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– He ido al extranjero otras veces y siempre he regresado, como puede ver en mi pasaporte. -Inglaterra, Suiza. América, incluso Nueva Zelanda. Estoy deseando estar en Nueva York para el último estreno de cine, la pizza, el vino de California, también el de Chile, muy bueno, ¿sabe?, y a un precio razonable. Si tuviste suerte una vez, volverías a tenerla.

Biju se acercó a la ventanilla correspondiente, que enmarcaba a un joven con gafas de aspecto pulcro. La gente blanca parecía más limpia porque eran más blancos; cuanto más oscuro eras, pensó Biju, más sucio parecías.

– ¿Por qué quiere viajar?

– Me gustaría hacer turismo.

– ¿Cómo sabemos que regresará?

– Mi familia, mi esposa y mi hijo están aquí. Y mi establecimiento.

– ¿Qué establecimiento?

– Una tienda de cámaras. -¿De veras podría creerse el hombre algo así?

– ¿Dónde se alojará?

– Con un amigo mío en Nueva York. Se llama Nandú y tengo aquí su dirección, si quiere verla.

– ¿Cuánto tiempo?

– Dos semanas, si usted lo considera apropiado. -Ay, por favor, sólo un día, un día. Eso sería suficiente para lo que tengo pensado…

– ¿Dispone de fondos para costearse el viaje?

Enseñó un estado de cuentas falso que había conseguido el cocinero por medio de un empleado corrupto del banco del estado a cambio de dos botellas de Black Label.

– Pague en la ventanilla a la vuelta de la esquina y puede recoger su visado a partir de las cinco de la tarde.

¿Cómo podía ser?

Un hombre con el que había hablado, que aún hacía cola detrás de él, lo llamó con tono apremiante.

– ¿Lo has conseguido, Biju? Biju, ¿lo has conseguido? ¿Biju? ¡Biju! -Con su chillido de pavo real, Biju tuvo la sensación de que aquel hombre habría estado dispuesto a morir por él, pero su desesperación era por sí mismo, claro.

– Sí, lo he conseguido.

– Eres el chico más afortunado del mundo -le dijo el hombre.

El chico más afortunado del mundo. Paseó por un parque para disfrutar de la noticia a solas. Usaban aguas residuales sin tratar para regar una zona de césped que estaba lozana y hedionda, ofreciendo una sonrisa radiante al anochecer. Biju espantó de las aguas residuales una hilera de cerdos con marcas de agua negras en la panza y corrió tras ellos jubiloso. «¡Epa, epa!», gritó. Los cuervos posados sobre los lomos de los cerdos remontaron el vuelo indignados al tener que arrancar hacia atrás. Un corredor con chándal se detuvo a mirar; el chófer que esperaba al corredor hurgándose los dientes con una ramita de margosa también interrumpió su tarea y se quedó mirando. Biju corrió tras una vaca. «¡Epa, epa!» Brincó por encima de las plantas ornamentales y se encaramó a las barras de ejercicios para ponerse a hacer flexiones.

Al día siguiente, «el chico más afortunado del mundo» le envió un telegrama a su padre, y cuando llegara no le cabía duda de que su padre sería el padre más feliz del mundo. Lo que no sabía, claro, era que Sai también estaría encantada. Que cuando había ido a Kalimpong para aquella funesta entrevista con el crucero, se le había estremecido el corazón al comprender que el cocinero tenía su propia familia y pensaba en ellos antes que nada. Si estuviera su hijo, a ella no le prestaría atención más que de pasada. Ella sólo era la alternativa, aquella en quien depositaba su afecto si no podía estar con Biju, que era el auténtico.

«Yupiii -gritó Sai al enterarse de la noticia-. Hip, hip, hurra.»

En el café Gandhi, poco más de tres años después del día en que recibió su visado, el chico más afortunado del mundo resbaló con unas espinacas podridas en la cocina de Harish-Harry, se deslizó hacia delante dejando un rastro verde baba y cayó con un sonoro chasquido. Era la rodilla. No podía levantarse.

– ¿Puedes llamar a un médico? -le pidió a Harish-Harry después de que Saran y Jeev le hubieran ayudado a acostarse en su colchón entre las verduras.

– ¡Un médico! ¡¿Sabes lo que suponen los gastos médicos en este país?!

– Ha ocurrido aquí. Es responsabilidad tuya.

– ¡Responsabilidad mía! -Harish-Harry se inclinó sobre Biju iracundo-. Has resbalado tú en la cocina. Si resbalas en la carretera, ¿a quién recurres, eh? -Había dejado que el muchacho se llevara una impresión equivocada. Había sido demasiado amable y Biju malinterpretó aquellas noches que había sostenido el alma escindida de su jefe en su regazo, enmendándola con los axiomas preferidos de Harish-Harry-. Te acojo. Te contrato sin papeles, te trato como a mi propio hijo, ¡y ahora me correspondes así! Vives aquí sin pagar alquiler. ¿Te pagarían en la India? ¿Qué derecho tienes? ¿Es culpa mía que ni siquiera limpies bien el suelo? Deberías tener que pagarme tú a mí por no limpiar y vivir como un cerdo. ¿Te digo yo que vivas como un cerdo?

La rodilla dolorida le infundió valor a Biju y lo redujo a una franqueza animal. Lanzó una mirada feroz a Harish-Harry, la simulación había concluido; en aquel momento de dolor físico, la tensión de sus propios sentimientos se había quebrado dejando paso a la claridad.

– Sin nosotros viviendo como cerdos -dijo Biju-, ¿qué negocio tendrías? Así ganas dinero, no pagándonos nada porque sabes que no podemos hacer nada, haciéndonos trabajar día y noche porque somos ilegales. ¿Por qué no nos avalas para que obtengamos la carta verde?

Explosión volcánica.

– ¿Cómo voy a avalarte? Si te avalo a ti tendré que avalar a Rishi, y si avalo a Rishi, entonces tendré que avalar a Saran, y si lo hago con él, entonces a Jeev, y luego el señor Lalkaka vendrá y me dirá: pero si yo soy el que más tiempo lleva aquí, soy el más distinguido, debería ser el primero de la lista. ¿Cómo voy a hacer una excepción? Tengo que ir a Inmigración y decir que ningún ciudadano americano puede hacer el trabajo. Tengo que demostrarlo. Tengo que demostrar que lo anuncié. Investigarán el restaurante. Luego lo estudiarán y harán preguntas. Y tal como lo tienen montado, es el dueño quien acaba en la cárcel por contratar personal ilegal. Si no estás contento, ya te puedes ir ahora mismo. Vete a buscar a alguien que te avale. ¿Sabes con qué facilidad puedo sustituirte? ¡¡No sabes la suerte que tienes!! ¿Te parece que no hay miles de personas en esta ciudad buscando trabajo? Te puedo sustituir sin más -hizo chasquear los dedos-. Me vale con chasquear los dedos y en un instante aparecerán cientos de personas. ¡Fuera de mi vista!

Pero como Biju no podía caminar, fue Harish-Harry el que tuvo que marcharse. Subió a la planta superior y luego volvió a bajar, porque su humor había cambiado en un momento: siempre ocurría lo mismo con él, una tormenta de truenos que pasaba enseguida.

– Mira -dijo en tono más amable-, ¿cuándo te he tratado mal? No soy mala persona, ¿verdad? ¿Por qué me atacas? Tal como están las cosas, me juego el cuello por ti, Biju, dime, ¿qué más puedes pedirme? No puedo meterme en asuntos tan arriesgados. -Sacó cincuenta dólares del billetero-. Toma. ¿Por qué no descansas un poco? Puedes ayudar a cortar la verdura mientras sigues tumbado, y si no te encuentras mejor, te vuelves a casa. Los médicos son muy buenos y muy baratos en la India. Consigue la mejor atención médica y luego siempre puedes regresar.

Una modesta geometría de luz matinal se posaba sobre el suelo, un pequeño rombo que se filtraba por la rejilla.

– Qué muchacho tan travieso -Harish-Harry agitó el dedo delante de él como si de una broma se tratara. La figura geométrica empezó a gotear luz, se tornó furtiva y salió deslizándose pared arriba.