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Ni siquiera las interminables rutinas habían bastado para mantenerla viva. Más tarde se preguntaría si habría hecho mal alguna, si, de algún modo, había contado mal aquella mañana, o si podría haber añadido otra acción que cambiase las cosas. Ya no importaba, porque su madre se había ido. David pensó que tendría que haberse quedado en casa. Siempre se preocupaba por ella cuando estaba en el colegio, porque, si estaba lejos de ella, no tenía control sobre su existencia. Las rutinas no funcionaban en el colegio; era difícil realizarlas, porque allí tenían sus propias reglas y costumbres. David había intentando usarlas como sustituías, pero no eran lo mismo, y su madre había pagado el precio. Fue sólo entonces cuando David, avergonzado por su fracaso, empezó a llorar.

Los días siguientes se perdieron en una bruma de vecinos y familiares, de hombres altos y extraños que le alborotaban el pelo y le daban un chelín, y de mujeres grandes vestidas de negro que se llevaban a David al pecho mientras lloraban, saturando sus sentidos con el olor a perfume y naftalina. Él se quedaba apabullado en una esquina del salón hasta altas horas de la noche, mientras los adultos intercambiaban historias sobre una madre que él no había conocido, una criatura extraña con una historia completamente separada de la suya: una niña que no lloró cuando se murió su hermana mayor, porque se negaba a creer que alguien que significaba tanto para ella pudiera desaparecer para siempre y no volver; una chica que huyó de casa un día porque su padre, en un arranque de impaciencia por alguna tontería que había hecho la hija, le dijo que la iba a vender a los gitanos; una bella mujer con un vestido rojo intenso, seducida por el padre de David delante de las narices de otro hombre; una preciosidad de blanco el día de su boda, que se pinchó el pulgar con la espina de una rosa y dejó la gota de sangre en el traje para que todos la vieran.

Cuando por fin se quedó dormido, David soñó que formaba parte de aquellas historias, que participaba en todas las etapas de la vida de su madre. Ya no era un niño oyendo relatos de otros tiempos, sino que era testigo de todos ellos.

David vio a su madre por última vez en la sala de la funeraria, antes de que cerraran el ataúd. Parecía diferente, pero también la misma; tenía el aspecto de antes, el de la madre que había existido antes de la enfermedad. Llevaba maquillaje, como los domingos para ir a misa, o cuando ella y el padre de David salían a cenar o al cine. Le habían puesto su vestido azul favorito y le habían cruzado las manos sobre el estómago, con un rosario entre los dedos, pero le habían quitado los anillos; tenía los labios muy pálidos. David se acercó y le tocó los dedos de la mano: estaban fríos y húmedos.

Su padre apareció junto a él; eran los únicos que quedaban en la sala, todos los demás habían salido. Un coche esperaba en la entrada para llevar a David y a su padre a la iglesia. Era un coche negro y grande, y el hombre que lo conducía llevaba una gorra con visera y nunca sonreía.

– Puedes darle un beso de despedida, hijo -le dijo su padre, y David lo miró. El hombre tenía los ojos húmedos y enrojecidos; había llorado el primer día, cuando David regresó del colegio, y él lo sostuvo entre sus brazos y le prometió que todo saldría bien, pero no había vuelto a llorar desde entonces. David vio cómo una gran lágrima surgía y se deslizaba lentamente, casi avergonzada, por la mejilla de su padre. Se volvió de nuevo hacia su madre, se inclinó sobre el ataúd y la besó en la cara. Olía a productos químicos y a otra cosa más, algo en lo que David no quería pensar; notó el mismo sabor en los labios de su madre.

– Adiós, mamá -susurró. Le picaban los ojos y quería decir algo, pero no sabía el qué.

Su padre le puso una mano en el hombro, se inclinó también sobre ella y le dio un dulce beso en la boca. Apretó la cara contra la de su mujer y le susurró algo que David no pudo oír. Después la dejaron, y cuando apareció de nuevo el ataúd, llevado por el encargado de la funeraria y sus ayudantes, estaba cerrado, y lo único que indicaba que la madre de David iba dentro era la plaquita de metal de la tapa, en la que ponía su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte.

La dejaron sola en la iglesia aquella noche, aunque, de haber podido, David se habría quedado con ella. Se preguntó si se sentiría sola, si sabría dónde estaba, si ya estaría en el cielo o si eso no ocurría hasta que el cura decía las últimas palabras y el ataúd se enterraba en el suelo. No le gustaba imaginársela sola allí dentro, atrapada en madera, latón y clavos, pero no podía decírselo a su padre, porque no lo entendería, y, en cualquier caso, decírselo no iba a cambiar nada. No podía quedarse solo en la iglesia, así que se fue a su habitación e intentó imaginar cómo estaría pasándolo ella. Corrió las cortinas de la ventana, cerró la puerta para que estuviese lo más oscuro posible y se metió debajo de la cama.

La cama era baja, y el espacio que quedaba resultaba muy estrecho. Ocupaba una esquina del dormitorio, así que David se arrastró por el suelo hasta que tocó la pared con la mano izquierda; después cerró los ojos con fuerza y se quedó muy quieto. Al cabo de un rato, intentó levantar la cabeza, pero se dio un buen golpe contra los listones que soportaban el colchón; los empujó, pero estaban sujetos con clavos; intentó levantar la cama con las manos, pero pesaba demasiado. Olía a polvo y a su orinal, así que empezó a toser y le lagrimearon los ojos. Decidió salir de allí abajo, pero había sido más fácil arrastrarse hasta donde estaba que impulsarse para salir. Estornudó y se hizo daño al golpearse la cabeza con la parte de abajo de la cama. Entonces empezó a asustarse, agitó los pies desnudos para encontrar apoyo en el suelo de madera, levantó una mano y usó los listones para darse impulso, hasta que estuvo lo bastante cerca del borde de la cama para salir. Se puso de pie, se apoyó en la pared y empezó a respirar profundamente. Así era la muerte: estar atrapado en un lugar pequeño con un gran peso inmovilizándote durante toda la eternidad.

Enterraron a su madre una mañana de enero. La tierra estaba dura, y todos los asistentes llevaban guantes y abrigos. El ataúd parecía demasiado corto cuando lo bajaron al agujero, aunque su madre siempre le había parecido alta cuando estaba viva. La muerte la había empequeñecido.

En las semanas siguientes, David intentó perderse en los libros, porque los recuerdos de su madre estaban inextricablemente unidos a ellos y a la lectura. A él le correspondió heredar los que se consideraban «apropiados» para su edad, así que se encontró intentando leer novelas que no comprendía y poemas que no rimaban del todo. A veces le preguntaba a su padre sobre ellos, pero el padre de David no parecía muy interesado en libros. Siempre había dedicado el tiempo que pasaba en casa a esconder la cabeza tras el periódico, dejando escapar pequeñas columnas de humo de pipa sobre las páginas, como si fueran señales enviadas por los indios. Estaba obsesionado con las idas y venidas del mundo moderno, sobre todo desde que los ejércitos de Hitler avanzaban por Europa y la amenaza de sufrir ataques en su propio país era cada vez más real. La madre de David comentó una vez que, años atrás, su padre solía leer muchos libros, pero que había perdido la costumbre de sumergirse en las historias. Los había cambiado por los periódicos, con aquellas largas columnas de letras impresas, cuidadosamente colocadas a mano para crear algo que perdería su relevancia casi en cuanto apareciese en los quioscos, puesto que las noticias que contenían ya estaban viejas y moribundas cuando se leían, rápidamente sobrepasadas por los acontecimientos del mundo.