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– ¿Cómo?

– Mi familia entera -explicó-, tíos de todas partes, Dubai, Nueva Zelanda, Singapur, enviaron giros telegráficos a la cuenta de mi primo en Tulsa, el banco imprimió el extracto, mi primo envió una carta autentificada por notario ofreciéndome su apoyo, y luego devolvió el dinero a quien lo había enviado. ¡Cómo si no vas a encontrar dinero para que se queden contentos!

Se dio un aviso por el altavoz invisible: «Que todos los solicitantes de visado hagan cola en la ventanilla número siete para recoger su número para la tramitación del visado.»

– ¿Qué, qué, qué han dicho? -Biju, como la mitad de la sala, no lo entendió, pero quienes sí habían escuchado y ya se apresuraban, contentos de llevar un poco de ventaja, le dijeron lo que había que hacer.

Peste y esputo, alarido y carga; se abalanzaron hacia la ventanilla, intentaron aplastarse contra el vidrio con la fuerza suficiente para quedar pegados y no dejar que los desengancharan; jóvenes que se abrían camino, apartando a viejecitas desdentadas y pisando a criaturas. No era lugar para andarse con modales y así quedó constituida la fila: hombres solos con cara de lobo primero, hombres con familia después, mujeres por su cuenta y Biju, y por último, los decrépitos. El que más fuerte había empujado, en primer lugar; qué sonriente y orgulloso de sí mismo estaba; se sacudió el polvo, acicalándose con los exquisitos modales de un gato: soy educado, caballero, estoy listo para Estados Unidos, soy educado, señora. Biju observó que sus ojos, tan animados para los extranjeros, miraron hacia sus propios compatriotas y de inmediato se vidriaron y perdieron la chispa.

Unos serían elegidos, otros rechazados, y no había lugar para preguntarse si era justo o no. ¿Qué decantaría la decisión? Era una lotería; era que no les gustara tu rostro, o cuarenta y cinco grados centígrados en el exterior y por tanto impaciencia con todos los indios, o quizá el mero hecho de estar a la cola detrás de un sí te daba muchas más probabilidades de ser un no. Se estremeció al pensar qué podía hacer que aquellas personas se mostraran poco comprensivas. Probablemente, pensó, empezarían amables y relajados, y luego, al vérselas con todos los necios y latosos, con sus mentiras y sus historias chifladas, y su deseo de quedarse en América apenas disimulado bajo las fervientes promesas de regresar, responderían con un indiscriminado tableteo de ametralladora: «¡no! ¡no! ¡no! ¡no! ¡no!»

Por otra parte, les pasó por la cabeza a quienes ahora estaban en los primeros puestos, los funcionarios, despejados y alerta, tal vez tendrían mayor predisposición a comprobar sus documentos con más atención y detectar fisuras en sus argumentaciones…

No había manera de desentrañar las mentes y los corazones de aquellos grandes norteamericanos, y Biju observaba las ventanillas minuciosamente, intentando descubrir una pauta que le resultara de utilidad. Unos funcionarios parecían más amables, otros desdeñosos, otros escrupulosos, otros auguraban una desgracia segura, ya que despachaban a todo el mundo con las manos vacías.

Tendría que arrostrar su suerte enseguida. Mientras guardaba turno iba diciéndose: muéstrate impertérrito como si no tuvieras nada que ocultar. Sé claro y firme cuando respondas preguntas y mira a los ojos del funcionario para demostrar que eres sincero. Pero cuando estás al borde de la histeria, tan lleno de ansiedad y violencia contenida, sólo podrías parecer sincero y tranquilo siendo deshonesto. De manera que, sincero o deshonesto, con un deshonesto aire sincero, tendría que permanecer delante del cristal a prueba de balas aventurando respuestas a las preguntas de los funcionarios, preguntas que requerían respuestas perfectamente preparadas.

«¿Cuánto dinero tiene?»

«¿Cómo puede demostrarnos que no se quedará en América?»

Biju observaba mientras esas palabras se las dirigían a otros con toda franqueza, con mirada fija y en absoluto incómoda, cosa curiosa al hacer preguntas tan groseras. Allí de pie, sintiendo la enorme medida del desprecio de que era objeto, tendría que responder con una actitud bien dispuesta y al mismo tiempo humilde. Si trastabillaba, ponía demasiado empeño, se mostraba muy engreído, se confundía, si no obtenían lo que buscaban de inmediato y sin problemas, quedaría excluido. En aquella sala era un hecho aceptado por todos que los indios estaban dispuestos a soportar cualquier clase de humillación con tal de llegar a Estados Unidos. Se podría amontonar basura sobre sus cabezas y aun así seguirían suplicando que se les permitiera venir arrastrándose…

«¿Y cuál es el motivo de su visita?»

– ¿Qué hay que decir, qué hay que decir? -discutían en la cola-. Diremos que un hubshi entró en la tienda y mató a nuestra cuñada y ahora tenemos que ir al funeral.

– No digáis eso. -Un estudiante de ingeniería que ya asistía a la Universidad de Carolina de Norte, que había venido a renovar el visado, sabía que no sonaría bien.

Pero lo hicieron callar a gritos. Resultaba impopular.

– ¿Por qué no?

– Es demasiado arriesgado. Es un estereotipo. Sospecharán.

Pero insistieron. Era un hecho bien sabido por todo el mundo: «Son los negros los que hacen todas esas cosas.»

– Sí, sí -coincidieron otros de la fila-. Sí, sí. -Los negros, que viven como monos en los árboles, no como nosotros, tan civilizados…

Luego se llevaron un sobresalto al ver a una afroamericana detrás del mostrador. (Dios, si los americanos los aceptaban a ellos, sin duda recibirían a los indios con los brazos abiertos, ¿no? ¡Qué contentos estarán de vernos!)

Pero ya estaban denegando el visado a algunos que iban por delante. La preocupación de Biju se agravó al ver que una mujer empezaba a gritar y se zarandeaba presa de una pena epiléptica.

– Esta gente no quiere dejarme ir, mi hija acaba de tener un niño, esta gente no quiere dejarme ir, ni siquiera puedo ver a mi propio nieto, esta gente… ojalá me muriera… no quieren dejarme ver la cara mi nieto…

Los agentes de seguridad vinieron a toda prisa para llevársela a rastras por el saneado pasillo bien fregado con germicidas.

El hombre de la historia del asesinato cometido por el hubshi fue enviado a la ventanilla de la hubshi. Hubshi hubshi bandar bandar, intentando pensar algo a toda prisa… Oh, no, allí no iban a dar resultado los típicos prejuicios indios, la aversión y la tosquedad… la historia ya se estaba desmoronando.

– Mexicano, di mexicano -le susurró alguien.

– ¿Mexicano?

Llegó a la ventanilla, refugiándose bajo amenaza en su actitud más complaciente.

– Buenos días, señora. -Más vale no enfadar a esta hubshi, yaar: tanto deseaba emigrar a Estados Unidos que incluso podía mostrarse amable con los negros-. Sí, señora, algo así, un mexicano-texicano, no lo sé con exactitud -le dijo a la mujer que lo observaba fijamente con mirada de lepidopterólogo. (¿¿Mexicano-texicano??)-. No lo sé, señora -retorciéndose-, algo por el estilo me dijo mi hermano, pero estaba tan afectado, ¿sabe?, que no quise preguntarle más detalles.

– No, no podemos concederle un visado.

– Pero señora, por favor, ya he comprado el billete, señora…

Aquellos que esperaban sus visados que tenían casas espaciosas, vidas llenas de comodidades, vaqueros, inglés, coches conducidos por chóferes esperando fuera para llevarlos de regreso a calles sombreadas, y cocineros que se quedaban sin siesta para esperarlos hasta tarde con la comida (algo ligero, macarrones con queso…), habían estado todo el rato intentando distanciarse de la amplia muchedumbre desharrapada. Con su actitud, su ropa y su acento, intentaban dar a entender a los funcionarios que eran un grupo preseleccionado, numéricamente restringido y perfecto para el viaje al extranjero, diestros en el manejo del cuchillo y el tenedor, nada de sonoros eructos, nada de encaramarse al asiento de la taza del váter para ponerse en cuclillas como estaban haciendo muchas de las mujeres del pueblo justo en ese momento, ya que nunca habían visto un retrete semejante, vertiendo agua desde bien alto para limpiarse el trasero e inundando el suelo con trocillos de mierda empapada.