– Ya -asintió comprensivo el cocinero, que había pronosticado la estupidez del chico.
En la Cantina de Thapa, Gyan les contó a Chhang, Bhang, Búho y Asno cómo se veía obligado a hacer de tutor para ganar dinero. Cómo se alegraría si pudiera encontrar un trabajo como era debido y dejar a ese par de quisquillosos, Sai y su abuelo con su acento inglés impostado y la cara empolvada de rosa y blanco encima de la piel morena oscura. Todo el mundo en la cantina se rió con su imitación del acento: «¿Qué poetas estás leyendo en la actualidad, joven?» Y alentado por su «ja, ja», con la lengua hormigueante y ágil por efecto del alcohol, abordó con labia una descripción de la casa, las armas en la pared, y un diploma de Cambridge del que ni siquiera tenían el buen juicio de avergonzarse.
¿Por qué no habría de traicionar a Sai?
Ella, que no sabía hablar otro idioma que el inglés y un hindi macarrónico, ella, que no podía conversar con nadie que no perteneciera a su diminuto estrato social.
Ella, que no podía comer con las manos, no podía sentarse en cuclillas en el suelo a esperar el autobús, nunca había ido a un templo si no era por interés arquitectónico, nunca había mascado un paan y no había probado la mayoría de los dulces en la mithaishop, porque le daban náuseas; ella, que salió de una película de Bollywood tan agotada por el desgaste emocional que regresó a casa como una persona enferma y se derrumbó hecha polvo en el sofá; ella, que consideraba vulgar echarse aceite en el pelo y utilizaba papel para limpiarse el trasero; le gustaban más las denominadas legumbres inglesas, los guisantes dulces, las judías, las cebolletas, y temía -¡temía!- comer loki, tinda, kathal, kaddu, patrel y el saag de la región en el mercado.
Comer juntos siempre los había avergonzado: él, intranquilo ante sus melindres y lo poco que disfrutaba, y ella, asqueada por su energía y sus dedos metidos en las legumbres dal, sus sorbetones y chasquidos. El juez comía hasta los chapatis, los puris y las parathas con cuchillo y tenedor, e insistía en que Sai, en su presencia, hiciera lo propio.
Aun así, Gyan estaba absolutamente seguro de que ella se enorgullecía de su comportamiento; lo hacía pasar por vergüenza de ser tan escasamente india, tal vez, pero era una señal de estatus. Ah, sí. Le permitía ese perverso lujo, la emoción de menospreciarse, de criticarse y hacer que ocurriera lo contrario: «no caíste, sino que ascendiste místicamente».
De manera que, en la agitación del momento, lo contó. Habló de las armas y la cocina bien aprovisionada, el licor en el armario, la ausencia de teléfono y el que no había nadie a quien pedir ayuda.
A la mañana siguiente, nada más despertar, pensó en ello y volvió a sentirse culpable. Recordó cómo habían yacido enmarañados en el jardín el año anterior, sobre la hierba áspera y bajo los árboles altos que transformaban el cielo en un puzle, las finísimas estrellas entre los helechos prehistóricos.
Pero el amor era de lo más voluble. No era firme, según estaba descubriendo, no era un texto sagrado; era un tambaleo que se prestaba a la traición, adoptando la forma de aquello en que se vertía. Y de hecho, era difícil no verterlo en diferentes vasijas. Podía utilizarse para toda clase de objetivos… Ojalá fuera algo delimitado. Estaba empezando a asustarlo de veras.
30
Preocupado por los problemas cada vez más graves en el mercado y la interrupción de suministros debido a las huelgas, el cocinero estaba poniendo en el estofado de Canija carne de búfalo, que cada vez resultaba más difícil conseguir. Retiró el papel de periódico empapado en sangre que envolvía la carne y de pronto le sobrevino la abrumadora sensación de que sostenía dos kilos del cadáver de su hijo, igualmente muerto.
Años atrás, cuando la esposa del cocinero se mató al caerse de un árbol mientras recogía hojas para su cabra, todo el mundo en el pueblo había dicho que su espíritu amenazaría con llevarse a Biju con ella, ya que había sufrido una muerte violenta. Los sacerdotes aseguraban que un espíritu así fallecido permanecía furioso. Su esposa había sido una persona afable -de hecho, apenas la recordaba diciendo algo-, pero habían insistido en que era cierto, que Biju había visto a su madre, una aparición transparente en plena noche, intentando atraparlo entre sus garras. El clan familiar realizó todo el trayecto hasta la oficina de correos en la población más cercana para enviar un aluvión de telegramas a la dirección del juez. Los telegramas, en aquellos tiempos, llegaban a través de un mensajero postal que corría blandiendo una lanza de pueblo en pueblo. «Abran paso en nombre de la reina Victoria», entonaba con voz aguda, aunque no sabía que ya llevaba muerta mucho tiempo, ni le importaba.
«El sacerdote ha dicho que el balli debe llevarse a cabo en amavas, la noche sin luna más oscura del mes. Debes sacrificar un pollo.»
El juez se negó a dar permiso al cocinero.
– Supersticiones. ¡Necio! ¿Por qué no hay fantasmas aquí? ¿No deberían rondar por aquí igual que por tu pueblo?
– Porque aquí hay electricidad -dijo el cocinero-. Con la electricidad se asustan y en nuestro pueblo no hay electricidad, por eso…
– ¿Qué fin ha tenido tu vida? -insistió el juez-. Vives conmigo, vas a un médico como es debido, incluso has aprendido a leer y escribir un poco, a veces lees el periódico, ¡y todo en balde! Los sacerdotes siguen riéndose de ti, te roban el dinero.
Todos los demás criados aconsejaron a coro al cocinero que hiciera caso omiso de las opiniones de su patrón y salvara la vida de su hijo, porque sin lugar a dudas había fantasmas: «Hota hai bota bai, tienes que hacerlo.»
El cocinero acudió al juez con una historia inventada acerca de que la última tormenta se había llevado de nuevo el tejado de su choza en el pueblo. El juez cedió y el cocinero se fue al pueblo.
De pronto le preocupaba, tantos años después, que el sacrificio no hubiera surtido efecto, que su alcance hubiera quedado anulado por la mentira que le contó al juez, que el espíritu de su esposa no se hubiera aplacado del todo, que la ofrenda no hubiera dejado huella como era debido, o que no fuera lo bastante cuantioso. Había sacrificado una cabra y un pollo, pero ¿y si el espíritu aún estaba hambriento de Biju?
El cocinero había intentado enviar a su hijo al extranjero por primera vez cuatro años antes, cuando el agente de empleo de una línea de cruceros apareció en Kalimpong aceptando solicitudes para camarero, pinche de cocina, encargado de la limpieza de baños: puestos básicos en los que había que trabajar a destajo, todos los cuales participarían en el banquete de la gala final vestidos de traje y pajarita, patinando sobre hielo, unos subidos a los hombros de otros, con piñas sobre la cabeza y flambeando crepes.
«¡¡Se facilita colocación legal en Estados Unidos!!», aseguraban los anuncios que se publicaron en el periódico local y se pegaron en las paredes en diversos puntos de la ciudad.
El agente estableció una oficina temporal en su habitación del hotel Sinclair.
La cola que se formó fuera daba toda la vuelta al hotel y llegaba de nuevo hasta la entrada, donde los primeros de la fila se mezclaron con los últimos y hubo cierto juego sucio.
Biju estaba encantado de entrar antes de lo que tenía previsto. Había sido requerido en su casa para que fuera a Kalimpong a efectos de esta entrevista, a pesar de las objeciones del juez. ¿Por qué no podía Biju aspirar a ocupar el puesto de cocinero de su padre cuando éste se jubilara?
Biju llevó consigo algunas de las recomendaciones falsas del cocinero para demostrar que provenía de una familia honrada, y una carta del padre Booty refrendando que era un muchacho con sólidos principios morales, y otra del tío Potty asegurando que preparaba un asado sin parangón, aunque el tío Potty nunca había probado nada cocinado por este chico que tampoco había probado nada cocinado por sí mismo, ya que sencillamente nunca había cocinado. Su abuela lo había alimentado y mimado toda su vida, aunque eran una de las familias más pobres de un pueblo pobre.