Sonrió a los soleados brotes por las ventanillas rotas mientras permanecía sentado en su flotador.
Para dar cabida a la explosión demográfica, el gobierno había aprobado recientemente una legislación que permitía construir una planta más en todas las casas de Darjeeling; la presión que ejercía el cemento adicional había impelido el descenso ladeado de la ciudad y provocado más corrimientos de tierras que nunca. Conforme te ibas acercando, semejaba un montón de basura que se alzaba por arriba e iba desprendiéndose por abajo, de tal manera que parecía atrapado en una instantánea, un momento detenido en su desplome.
– Desde luego, Darjeeling ha ido cuesta abajo -comentaron las señoras con satisfacción, y no lo decían sólo literalmente-. ¿Recordáis lo hermosa que era?
Para cuando encontraron un sitio donde aparcar, casi encima de un sumidero detrás del bazar, la argumentación había quedado sobradamente demostrada y su engreimiento se había transformado en amargura mientras se apeaban entre vacas zampándose mondaduras de fruta, dejaban atrás como mejor podían el abominable líquido que corría a raudales por las calles y se abrían paso entre los embotellamientos en la carretera del mercado. Para agravar la confusión y el ruido, los monos se columpiaban por los tejados de estaño sobre sus cabezas, provocando un gran estrépito. Pero entonces, justo cuando Lola iba a hacer otro comentario acerca de la degeneración de Darjeeling, las nubes se abrieron de pronto y asomó el Kanchenjunga. Era pasmoso; estaba ahí mismo, lo bastante cerca para darle un lametón: 8.586 metros de altitud. A lo lejos se veía el Everest, un triángulo esquivo.
Una turista empezó a gritar como si acabara de ver a una estrella del pop.
El tío Potty se marchó. No había ido a Darjeeling por los libros, sino con el fin de hacerse con alcohol suficiente para no quedar desabastecido durante los disturbios civiles. Ya había adquirido todas las existencias de ron en las tiendas del Kalimpong, y con unas pocas cajas más estaría preparado para el toque de queda y una interrupción del suministro de licor durante huelgas y bloqueos de comunicaciones.
– No le gusta leer -dijo Lola en tono de desaprobación.
– Cómics -la corrigió Sai.
Era un consumidor agradecido de Astérix, Tintín y también Aunque usted no lo crea en el cuarto de baño, y no se consideraba por encima de semejante literatura a pesar de que había estudiado idiomas en Oxford. Debido a su educación, las señoras lo toleraban, y también porque provenía de una renombrada familia de Lucknow y había llamado a sus padres «Mater» y «Pater». Mater había sido tal belleza en sus tiempos que se bautizó un mango en su honor: Haseena.
– Tenía fama de que le gustaba flirtear -comentó Lola, que había oído a alguien que había oído a alguien hablar de un sari que dejaba al aire un hombro, la blusa escotada y todo…
Tras hacer acopio de tanta diversión como le fue posible, se casó con un diplomático llamado Alphonso (asimismo, claro está, el nombre de un distinguido mango). Haseena y Alphonso celebraron su matrimonio con la adquisición de dos caballos de carreras, Gengis Kan y Tamerlán, que llegó a aparecer en una ocasión en la portada del Times of India. Los habían vendido junto con una casa a la salida de Marble Arch en Londres, y derrotados por la mala suerte y los tiempos en perpetua evolución, Mater y Pater acabaron por reconciliarse con la India e ingresaron cual ratoncillos en un ashram, pero semejante final, tan triste para su fabuloso espíritu, se negaba a aceptarlo su hijo.
– ¿Qué clase de ashram? -le habían preguntado Lola y Noni-. ¿Cuáles eran sus enseñanzas?
– Abstinencia de alimentos, privación de sueño -se lamentó el tío Potty-, seguida de donación. Una frustración adecuada del espíritu para que le pidas a gritos a Dios que te conceda la salvación.
Le gustaba contar la historia de cuando, en un entorno estrictamente vegetariano -nada de ajo ni cebolla, siquiera, para caldear la sangre- había colado una porción de asado de un jabalí que encontró hozando en su campo de ajos y abatió a tiros. La carne olía a la última comida del animal. «¡Chuparon hasta el último trocito, desde luego, Mater y Pater!»
Quedaron en reunirse para almorzar, y el tío Potty, con los restos de la fortuna de su familia en el bolsillo, se fue a la bodega mientras el resto seguía en la biblioteca.
La biblioteca del Gymkhana era una estancia en penumbra similar a un depósito de cadáveres, impregnada del perfume almizcleño, casi demasiado dulzón e intenso para aguantarlo, de los libros añejos. Los libros tenían títulos que se habían desvanecido mucho tiempo atrás en el interior de las cubiertas combadas; algunos no los habían tocado en cincuenta años y se caían a pedazos entre las manos, desprendiendo cola igual que trocitos quitinosos de insecto. Sus páginas estaban estarcidas con las formas de colecciones de helechos desintegradas tiempo atrás y perforadas por termitas hasta darles el aspecto de planos de fontanería. El papel amarillento transmitía un leve hormigueo ácido y se deshacía fácilmente en piezas de mosaico, apenas perceptibles entre los dedos: alas de polilla al borde de la eternidad y el polvo.
Había ejemplares encuadernados del Himalayan Times, «el único semanario inglés al servicio del Tíbet, Bután, Sikkim, las plantaciones de té de Darjeeling y Dooars», y el Illustrated Weekly, donde una vez se había publicado un poema del padre Booty sobre una vaca.
Naturalmente tenían Pabellones lejanos y el Cuarteto del Raj, pero Lola, Noni, Sai y el padre Booty coincidían unánimemente en que no les gustaban los autores ingleses que escribían sobre la India; les revolvían el estómago; el delirio y la fiebre de alguna manera se mezclaban con los templos y las serpientes y los romances perversos, los derramamientos de sangre y los abortos espontáneos; no se correspondía con la verdad. Lo agradable eran los escritores ingleses que escribían sobre Inglaterra: P. G. Wodehouse, Agatha Christie, la campiña inglesa donde comentaban que el azafrán florecía pronto ese año, y lo mejor de todo, las novelas de señoríos. Al leerlas uno tenía la misma sensación que si estuviera viendo esas películas en el Consejo Británico en Calcuta, dotado de aire acondicionado, adonde habían llevado a menudo a Lola y Noni de niñas, la líquida música de violín que te transportaba en volandas por el sendero de entrada; la puerta de la casa solariega que se abría y un mayordomo que salía con paraguas, pues, naturalmente, siempre llovía; y lo primero que veías de la dama del señorío era su zapato, que asomaba por la puerta abierta; por el aspecto del pie ya podías darte el gusto de predecir la naturaleza presumida de su expresión.
Había infinitos relatos de viajes por la India y una y otra vez, un libro tras otro, estaba la escena del personaje que llegaba entrada la noche a un dak bungalow, el cocinero atareado en la cocina negra, y Sai cayó en la cuenta de que su llegada a Kalimpong de aquella guisa había sido una mera parte de la monotonía, nada original. La repetición la había encauzado, la había previsto, la había maldecido, y ciertos actos llevados a cabo mucho tiempo atrás habían dado a luz a todos ellos: Sai, el juez, Canija, el cocinero e incluso el coche de puré de patatas.
Curioseando las estanterías, Sai no sólo había ubicado por su cuenta sino que había leído Mi tribu en vías de desaparición, un libro que le había revelado cómo, hasta entonces, no sabía nada de las gentes que poblaran aquellas tierras antes que nadie. Los lepchas, los rong pa, el pueblo de la quebrada que seguía a Bon y creía que los primeros lepchas, fodongthing y nuzongnyue fueron creados a partir de la nieve sagrada del Kanchenjunga.