le cortó el paso.
Sin pensar, ella cogió la polvera de la mesa cerca de la puerta y se la arrojó a la cara, aterrada de lo que estaba haciendo, pero el terror se había sumado a la irreversibilidad con aquel gesto, y en un instante ya estaba hecho:
El recipiente se rompió, el polvo salió despedido hacia arriba fue descendiendo poco a poco.
Morbosamente embadurnado del pigmento con sabor a golosina, la agarró con fuerza y forcejeó con ella hasta tumbarla, y conforme iba descendiendo lentamente aquel perfecto recubrimiento rosado, atomizado en un millón de motas, en una densa frustración de lascivia y furia -el pene se desenroscó, moteado de negro y púrpura, como movido por la furia, descubriendo el tobogán del que había oído hablar- se abrió paso hasta su interior sin el menor donaire.
Un tío ya mayor, un marchito hombre pájaro con dhoti y gafas, que miraba desde el exterior por una ranura en la pared, notó que su propia lascivia maduraba y -pum- le hacía ponerse a dar brincos por el jardín.
Jemubhai se alegró de poder disimular la inexperiencia, la crudeza, con odio y furia -un truco que le iría de maravilla a lo largo de su vida en áreas diversas-, pero, Dios santo, le impresionó lo grotesco que era aquello: la comunión de órganos que se embestían y succionaban en una horrenda dinámica de ataque y aniquilación; formas de vida lisiadas de color magulladura que golpeaban y se encogían; una garganta acre rodeada de pelo; una malevolencia que se agitaba con músculos de serpiente; el hedor a orina y mierda mezclado con el olor a sexo; el chapoteo, la chorretada marina, aquel derramamiento incontrolable… Todo eso hizo que se le revolviera su civilizado estómago.
Sin embargo, volvió a desaguarse una y otra vez. Incluso en el tedio, dale que dale, una costumbre que no soportaba. Aquella aversión y su persistencia lo enfurecía más aún, y cualquier crueldad que pudiera infligir a Nimi pasó a ser irresistible. Le daría las mismas lecciones de soledad y vergüenza que había aprendido en carne propia. En público, nunca hablaba con ella ni la miraba.
Ella se acostumbró a su expresión indiferente mientras la embestía, la mirada perdida a media distancia, absorta por completo en sí misma, el mismo semblante vacío de un perro o un mono jodiendo en el bazar; hasta que de pronto parecía perder el control y la expresión se le esfumaba del rostro. Un momento después, antes de que nada trasluciera, volvía a afianzarse su gesto y Jemubhai se retiraba para pasar un buen rato en el cuarto de baño afanándose con jabón, agua caliente y antiséptico Dettol. Luego realizaba sus abluciones con una medida clínica de whisky, como si consumiera un desinfectante.
El juez y Nimi viajaron dos días en tren y en coche, y cuando llegaron a Bonda, él alquiló un bungalow a las afueras, en el linde con el acantonamiento, por treinta y cinco rupias al mes, sin agua ni electricidad. No podía permitirse nada mejor hasta que saldara sus deudas, pero, aun así, ahorró dinero para contratar una acompañante para Nimi. Una tal señorita Enid Pott que tenía todo el aspecto de un dogo con sombrerito. Su puesto anterior había sido el de institutriz de los hijos del señor Singh, el comisionado, y había educado a sus pupilos para que llamaran «Mam» a su madre y «Pa» a su padre, les había dado aceite de hígado de bacalao para las rabietas y les había enseñado a recitar textos de la periodista norteamericana Nellie Bly. En una fotografía que llevaba en el bolso, se la veía acompañada de dos niñas de tez oscura con vestidos de marinero; sus calcetines eran elegantes pero tenían el rostro marchito.
Nimi no aprendía inglés, y era por pura terquedad, pensaba el juez.
«¿Qué es esto?», la interrogaba furioso, sosteniendo en alto una pera.
«¿Qué es esto?», señalando la salsera adquirida en una tienda de segunda mano, vendida por una familia cuyas iniciales, afortunadamente, coincidían -JPP- en una extravagancia de fiorituras. La había comprado en secreto y escondido en otra bolsa para que su penosa presunción y su frugalidad no fueran detectadas. James Peter Peterson o Jemubhai Popatlal Patel. POR FAVOR…
– ¿Qué es esto? -preguntó con el panecillo en alto.
Silencio.
– Si no puedes nombrarlo, no puedes comerlo.
Más silencio.
Lo retiró del plato de Nimi.
Esa misma noche, un poco más tarde, le arrebató la taza de cacao Ovaltine que estaba tomando a sorbos tímidos.
– Si no te gusta, no lo bebas.
No podía llevarla a ninguna parte, y se avergonzó cuando la señora Singh agitó un dedo delante de su rostro y le dijo: «¿Dónde está su esposa, señor Patel? No será usted partidario de esa tontería de la reclusión femenina, ¿verdad?» Al desempeñar su papel en la carrera de su marido, la señora Singh había intentado imitar lo que ella consideraba el típico equilibrio de las inglesas entre lo briosamente agradable y lo firmemente sensato, y de esa manera había conseguido aplacar el ímpetu de muchos vecinos que se enorgullecían de decantarse principalmente por la insensatez.
Nimi no acompañaba a su marido de viaje, a diferencia de las demás esposas, que iban con ellos a caballo o a lomos de un elefante o un camello o en palkis llevadas por porteadores (todos los cuales, por culpa de los gordos traseros de las mujeres, mueren jóvenes), mientras a la zaga venían traqueteando ollas y cazuelas y la botella de whisky y la botella de oporto, el contador Geiger y el escintilómetro, la lata de atún y el pollo vivo loco de ansiedad; nadie se lo había dicho pero lo sabía, la llevaba en el alma: la expectativa del hacha.
Nimi se quedaba sola en Bonda; tres semanas de cada cuatro, paseaba por la casa, el jardín. Había pasado diecinueve años entre los confines del recinto de su padre y seguía siendo incapaz de plantearse la idea de salir por la puerta. Ver cómo la tenía abierta para ir y venir la colmaba de soledad. Nadie cuidaba de ella, su libertad era inútil, su marido desatendía sus deberes.
Subió las escaleras hasta el tejado plano en la lenta cordialidad de los anocheceres de verano, y observó el fluir del Jamuna por un escenario tenuemente envuelto en polvo. Las vacas iban de regreso a casa; las campanas tañían en el templo; veía a los pájaros probar primero un árbol como percha para pernoctar, luego otro, emitiendo todo el rato un ruido sobreexcitado cual mujeres en una tienda de saris. Al otro lado del río, a lo lejos, veía las ruinas de un pabellón de caza que se remontaba a los tiempos del emperador mogol Jehangir: apenas unos arcos pálidos que aún sostenían tallas de lirios. Los mogoles habían descendido de las montañas para invadir la India pero, a pesar de su talento para guerrear, eran lo bastante tiernos de corazón como para llorar la pérdida de esta flor con el calor; el sueño insistente del lirio estaba tallado por todas partes, de manos de artesanos que sentían la nostalgia, veían la belleza de lo que habían hecho sin haberlo conocido nunca.