—¿Y ahora, dónde podemos encontrar a este hombre?
—¡Oh! Está de vacaciones —nos dice el redactor (¡desconcierto!).
—¿Y cuándo vuelve?
—Pues… a decir verdad, no ha salido de la ciudad —¡de nuevo esperanza!—. Pasa las vacaciones en su casa. Puede que les reciba.
A petición nuestra, el redactor llamó por teléfono y nos concertó una cita con aquel especialista en chifladuras de todas clases.
—Vive detrás de Bethany Home Road, pasado Central Street, en el número 64.000, ¿ven dónde se encuentra? Suban Central Street, pasen Camelback, y Bethany Home…
Diez minutos en coche. Dejamos atrás la ciudad adormecida, siguiendo hacia el norte por los barrios industriales, los rascacielos de vidrio y los gigantescos centros comerciales. Atravesamos un impresionante barrio de casas modernas casi disimuladas por sus exuberantes jardines de vegetación tropical. Luego, una zona residencial más modesta, y llegamos a casa de quien nos podía informar. Se llama Gibson. Cuarentón, bronceado, ojos azules y frente despejada y brillante. Un tipo agradable. Ocuparse de comunidades marginales era para él un capricho y no una obsesión. No era la clase de individuo obsesivo. Sí, había oído hablar de la Fraternidad de los Cráneos, aunque él no la llamaba así. «Los padres mexicanos», aquel era el nombre que les daba. El nunca había ido, pero había hablado con alguien que les había visto, un visitante de Massachusetts, el mismo, probablemente, que había escrito el artículo. Timothy preguntó a Gibson si podría indicarnos el emplazamiento del monasterio. Gibson nos invitó a entrar: casita coqueta, típico decorado del sudoeste. Tapicerías navajo colgadas de las paredes, en los estantes había media docena de vasijas de barro hopy, rojas y cremas. Sacó un mapa de Phoenix y sus alrededores.
—Ustedes están aquí —dijo señalando el mapa con el dedo—. Para salir de la ciudad, sigan así: Black Canyon Highway, es una autopista, cójanla y continúen hacia el norte, siguiendo las indicaciones para Prescott, aunque no tienen que ir tan lejos. Aquí, ¿ven?, después del límite de la ciudad, no muy lejos, a dos o tres kilómetros, dejen la autopista. ¿Tienen un mapa? Tengan, les pongo una cruz. Y sigan esta carretera… recorran unos diez kilómetros… —traza una serie de zigzags en el mapa, luego pone una segunda cruz—. No —dice—. No es éste el lugar donde se encuentra el monasterio. Aquí hay que dejar el coche y seguir a pie. Ya verán que la carretera se convierte en un simple sendero por el que ningún coche, ni siquiera un jeep, puede pasar. Pero, para gente joven, como ustedes, no será problema. Hay que caminar cinco o seis kilómetros, siempre recto hacia el este.
—¿Y si no lo encontramos? —pregunta Timothy—. No me refiero a la carretera, sino al monasterio.
—No arriesgan nada —respondió Gibson—. Pero, si llegan a la reserva india de Fort McDoogel, se darán cuenta de que han ido demasiado lejos. Y si ven el lago Roosevelt es que han ido mucho, mucho más lejos.
Cuando nos despedimos, nos pidió que pasáramos por su casa a nuestro regreso para ver qué habíamos visto por allí.
—Me gusta tener al día mis fichas —explicó—. Hace mucho tiempo que tengo intención de echar una ojeada, pero ya saben lo que pasa, hay tantas cosas que hacer y tenemos tan poco tiempo…
Claro, respondimos. Le contaremos todo. Al coche. Oliver conduce y Eli traza la ruta con el mapa abierto frente a él. Black Canyon Highway al oeste. Una autopista de seis vías, aplastada bajo el sol de la mañana. Poca circulación con la excepción de algunos enormes camiones. Tomamos dirección norte. Las preguntas encontrarán pronto una respuesta y sin duda se plantearán otras. Nuestra fe o ingenuidad tal vez sean recompensadas. A pesar del calor aplastante, sentía escalofríos. Subiendo del foso de la orquesta, percibía los sombríos acentos wagnerianos de los trombones y las tubas de mal augurio. El telón se levantaba pero ignoraba si era el comienzo del primero o del último acto que íbamos a tocar. Ahora ya no dudaba de la existencia del monasterio. Gibson no se puso misterioso. No era un mito, sino la manifestación de esa necesidad de espiritualidad que el desierto parece despertar en el hombre. Pronto encontraríamos el monasterio, y sería el de verdad, el heredero de aquel que se describe en El Libro de los Cráneos. Otro escalofrío delicioso. ¿Y si nos encontráramos frente a frente, fuera de todo tiempo, con el autor de este antiguo y milenario manuscrito?
Cuando se tiene fe, todo es posible.
La fe. ¿Qué proporción de mi existencia ha estado marcada por esta pequeña palabra de dos letras? Retrato del artista adolescente y morboso. La escuela parroquial. El tejado que vuela, el viento que silba a través de las desvencijadas ventanas, los pálidos monjes que nos miran severamente con sus austeros anteojos mientras jugamos en el patio. El catecismo. Los niños pequeños, muy limpios, camisa blanca y corbata roja. El padre Burke dándonos clase. Joven, regordete, rostro rosa, siempre con gotas de sudor encima del labio superior, una masa de carne fofa que sobresale por el cuello almidonado de su traje. Debía tener veinticinco o veintiséis años el joven sacerdote consagrado al celibato, con el pito fresco. Por la noche debía preguntarse si merecía la pena. Para el pequeño Ned, de siete años, él encarnaba las Escrituras, sagradas e imponentes. Siempre tenía una varita de mimbre en la mano, y la utilizaba: había leído a Joyce, y representaba el papel haciendo terribles molinetes con ella. Me toca ser interrogado. Me levanto temblando. Tengo ganas de mearme en los pantalones. La nariz me gotea (siempre tuve mocos en la nariz hasta los doce años; mis recuerdos de infancia están manchados con la imagen de una estalactita mugrienta, un bigote chorreante y pegajoso. El grifo sólo se cerró con la pubertad). El revés de mi mano se levanta rápido hacia los morros. Un acto reflejo.
—No sea repugnante —dice el padre Burke con los ojos azules echando chispas. Dios es amor. Dios y amor; y el padre Burke, ¿qué es entonces? La varita rasga el aire con un silbido. Irritado, se dirige hacia mí—: El Credo, ahora, ¡enseguida!
Comienzo balbuceando:
—Creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo… y en Jesucristo…
Es el vacío. Detrás, un ronco susurro, Sandy Dolan:
—… su único hijo, nuestro Señor…
Me tiemblan las piernas. Se me estremece el alma. El domingo anterior, después de la misa, Sandy Dolan y yo fuimos a espiar a su hermana mayor de quince años, se cambiaba a través de los cristales, senos pequeños con el pezón rosa, pelos morenos. También nosotros tendremos pelos ahí, me susurra Sandy. ¿Acaso Dios me ha visto espiar a su hermana? El Día del Señor; semejante pecado. Ahora la varita gira de manera amenazadora.
—… su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de la Virgen María… —sí, ahora estoy lanzado, llegamos a la parte melodramática que tanto me gusta. Recupero la confianza, mi voz adquiere seguridad— … padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos, y subió a los cielos… subió a los cielos…
Otra vez me había perdido. Sandy, ¡ayúdame! Pero el padre Burke está demasiado cerca. Sandy no osa hablar.