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—… subió a los cielos…

—Ya está allí, hijo mío —dice el cura sarcásticamente—. ¡Termina de una vez! Subió a los cielos…

Tengo la lengua pegada al paladar. Todas las cabezas se vuelven hacia mí. ¿No podría sentarme? ¿No podría Sandy seguir por mí? Solamente siete años, Señor, ¿y es preciso que me sepa entero el Credo?

La varita… la varita…

Incomprensiblemente, el padre me sopla:

—Sentado a la diestra…

Bendita frase. Me agarro ahí…

—Sentado sobre la diestra…

¡A la diestra! —y mi mano recibe el golpe de la varita. El choque vibrante, sonoro, hace que mi mano se abarquille como la hoja de un árbol al contacto del fuego. Amargas lágrimas invaden mis ojos. ¿Puedo sentarme ahora? No; he de continuar. Eso esperan de mí. La vieja monja María Josefa leyendo en el auditorio uno de mis poemas, una oda al Domingo de Pascua, con su rostro cubierto de arrugas, diciendo que me encuentra muy dotado. Ahora, continúa, ¡el Credo! ¡El Credo! No es justo, tú me has pegado. Ahora debería tener derecho a sentarme.

—Continúa —dice el inexorable cura—. Sentado a la diestra…

Estoy conforme.

—Sentado a la diestra del Dios Padre, Todopoderoso, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. —¡Uf! Lo peor ya ha pasado. Con el corazón palpitante, suelto el resto a toda marcha—: Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el Perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la Vida Eterna. ¡Amén!

¿Hacía falta terminar con amén? Me lío de tal manera que ya no sé. El padre Burke me lanzó una sonrisa agridulce. Vacío, me dejo caer en el asiento. Esto representa para mí la fe. La fe. El Niño Jesús en el pesebre y la varita cayendo sobre los dedos. Pasillos helados. Rostros siniestros. El seco y polvoriento olor de lo sagrado. Un día, el cardenal Cushing nos hizo una visita. Toda la escuela estaba aterrorizada. No nos hubiéramos asustado tanto si el propio Redentor llega a surgir de pronto de un armario. Miradas furiosas, susurradas advertencias: «Quédense en filas.» «Canten entonados.» «No hablen.» «Sean respetuosos.» Dios es amor, y los rosarios, los retratos a pastel de la Virgen, el viernes de vigilia, la pesadilla de la primera comunión, el terror ante la idea de entrar en un confesionario, todo el tinglado de la fe, el vertedero de los siglos. Claro que sería necesario desembarazarse de esto lo antes posible. Huir de los jesuitas, de mi madre, de los apóstoles y los mártires, de san Patricio, de san Brendan, san Dionisio, san Ignacio, san Antonio, santa Teresa, santa Thais, la cortesana penitente, de san Kevin y san Ned. Me convertí en un hediondo apóstata, pero no era el primero de la familia que se desviara del buen camino. Cuando vaya al infierno, me encontraré con mis primos y tíos dando vueltas en el asador. Y ahora, he aquí que Eli Steinfeld me pide que tenga fe otra vez. «Como todos sabemos», explica Eli, «Dios es anacrónico, molesto; admitir en esta época moderna que creemos en su existencia, sería como admitir que tenemos granos en el culo. Nosotros, los sofisticados, que hemos visto todo y sabemos hasta qué punto son pamemas, no podemos decidirnos a contar con El, aunque no nos falten ganas de dejar que este viejo y pasado chivo tome todas las decisiones en nuestro lugar». «¡Un momento!», grita Eli. «¡Deja el cinismo para otro momento, abandona tu desconfianza hacia lo invisible! Einstein, Bohr y Thomas Edison destruyeron nuestra capacidad para abrazar el más allá, pero, ¿no estás dispuesto a abrazar alegremente el más acá, el aquí mismo? ¡Cree!», dice Eli. «Cree en lo imposible. Cree porque es imposible. Cree que la historia del mundo que nos han enseñado es un mito, y que este mito es lo único que sobrevive de la historia real. Cree en los Cráneos y en sus Guardianes. Cree. Haz un acto de fe, y la vida eterna será tu recompensa.» Así hablaba Eli. Y nosotros avanzamos hacia el este, el norte, el norte, el este, una vez más, zigzagueando en el desierto cubierto de maleza, y es necesario que tengamos fe.

21. TIMOTHY

Intento tener buen aspecto. Intento no quejarme, pero tampoco hay que ir demasiado lejos. Esta marcha a través del desierto, en pleno día, por ejemplo. Hace falta ser masoquista para obligarse uno mismo a semejante prueba, aunque sea para vivir diez mil años. Pero estoy seguro de que es una imbecilidad. Algo completamente irreal. Lo que es real, sin embargo, es el calor. Creo que debe hacer treinta y cinco, treinta y ocho, hasta cuarenta grados. Aún no estamos en abril y esto parece un horno. El famoso calor seco de Arizona del que tanto se habla. Claro que hace calor, es un calor seco, vosotros no lo sentís. ¡Cojones! Yo sí lo siento. Me he quitado la chaqueta y desabrochado la camisa, y estoy asado. Si no tuviera la piel tan blanca, me quitaría la camisa, pero podría convertirme en una gamba. Oliver ya está con el pecho descubierto, y es más rubio que yo; pero quizá no teme las quemaduras del sol. Piel de campesino, piel de Kansas. Cada paso es un martirio. ¿Y cuántos nos quedan todavía? ¿Ocho kilómetros? ¿Dieciséis? Hemos dejado el coche detrás, lejos. Son las doce y media y caminamos desde mediodía, desde las doce menos cuarto. El sendero sólo tiene cincuenta centímetros de anchura, y, en algunos sitios, todavía es más estrecho. En realidad, hay zonas en las que ni siquiera hay sendero, y tenemos que abrirnos paso a través de los arbustos espinosos. Marchamos uno tras otro, como cuatro navajos perdidos por completo, siguiendo la pista del ejército de Custer. Hasta los lagartos se cachondean de nosotros. ¡Señor! ¡Me pregunto cómo puede haber vida en estos parajes! ¡Los lagartos y las plantas deben estar cocidas y recocidas por el sol! El suelo no es de auténtica tierra, ni de arena, es de algo seco que crepita dulcemente bajo mis pies. El silencio amplifica los ruidos. Un silencio espantoso. Hace rato que ya no hablamos. Eli vocea como si fuese a encontrar el Santo Grial al final del camino. Ned se sofoca y sufre: no es muy fuerte y la marcha supone una dura prueba. Oliver, que completa la fila, está, como siempre, ensimismado. Podría ser un astronauta atravesando la Luna. De vez en cuando, Ned se detiene para decirnos algo relacionado con las plantas. Nunca había constatado hasta qué punto se interesa por la botánica. Existen pocos cactos enormes y verticales: los aguaros; aunque, poco más allá del camino, hay algunos de quince y hasta veinte metros de altura. Lo que sí hay, y por millares, son unos chismes inquietantes de unos dos metros, con un tronco gris, irregular y nudoso, cubierto de largos ramilletes de espinos y gruesas bolas verdes que cuelgan. Ned los llama cholla de guirnaldas, y nos dice que no nos acerquemos para evitar los espinos. Así pues, los evitamos, pero hay otro cholla, el cholla de pelusas, que no es fácil de evitar. Y es una verdadera cabronada. Pequeñas plantas vellosas de cuarenta a cincuenta centímetros, cubiertas de miles de pinchos color paja. Te miran de reojo y saltan encima. Les aseguro que es cierto. Tengo las botas llenas de pinchos. El cholla de pelusas se rompe fácilmente, y hay trozos que se separan y ruedan por todas partes, sobre todo, en medio del camino. Ned dice que cada fragmento echa raíz allí donde cae, naciendo así una nueva planta. Tenemos que tener cuidado para no pisar encima. Y no crean que con pegarles un puntapié a los trozos se libra uno de ellos. Lo intenté y el cacto se me pegó a la bota, y cuando quise quitarlo, se me quedó pegado a la punta de los dedos. Un centenar de espinas al mismo tiempo. Agujas de fuego. Grité. Ned tuvo que retirarlas utilizando dos ramitas como si fueran pinzas. Aún me queman los dedos. Minúsculas espinas hacen agujeros negros sobre mi carne. Existen otras muchas clases de cactos por aquí, cactos toneles, higos chumbos y otras seis o siete variedades cuyo nombre Ned desconoce. Y árboles con hojas espinosas, mezquitas, acacias. Aquí todas las plantas son hostiles. «No me toquen», dicen, «no me toquen o lo sentirán». Yo hubiera querido estar en otro sitio. Pero andamos, andamos, andamos. Cambiaría Arizona por el Sahara, a toma y daca, y, además, para suavizar el trueque, la mitad de Nuevo México. ¿Cuánto tiempo falta aún? ¿Cuántos grados? ¡Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda!