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Se convirtió para nosotros en una especie de mascota. Estaba siempre mucho más cerca de Oliver que de mí, pero estaba acostumbrado a su presencia. Era alguien diferente, alguien que tenía un punto de vista diferente por completo al mío de la vida. Su voz ronca, sus ojos de perro apaleado, su atuendo de hippie (llevaba mucho el hábito, supongo que era por hacer creer que era un poco curata), su poesía, su forma particular de manejar el sarcasmo, su espíritu complicado (tomaba siempre dos o tres partidos en cada discusión, y se las arreglaba para creer en todos y en ninguno simultáneamente), todo eso me fascinaba. Debíamos ser igual de diferentes a sus ojos como lo era él a los nuestros.

Pasaba tanto tiempo en nuestra casa que al principio del tercer año le invitamos a quedarse con nosotros. Ya no me acuerdo si la idea fue de Oliver o mía. (¿O de Ned?)

Entonces yo no sabía que era homosexual. El problema, cuando se lleva una vida protegida de anglosajón blanco, es que se ve a la humanidad con anteojos y nunca espera uno encontrarse con lo inesperado. Sabía que existían las «locas», naturalmente. Había algunas en Andover. Andaban con los codos levantados y se cuidaban el peinado, hablaban con ese acento especial, el acento universal de las «locas», que se oye desde Maine hasta California. Leían a Proust y a Gide, y algunas usaban sujetador. Pero Ned no era particularmente afeminado de aspecto. Y yo no era uno de esos estúpidos para los que un tipo que escribe (¡o lee!) poesía es automáticamente marica. Era un artista, sí, estaba en el viento, no muy macho, pero no puede pedírsele a alguien que pesa unos cincuenta y cinco kilos que sea un campeón de rugby (iba a la piscina casi todos los días, sin embargo. En la universidad nadábamos desnudos, y naturalmente, era para Ned una ocasión gratuita para alegrarse la vista, pero en aquella época no pensé en ello). Lo único que yo sabía era que no salía con ninguna chica, pero en sí eso no es ninguna condena. La semana anterior a nuestros exámenes finales, hace dos años, organizamos con Oliver y algunos más, lo que podríamos llamar una orgía en nuestra habitación, y Ned estaba presente, no parecía disgustado por las perspectivas. Le vi con una camarera llena de espinillas que trabajaba en un bar de la ciudad. Pero sólo bastante más tarde comprendí: primero, que una orgía podía darle a Ned materiales útiles para su trabajo de escritor, y, segundo, que no despreciaba realmente las oportunidades: simplemente, para él no valía lo que un hombre.

Fue Ned el que trajo a Eli. No, no estaban liados, simplemente eran amigos. Es, prácticamente, lo primero que me dijo Eli:

—Por si tienes alguna duda, soy heterosexual. Ned no es mi tipo. Ni yo el suyo.

Jamás olvidaré eso, era la primera vez que alguien aludía a la condición de Ned, y creo que Oliver tampoco se había dado cuenta, aunque nunca se puede saber lo que pasa exactamente por la cabeza de alguien como Oliver. Eli se había dado cuenta inmediatamente, por supuesto. Una persona de ciudad, un intelectual de Manhattan. De un solo vistazo catalogaba a cualquiera. No le gustaba el tipo con el que compartía su habitación, y, como teníamos un piso muy grande, habló con Ned, y Ned nos preguntó si podría venir a vivir con nosotros, en noviembre de nuestro tercer año. Mi primer judío. Tampoco sabía eso. ¡Oh! ¡Winchester, pobre estúpido ingenuo! Eli Steinfeld, de la calle Oeste, 83, ¡y no has adivinado que era judío! Honestamente, creí, simplemente, que era un nombre alemán: los judíos se llaman Cohen o Katz, o Goldberg. No me sentía particularmente atraído por la personalidad de Eli, pero, cuando supe que era judío, sentí que debía dejarle venir a vivir con nosotros. Para ensanchar mi mente en la diversidad, sí, y también porque mi educación me había enseñado a detestar a los judíos y quería rebelarme contra eso. Mi abuelo paterno había tenido problemas con los judíos allá por 1923: unos especuladores de Wall Street, de nariz aguileña, le convencieron para que interviniera con una fuerte suma de dinero en una compañía radiofónica que estaban montando, y se encontró con que eran unos estafadores y perdió cinco millones de dólares. Desde entonces es tradición familiar desconfiar de los judíos. Son vulgares, hipócritas, pegajosos, etcétera. Siempre intentando robar a honestos millonarios protestantes sus duramente conseguidas herencias. De hecho, mi tío Clak me confesó un día que mi abuelo hubiera doblado su capital sí hubiera vendido ocho meses antes, como hicieron sus socios judíos secretamente. Pero, no, quiso esperar con la esperanza de ganar más; y todo se fue abajo. Sea como fuere, yo no perpetúo las tradiciones familiares. Eli vino a instalarse con nosotros. Pequeño, tez mate, peludo, ojos vivos y brillantes, nariz voluminosa. Una inteligencia brillante. Especialista en lenguas medievales; ya reconocido entonces como un importante investigador dentro de su campo, y todavía estudia. El revés de la medalla; lleno de complejos, neurótico, hipertenso, preocupado por su masculinidad. Siempre anda rondando a alguna chica, generalmente sin llegar a nada. ¡Y qué chicas! No las gordas que le gustan a Ned, sabe Dios por qué. Las aficiones de Eli son otra clase de fealdades: tímidas, delgaduchas, gafas de culo de botella, lisas como una autopista, podéis haceros a la idea. Y, claro, tan acomplejadas como él, igual de aterradas por el sexo, con dificultades para llegar hasta él, lo que no hace sino agravar el problema. Parece incapaz de abordar a una persona normal, bonita, sensual.

Un día, en el otoño pasado, por pura caridad cristiana, quise prestarle a Margo. Reaccionó como un auténtico cretino.

Formábamos un cuarteto único. Creo que jamás olvidaré la primera vez (y tal vez la única) que nuestros padres se encontraron. Fue en la primavera de nuestro tercer curso, cuando las fiestas de carnaval. Hasta aquel día creo que ninguno de nuestros padres se había hecho una idea, ni siquiera aproximada, de cómo eran los compañeros de cuarto de sus hijos. Yo había invitado a Oliver un par de veces en las navidades, pero nunca a Ned o a Eli, y tampoco yo había visto a sus padres. Y, de pronto, todos reunidos. Salvo los de Oliver, que ya no los tenía. Y Ned había perdido a su padre. Su madre huesuda, un rostro sin carne de ojos hundidos. Medía casi uno ochenta, vestía de negro y tenía acento irlandés. No conseguía relacionarla con Ned. La madre de Eli era pequeña, rechoncha, contoneante, vestía demasiado llamativamente. Su padre, por el contrario, era casi invisible: rostro triste y apagado, suspirando continuamente. Parecían muy viejos para ser los padres de Eli; debieron tenerlo muy tarde. Además, estaba mi padre, que se parece a lo que yo imagino que seré dentro de veinticinco años: mejillas rosadas y lisas, cabello abundante entre rubio y gris, mirada segura. Un hombre importante, seductor, V.I.P. Vino acompañado de su mujer, Saybrook, que debe tener unos treinta y ocho años y aparenta diez menos. Alta, muy cuidada, pelo rubio y largo cayendo sobre sus hombros, un cuerpo bien hecho y musculoso. La muestra exacta del tipo deportista. Imaginad a este grupo parapetado bajo una sombrilla en el patio de la universidad, intentando encontrar algún tema de conversación. Mrs. Steinfeld tomaba a Oliver bajo su ala protectora, pobre pequeño huérfano. Mr. Steinfeld observaba asustado el traje de cuatrocientos cincuenta dólares de mi padre, pura seda italiana. La madre de Ned estaba totalmente fuera de lugar, no entendía a su hijo, ni a los amigos de su hijo, ni a los padres de éstos, ni ningún otro aspecto del siglo XX. Saybrook, con seguridad, con la suprema soltura de mujer de mundo, hablaba lánguidamente de sus reuniones de caridad y del inminente debut de su hijastra. («¿Es actriz?», preguntó Mrs. Steinfeld intrigada. «Quise decir, su puesta de largo», replicó Saybrook igual de extrañada.) Mi padre, mientras se miraba las uñas, se comía con los ojos a los Steinfeld y a Eli, no queriendo creer que lo veía. Mr. Steinfeld intentaba conversar con mi padre hablando de la Bolsa. Mr. Steinfeld no especula con las acciones, pero lee The Times cuidadosamente. Mi padre no sabe nada de cómo va la Bolsa. Con que los dividendos lleguen regularmente, ya se pone contento. Además en su religión, jamás se habla de dinero. Lanzó una señal a Saybrook, que desvió la conversación hábilmente, contándonos que presidía un comité encargado de recoger fondos a favor de los refugiados palestinos. «¿Saben ustedes?», explicó. «Los que fueron expulsados de su país por los judíos cuando nació el Estado de Israel.» Mrs. Steinfeld quedó desconcertada. ¡Decir semejante cosa delante de un miembro de la Hadassahi! Mi padre señaló entonces al otro lado del patio hacia un estudiante que llevaba el pelo particularmente largo: «Hubiera jurado que era una chica hasta que se ha dado la vuelta», declaró. Oliver, que llevaba por aquel entonces un pelo hasta los hombros, sin duda para demostrar lo que piensa de Kansas, le lanzó una mirada glacial; indiferente o inconsciente, mi padre siguió: «Tal vez me equivoque, pero no puedo evitar el pensar que una gran parte de estos jóvenes con bucles flotantes tienen, ya saben ustedes, tendencias homosexuales». Ned soltó una carcajada. La madre de Ned tosió ruborizada, no porque sepa que su hijo es homosexual (esta idea le parecería increíble), sino porque Mr. Winchester, con aquel aspecto tan educado, había dicho una grosería en la mesa. Los Steinfeld, que no tienen dificultad en comprender, miran a Ned, después a Eli, luego se miran entre sí. Una reacción muy complicada. ¿Está seguro su hijo con tal compañero de habitación? Mi padre no comprende bien lo que su inocente observación ha desencadenado. Quisiera excusarse, pero no sabe ni de qué ni de quién. Frunce las cejas, y Saybrook le cuchichea algo al oído —«¡Chist! ¡Saybrook! Cuchichear en público, ¿qué diría Emily Post?» —y contestó enrojeciendo hasta el infrarrojo: