La visión de este escenario, de la historia que transcurría y continuaba, afectó a Nimi de una manera desoladora. Se había desprendido de la vida por completo. Pasaban las semanas y no hablaba con nadie, los criados dejaban de malas maneras en la mesa sus propias sobras para que ella comiera, hurtaban los víveres sin miedo, dejaban que la casa se ensuciara hasta la víspera del regreso de Jemubhai, cuando de pronto la hacían cobrar brillo de nuevo, el reloj ajustado a un horario, el agua hervida durante veinte minutos, la fruta macerada durante los minutos prescritos en soluciones de permanganato potásico. Por fin, el nuevo coche de segunda mano de Jamubhai -que más parecía una simpática vaca fornida que un automóvil- sorteaba la verja soltando eructos.
Entraba en casa con paso enérgico, y cuando se encontraba con que su esposa contradecía groseramente sus ambiciones… bueno, su irritación se tornaba insoportable. Hasta sus expresiones lo molestaban, pero a medida que fueron siendo sustituidas por un semblante vacío, empezó a fastidiarle su ausencia.
¿Qué iba a hacer con ella? Ella, que no tenía empuje, era incapaz de entretenerse, no estaba hecha de nada, y sin embargo constituía una presencia perjudicial.
Había sido abandonada por la señorita Enid Pott, que dijo: «Parece que Nimi ha tomado la decisión de no aprender. Tiene usted una swaraji delante de sus narices, señor Patel. No quiere discutir: al menos así una podría responder y mantener una conversación. Sencillamente se marchita.»
Luego estaba su trasero típicamente indio: perezoso, ancho como el de un búfalo. La acritud de su aceite rojo para el cabello, que él acusaba como un contacto físico.
«Quítate esas absurdas baratijas», le ordenaba, irritado por el tintineo de sus brazaletes.
«¿Por qué tienes que vestirte de una manera tan llamativa? ¿De amarillo y rosa? ¿Estás loca?» Tiró sus frascos de aceite para el cabello y los largos cabellos de Nimi se zafaban por muy tirante que se hiciera el moño. El juez se los encontraba abriéndose camino por la habitación a lomos del aire; incluso encontró uno estrangulando un champiñón en su crema de champiñones.
Un día vio huellas en el asiento del retrete. ¡Nimi se acuclillaba encima, se acuclillaba encima! Apenas capaz de controlar su ira, le cogió la cabeza y se la metió en el retrete. Una vez superado cierto punto, Nimi, convertida en una inválida por causa de su desdicha, cayó presa del desánimo, empezó a quedarse dormida al sol heliográfico y a despertar en plena noche. Miraba el mundo pero no conseguía enfocar la imagen, nunca se ponía ante el espejo porque no soportaba verse reflejada, y de todas maneras no aguantaba dedicar un momento a vestirse y peinarse, actividades reservadas únicamente para quienes eran felices y amados.
Cuando la vio Jemubhai con una erupción de pústulas en las mejillas, interpretó su belleza derrotada como otra afrenta y le preocupó que la afección de la piel pudiera contagiársele. Dio instrucciones a los criados de que lo limpiaran todo con Dettol para eliminar los gérmenes. Cauteloso, se empolvaba con una nueva borla, recordando una y otra vez aquella que había estado al abrigo de los obscenos pechos con nariz de payaso de su mujer.
«No asomes la cara fuera de casa -le dijo-. La gente podría huir de ti gritando.» A finales de año, el pavor que se tenían el uno al otro era tan intenso como si hubieran accedido a una amargura sin límite que los llevara más allá de los parámetros de lo que cualquier individuo normal es capaz de sentir. Pertenecían a esa emoción más que a sí mismos, experimentaban la ira con intensidad suficiente para naciones enteras unidas en el odio.
29
– ¡Navidad! -dijo Gyan-. ¡Menuda boba estás hecha!
Cuando se iba oyó que Sai rompía a llorar.
– Puerco mal nacido -le gritó entre sollozos-, ¡vuelve aquí! ¿¿Te portas de semejante manera y luego te vas??
Ver el desaguisado que habían hecho era alarmante, y su ira empezó a asustarle al ver el rostro de Sai a través de las rejas de la emoción distorsionadora. Comprendió que ella no podía ser la causa de lo que sentía, pero al marcharse cerró la verja de golpe.
La Navidad nunca lo había molestado…
Ella estaba definiendo su odio, el de él, pensó. A través de ella lo había divisado -ay- y ahora no podía resistirse a hacerlo más nítido, aunque sólo fuera en aras de la claridad.
¿No tienes el menor orgullo? Qué manera de intentar occidentalizarte. ¡¡¡No te quieren!!! Vete a ver si te reciben con los brazos abiertos. Te encontrarás intentando limpiar sus retretes y ni siquiera entonces te querrán.
Gyan regresó a Cho Oyu.
– Mira -dijo-, lo siento.
Tuvo que recurrir a los mimos.
– ¡Qué manera de comportarte! -le echó en cara Sai.
– Lo siento.
Al cabo, Sai aceptó sus disculpas, porque le suponía un alivio dejar de lado la noción de que, para él, ella no era el centro de su idilio.
Se había equivocado: ella sólo era el centro para sí misma, como siempre, y una actriz de segunda que interpretaba su papel en una historia ajena.
Dejó de lado este pensamiento para sumirse en los besos de Gyan.
– No puedo resistirme a ti, eso es lo malo… -dijo él.
Ella, la tentadora, rió.
Pero la naturaleza humana es lo que es. Los besos resultaban demasiado sentimentaloides. En unos momentos, la disculpa pasó de sincera a insincera, y él se enfadó consigo mismo por haber cedido.
Gyan se fue a la cantina; la puesta de sol imitaba a una violenta diosa Kali mientras caminaba, y una vez más notó el despertar de la pureza. Tendría que sacrificar los absurdos besuqueos para alcanzar la madurez. Le sobrevino una sensación de martirio, y con la pureza en aras de una causa empezó a preocuparse más que nunca por la corrupción. Estaba mancillado por el romance, desconcertado por lo fácilmente que ella había cedido. No era la manera de hacer las cosas. Resultaba repugnante.
Recordó el centro de la rueda de la vida budista afianzada en los colmillos y las garras de un demonio a guisa de indicación del infierno que nos atrapa: gallo-serpiente-cerdo; lascivia-ira-necedad; cada uno persiguiendo, cada uno alimentándose, cada uno consumido por el otro.
Sai, en Cho Oyu, también estaba considerando el deseo, la furia y la estupidez. Intentó sofocar su ira, pero seguía borboteando; intentó llegar a un acuerdo con sus propios sentimientos, pero no se doblegaban.
¿Qué demonios tenía de malo una excusa para celebrar una fiesta? Después de todo, uno podía elaborar el argumento de acuerdo con la lógica y aportar razones para no hablar inglés, también, o no comer una empanada en el Hasty Tasty, cuestiones éstas de las que difícilmente podía defenderse Gyan. Dedicó un rato a desarrollar sus pensamientos en contraposición a los de él para poner de manifiesto todas las fisuras.
– Mal nacido -le dijo al vacío-. Mi dignidad vale un millar como tú.
– ¿Adónde se ha ido tan temprano? -preguntó el cocinero esa misma tarde, un poco después.
– ¿Quién sabe? -respondió ella-. Pero tienes razón en lo del pescado y los nepalíes. No es muy inteligente. Cuanto más estudiamos, menos parece saber, y el hecho de que no sabe y yo me doy cuenta… lo pone furioso.