Eli empezaba a acalorarse. Una especie de fervor se apoderaba de él. El Billy Graham de la era de los hippies.
—Durante los ocho o diez últimos años, todos hemos intentado acercarnos, cueste lo que cueste, hacia cualquier síntesis que resulte viable, una estructura correlativa que mantenga el mundo para nosotros en medio de todo este caos. La droga, las comunas, el rock, todo el rollo trascendental, la astrología, la macrobiótica, el budismo zen, buscamos, es verdad. Buscamos continuamente. A veces encontramos algo. No siempre. Buscamos en un montón de sitios estúpidos, porque, en resumen, somos idiotas. Hasta los mejores de nosotros. Y también porque no podemos hallar respuesta hasta que no hayamos planteado más preguntas. También corremos tras platillos volantes. Nos ponemos escafandras y descendemos en busca de la Atlántida. Nadamos en la mitología, en lo fantástico, en la paranoia, en mil clases de irracionalidades. Todo lo que «ellos» han rechazado lo recogemos nosotros, a menudo, simplemente por el hecho de que lo han rechazado. No defiendo la huida de lo racional. Lo único que digo es que es necesaria. Es un estado por el cual estamos obligados a pasar. El fuego, el endurecimiento. El hombre occidental ha escapado de la ignorancia supersticiosa para caer en el vacío materialista. Ahora debemos continuar, a veces iremos a parar a callejones sin salida, o seguiremos pistas falsas, pero debemos continuar hasta aceptar el universo con todos sus formidables e inexplicables misterios, hasta que descubramos qué estamos buscando, la síntesis, el principio que nos permitirá vivir como queremos. Entonces podremos ser inmortales. O casi, realmente no hay demasiada diferencia.
Timothy preguntó:
—¿Quieres hacernos creer que El Libro de los Cráneos nos indica el camino?
—Es una posibilidad. Digamos que nos da una posibilidad finita de acceder al infinito. ¿No te basta con eso? ¿No crees que vale la pena intentarlo? ¿A dónde nos han llevado los sarcasmos? ¿A dónde la duda? ¿A dónde nos ha conducido hasta ahora el escepticismo? ¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no acercarse a echar un vistazo?
Eli había recuperado la fe. Estaba sudando, gritaba, desnudo como un gusano, agitando los brazos. Su cuerpo estaba fogoso. En esos momentos, incluso bello. ¡Eli, bello!
Dije:
—Estoy inmerso hasta el cuello en esta historia, y, sin embargo, no creo ni una palabra de todo esto. ¿Lo entendéis? Capto muy bien la dialéctica del mito. Lo improbable batalla con mi escepticismo y me empuja a seguir. Las tensiones y las contradicciones son mi fuerza motriz.
Timothy, el abogado del diablo, sacudió la cabeza. Un gesto pesado, taurino, hacía oscilar su cuerpo como un péndulo:
—Veamos, dinos en qué crees realmente. Los Cráneos, ¿sí o no? ¡La salvación o nada! Realismo o imaginación, ¿cuál de las dos?
—Las dos —contesté.
—¿Las dos? No puedes elegir las dos.
—¡Sí puedo! —exclamé—. ¡Las dos! ¡Sí y no! ¿Puedes seguirme, Timothy? ¿Puedes seguirme hasta el lugar en que el «sí» se codea estrechamente con el «no»? ¿Dónde se rechaza y se acepta simultáneamente la existencia de lo inexplicable? ¡La vida eterna! Mierda, ¿no? ¿El viejo sueño como el agua de un lavabo? Y, sin embargo, también es real. Podemos vivir mil años si queremos. ¡Pero es imposible! ¡Lo afirmo! ¡Lo niego! ¡Aplaudo! ¡Me río!
—No haces más que decir estupideces —refunfuñó Timothy.
—Claro, sólo tú dices cosas sensatas. ¡Me cago en tus cosas sensatas! Eli tiene razón: necesitamos el misterio, la sinrazón, necesitamos lo desconocido, lo imposible. Toda una generación está intentando aprender a creer en lo increíble, Timothy. ¡Y tú, con tu corte de pelo a cepillo, nos dices que son tonterías!
Timothy se encogió de hombros:
—De acuerdo, sólo soy una pobre cría de carca. ¿Qué voy a hacerle?
—Eso es sólo una actitud, una careta. ¡Una pobre cría de carca! Cualquier tipo de compromiso te aísla, te evades de él, se trate de un compromiso emocional, político, ideológico o metafísico. Declaras que no entiendes nada y te das media vuelta sonriendo. ¿Por qué ser un zombie, Timothy? ¿Por qué desconectarte de esa forma?
—No puede evitarlo, Eli —dije—. Ha sido educado por un Caballero. Está desconectado por definición.
—¡Me estáis cabreando! —lanzó Timothy empleando su más bella voz de gentleman—. ¿Qué sabréis vosotros? ¿Qué pinto yo aquí? Recorriendo la mitad del hemisferio arrastrado por un judío y por un marica para ir a verificar la existencia de un cuento de hadas que tiene mil años.
Le hice un corte de mangas:
—¡Bravo, Timothy! La marca de un verdadero hombre de mundo: sólo hiere intencionadamente.
—Eres tú quien ha planteado la cuestión —dijo Eli—. Contesta, ¿qué pintas en todo esto?
—Y no digas que te he arrastrado yo —añadí—. Fue idea de Eli. Soy tan escéptico como tú, quizá más.
Timothy resopló. Supongo que se sentía en una posición minoritaria. Tranquilamente, declaró:
—Para darme una vuelta.
—Para darme una vuelta.
—Me dijiste que viniera, ¿no? Dijisteis que hacían falta cuatro personas, y no tenían ningún plan mejor para esta Semana Santa. Mis compañeros, mis amigos. Acepté. Mi coche, mi dinero. Soy capaz de llegar al final de cualquier prueba. Margo está encaprichada con la astrología. Que si Libra por aquí, que si Piscis por allá, Marte transita por la décima estación del Sol y Saturno… nunca hace el amor sin consultar antes las estrellas, lo que a veces resulta realmente molesto. Y, sin embargo, ¿acaso me burlo de ella? ¿Acaso me entra la risa por eso, como le pasa a su padre?
—Sólo en tu fuero interno —manifestó Eli.
—Eso es cosa mía. Acepto lo que puedo aceptar. Con el resto, ¡no tengo nada que hacer! Pero tengo una mente abierta de todas formas. Tolero sus creencias como tolero las tuyas, Eli. Una marca más del hombre de mundo, Ned. Es amable, no hace proselitismo. No insiste nunca para vender su mercancía a costa de la de otro.
—No tiene ninguna necesidad de hacerlo —dije.
—Es verdad, no tiene ninguna necesidad de hacerlo, de acuerdo. Estoy aquí. ¿Quién paga las cuentas? Yo. Coopero en un 400 por 100. Además, ¿también hace falta que tenga fe? ¿Tengo obligatoriamente que entrar en vuestra religión?
—Y, ¿qué piensas hacer cuando estés en el Monasterio y los Guardianes nos ofrezcan someternos a la Prueba? ¿Seguirás siendo tan escéptico? ¿Tu costumbre de no creer en nada te impedirá dejarte llevar?
—Cuando disponga de algunos elementos más para hacerme una idea, ya veré —contestó Timothy lentamente. Y, volviéndose súbitamente hacia Oliver, añadió—: No hablas mucho, ¿eh?
—¿Qué quieres que diga? —respondió Oliver. Su gran cuerpo delgado estaba tendido frente al televisor. Cada músculo destacaba bajo su pieclass="underline" un manual ambulante de anatomía humana. Su imponente aparato rosa colgando entre su bosque dorado me inspiraba perversos pensamientos. Retro me, Satanás. Tal no es el camino de Gomorra, sino el de Sodoma.
—¿No tienes nada que decir para contribuir un poco a la discusión?
—Realmente, no he prestado demasiada atención.
—Estamos hablando de la expedición. De El Libro de los Cráneos. Y del grado de fiabilidad que cada uno de nosotros le concede —dijo Timothy.
—Ya…