—Estáte a las ocho en su casa —me dijo.
Una oleada de terror se apoderó de mí:
—No puedo —insistí—. La prostituyes, Timothy. ¿Qué tengo que hacer? ¿Entrar, desabrocharme la bragueta, lanzarme encima…? Eso no puede funcionar. No puedes hacer real un sueño con sólo agitar la varita mágica.
Timothy se encogió de hombros.
Creía que ya había terminado esta historia. Oliver tenía entrenamiento de baloncesto aquella tarde. Ned salió para ir al cine. Hacia las siete y media, Timothy se excusó. «Trabajo en la biblioteca», dijo. «Volveré a las diez.» Me quedé solo en el apartamento que compartíamos. No sospechaba nada. Comienzo a trabajar. A las ocho, un ruido de llave en la cerradura. Margo entra. Resplandeciente sonrisa, oro fundido. Pánico dentro de mí. Consternación.
—¿Está Timothy? —pregunta cerrando la puerta negligentemente, con llave.
Un trueno en mi pecho.
—En la biblioteca —dije—. Vuelve a las diez.
No tengo dónde esconderme. Margo hace una mueca entristecida.
—Estaba convencida de que iba a encontrarlo aquí. En fin, peor para él. Estás muy ocupado, ¿no? —un gruñido centelleante. Se echa tranquilamente en el sillón.
—Preparo un trabajo —dije— sobre las formas irregulares del verbo.
—¡Qué maravilla! ¿Fumas?
Comprendí todo. Lo habían planeado. Me gustase o no, era una trampa para hacerme feliz. Me sentía estafado, utilizado, paternalizado. ¿Debía pedirle que se fuese? No, schmendrick, no hagas el imbécil. Durante dos horas no estudies. Al diablo la delicadeza. El fin justifica los medios. Aprovecha esta oportunidad. No tendrás otra. Me dirigí hacia el sofá presumiendo. ¡Sí, Eli presumiendo! Y ella tenía dos enormes porros profesionalmente liados. Enciende uno tranquilamente, lo aspira profundamente y me lo pasa. Me temblaba la muñeca y a poco dejo caer la punta encendida en su brazo por culpa de los nervios. Sabía fuerte y empecé a toser. Me dio unas cuantas palmadas en la espalda. Schlemihl, Schlep. Recupero el porro, aspiro y arqueo las cejas con un lánguido «mmmmmm». El hasch no me hacía ningún efecto, estaba demasiado tenso y la adrenalina neutralizaba los efectos poco a poco. Estaba al tanto del fuerte olor de mi transpiración. El porro se convirtió pronto en una toba. Margo, aparentemente colocadísima, me propuso encender el segundo. Me negué con la cabeza:
—Más tarde —dije.
Se levantó y se puso a pasear por la habitación.
—Hace un calor insoportable aquí, ¿no te parece?
¡El rollo de siempre! Una chica de la habilidad de Margo podría haberse buscado algo mejor. Se estira, bosteza. Llevaba una minifalda ajustada y una blusa que dejaba ver su vientre dorado. Ni sostén ni bragas, eso estaba claro. Se le marcaban las pequeñas protuberancias de los pezones, y la falda, ceñida a sus redondos muslos, no tenía ninguna arruga. ¡Ah! Eli, demonio observador, suave y hábil manipulador de carne femenina.
—¡Qué calor hace! —murmura perdida en su pire.
Se quita la blusa, me sonríe inocentemente como diciendo: «Somos viejos amigos, no tenemos necesidad de preocuparnos por tabúes imbéciles, ¿por qué van a ser los niñitos más sagrados que un rollete?» Sus senos eran vagamente gruesos, altos, abiertos. Maravillosamente duros. Probablemente los senos más perfectos que he tenido la fortuna de contemplar. Intentaba mirar como quien no quiere la cosa. En el cine es más fáciclass="underline" no existe relación tú-yo con lo que pasa en la pantalla. Se tira un rollo sobre astrología, cuestión de ponerme cómodo, supongo. Cantidad de historias sobre la conjunción de los astros en casa de no sé quién. Yo sólo podía farfullar respuestas. Luego se puso a leerme los signos de la mano. Era su último capricho, el misterio de las rayas.
—Las adivinadoras de la fortuna se ríen del público —dijo seriamente—, pero eso no quiere decir que no haya algo de cierto en el fondo. Mira, todo tu futuro se encuentra programado en las moléculas de ADN, y son las que gobiernan la configuración de las líneas de tu mano. Espera, déjame mirar.
Tomándome la mano, me acerca a ella sobre el sofá. Me sentía estúpidamente virgen con mi actitud y con la realidad de mi experiencia. Me cogió la palma de la mano, me hacía cosquillas.
—Aquí, mira, es la línea de vida. ¡Oh! ¡Es muy larga!
Miraba de reojo a sus tetas mientras ella se enrollaba con la quiromancia.
—Y esto es el monte de Venus. ¿Ves esa línea pequeña que empieza aquí? Indica que tienes grandes pasiones, pero que te retraes y las reprimes enormemente, ¿no crees?
De acuerdo, Margo, te sigo el juego. Mi brazo se lanza alrededor de sus hombros, mi mano busca sus pechos.
«¡Oh, sí, Eli, sí, sí!»
Exagera un poco. Me estrecha contra su pecho. Un beso torpe. Sus labios estaban entreabiertos. Hice lo necesario. Pero no sentía pasión alguna, ni grande ni pequeña. Todo aquello me parecía un formulismo, como un minueto coreografiado. No podía hacerme a la idea de hacer aquello con Margo. Irreal, irreal, irreal. Incluso cuando se separó suavemente e hizo resbalar la falda revelando sus contorneadas caderas, sus duros y jóvenes muslos, su tupido pelo color caña, no sentía ningún placer. Me hizo un gesto. Una sonrisa provocativa. Para ella todo esto no era más apocalíptico que un apretón de manos, un besito en la cara. Para mí se elevaban las galaxias. Sin embargo, qué fácil hubiese sido todo esto. Bajarse el pantalón, echarse encima, metérsela, un movimiento de caderas. ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah, yupi! Pero yo tenía la enfermedad del sexo en la cabeza. Estaba demasiado obsesionado con la idea de Margo como símbolo inaccesible de la perfección como para constatar que Margo era perfectamente accesible, y no tan perfecta; pálida cicatriz de apendicitis, algunas arrugas en las caderas, restos de una niñez mucho más regordeta, nalgas demasiado delgadas.
Así pues, me estaba pasando de rosca. Sí, me desnudaba. Me metía con ella en la cama, sí, no podía empalmarme y me tuvo que ayudar Margo, y al final, la libido le ganó a la mortificación y me puse rígido y vibrante, y como un toro de la Pampa, me arrojé sobre ella, agarrando, arañando, horrorizándola con mi ferocidad, prácticamente violándola, y todo para que flaqueara en el crítico momento de la inserción, luego, ¡oh!, sí, metiendo la pata cada vez más, de torpeza en torpeza. Margo, alternativamente horrorizada, divertida y llena de solicitud, hasta que al fin llega la consumación, seguida casi instantáneamente por la erupción, seguida de abismos de autodesprecio, por cráteres descompuestos. Ya no podía mirarla. Me separaba. Me escondía bajo la almohada, me insultaba, insultaba a Timothy, insultaba a D. H. Lawrence.