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– ¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ! Eran malos. Formaban parte del asunto. Y nosotros formábamos parte del problema, Bose, exactamente en la misma medida en que podrías argüir que formábamos parte de la solución.

Y:

– ¡Camarero!

«¡Camarero!

«¿Camarero?

«¡¡Camarero!!

«¡¡¡camarero!!! -gritó el juez, completamente desesperado.

– Lo más probable es que se haya ido a cazar la gallina -dijo Bose tímidamente-. Me parece que no esperaban a nadie.

El juez entró en la cocina y encontró dos pimientos verdes de aspecto ridículo en una taza de estaño sobre un pie de madera en que se leía: «Premio a la Mejor Patata 1933.»

Nada más.

Fue a la recepción.

– No hay nadie en la cocina.

El hombre tras el mostrador estaba medio dormido.

– Es muy tarde, caballero. Vaya a Glenary's, en la puerta de al lado. Tienen restaurante y bar bien surtidos.

– Hemos venido a cenar. ¿Quiere que dé parte de usted a gerencia?

El hombre se dirigió a regañadientes hacia la parte de atrás y, al cabo, un camarero renuente llegó a su mesa; las costras de lentejas secas en su chaquetilla azul semejaban pinceladas amarillas. Había estado descabezando un sueño en una habitación vacía: era el omnipresente camarero a la vieja usanza, que funcionaba como un empleado comunista y existía cómodamente al margen de las horrendas ideas capitalistas de atender con amabilidad a la gente adinerada.

– Cordero asado con salsa de menta. ¿Está tierno el cordero? -preguntó el juez imperiosamente.

El camarero no se intimidó:

– ¿Dónde se puede conseguir cordero tierno? -respondió con guasa.

– ¿Sopa de tomate?

Sopesó esta opción, pero carecía de la convicción para zafarse de tanto sopesar. Tras varios minutos indecisos, Bose rompió el hechizo preguntando:

– ¿Rissoles? -Así tal vez se recuperase la velada.

– Ah, no -contestó el camarero, que meneó la cabeza y sonrió con insolencia-. No, eso no se puede conseguir.

– Bueno, entonces ¿qué tienen?

– Corderoalcurrypilafdecorderoverdurasalcurrypilafdeverdura…

– Pero ha dicho que el cordero no estaba tierno.

– Sí, ya se lo he dicho, ¿no?

Llegó la comida. Bose hizo un valiente esfuerzo por retractarse y empezar de cero.

– Yo acabo de encontrar un cocinero nuevo -dijo-. Ese Sheru la palmó tras treinta años de servicio. El nuevo no tiene preparación, pero me sale barato precisamente por eso. Saqué los libros de cocina y se los leí en voz alta mientras él lo copiaba todo en bengalí. «Mira», le dije, «cíñete a lo esencial, nada muy elaborado. Aprende a hacer salsa de carne y salsa bechameclass="underline" echa la maldita salsa bechamel al pescado y echa la maldita salsa de carne al cordero».

Pero no fue capaz de seguir por ahí.

Entonces apeló directamente al juez:

– Somos amigos, ¿verdad? ¿No lo somos? ¿No somos amigos?

– El tiempo pasa, las cosas cambian -respondió el juez con una sensación de claustrofobia y vergüenza.

– Pero lo que está en el pasado, permanece inalterado, ¿no es así?

– Yo creo que sí cambia. El presente cambia el pasado. Al volver la vista uno no encuentra lo que dejó tras de sí, Bose.

El juez era consciente de que nunca volvería a comunicarse con Bose. No quería fingir que había sido amigo del inglés (¡todos esos patéticos indios que glorificaban una amistad que luego la otra parte -blanca- aseguraba nunca había existido!) ni pensaba permitir que lo arrastraran por el lodo. Había mantenido un silencio inmaculado y no estaba dispuesto a que Bose lo destruyera. No iba a rendir su orgullo al melodrama hacia el final de su vida y estaba al tanto del peligro de la confesión: anularía cualquier esperanza de dignidad para siempre. La gente se abalanzaba sobre lo que le dabas como si fuera un corazón crudo y lo devoraba.

El juez pidió la cuenta, una, dos veces, pero ni siquiera la cuenta tenía importancia para el camarero. Se vio obligado a ir a la cocina de nuevo.

Bose y el juez se dieron un revenido apretón de manos y el juez se limpió las suyas en los pantalones, pero, aun así, notaba la mirada de Bose sobre él como si de algo mucoso se tratara.

«Buenas noches. Adiós. Hasta la vista»: nada de frases indias, frases inglesas. Quizá por eso se habían alegrado tanto de aprender un idioma nuevo en un principio: la inseguridad que conllevaba, el esfuerzo, la gramática, te refrenaban; un nuevo idioma suponía distancia y mantenía el corazón intacto.

La neblina estaba firmemente aferrada a los arbustos de té a ambos lados de la carretera cuando salió de Darjeeling, y el juez apenas veía. Condujo lentamente, sin otros coches, nada en derredor, y entonces, maldita sea…

Un recuerdo de…

Seis niños en una parada de autobús.

– ¿Por qué es amarillo el chino? Mea contra el viento, ja, ja. ¿Por qué es marrón el indio? Caga haciendo el pino, ja, ja, ja.

Lo insultaban por la calle, le tiraban piedras, se burlaban de él, le hacían muecas de mono. Qué extraño era: había temido a los niños, lo habían asustado aquellos seres humanos que no eran la mitad de grandes que él.

Entonces recordó el peor incidente. Otro indio, un chico al que no conocía, aunque sin duda era alguien como él, como Bose, estaba siendo pateado y vapuleado detrás del pub de la esquina. Uno de los agresores se había desabrochado la bragueta y le estaba meando encima, rodeado por una multitud de hombres con la cara encendida. Y el futuro juez, al pasar por allí de camino a casa con una empanada de carne de cerdo para cenar, ¿qué había hecho? No había hecho nada. No había dicho nada. No había pedido ayuda. Dio media vuelta y se largó, subió a toda prisa a su habitación alquilada y permaneció allí sentado.

Sin pensar, el juez ejecutó los gestos calibrados, los giros conocidos de regreso a Cho Oyu, en vez de precipitarse por la ladera de la montaña.

Cerca de casa, a punto estuvo de chocar contra un jeep del ejército aparcado en la cuneta con las luces apagadas. El cocinero y un par de soldados estaban ocultando cajas de licor entre los arbustos. El juez maldijo pero siguió adelante. Estaba al tanto de aquel asunto que se traía entre manos el cocinero, y lo pasaba por alto. Tenía por costumbre ser un patrón y el cocinero tenía por costumbre ser un criado, pero algo había cambiado en su relación dentro de un sistema que mantenía tanto al criado como al patrón bajo un espejismo de seguridad.

Canija lo esperaba en la verja, y la expresión del juez se suavizó: tocó la bocina para anunciar su llegada. En un segundo pasó de ser la perra más desdichada del mundo a ser la más feliz, y a Jemubhai le rejuveneció el corazón de alegría.

El cocinero abrió la verja, Canija subió de un salto al asiento de al lado y fueron juntos desde la verja hasta el garaje: a la perra le encantaba, e incluso cuando dejó de ir en coche a ninguna parte, la paseaba por la propiedad para entretenerla. Nada más montarse, adoptaba un aire regio, ladeaba la expresión y sonreía con refinamiento a derecha e izquierda.

Encima de la mesa, cuando entró el juez, se encontró con un telegrama. «Para el juez Patel, de St. Agustine: con respecto a su nieta, Sai Mistry.»

El juez había sopesado la petición del convento en el breve intervalo de debilidad que experimentó tras la vista de Bose, cuando se vio obligado a arrostrar el hecho de que había tolerado que ciertas construcciones artificiales mantuvieran su existencia. Cuando uno edificaba sobre mentiras, edificaba fuerte y sólido. Era la verdad lo que le desarmaba a uno. No podía derruir las mentiras o el pasado se vendría abajo, y por tanto el presente… Pero ahora se doblegaba ante algo del pasado que había sobrevivido, regresado, que bien podía, sin que él prestara demasiada atención, redimirlo…

Sai podría cuidar de Canija, razonó. El juez estaba cada vez más decrépito. Les iría bien tener en la casa a alguien no remunerado que echara una mano a medida que pasaran los años. Sai llegó, y al juez le preocupó que pudiera incitar un odio latente en su naturaleza, que deseara librarse de ella o tratarla como había tratado a la madre de la chica, a su abuela. Pero Sai, según se vio, era más cercana a él de lo que habría creído imaginable. Tenía un algo familiar; poseía el mismo acento y los mismos modales. Era una india occidentalizada educada por monjas inglesas, una india que vivía separadamente en la India. El viaje que tanto tiempo atrás iniciara él había continuado en sus descendientes. Quizá había cometido un error al distanciarse por completo de su hija… la había condenado antes de conocerla. A su pesar, en los remansos apartados de su inconsciente notó que una descompensación en sus actos comenzaba a compensarse.