—¿Puedo ayudarte? —preguntó Margo acariciándome la espalda bañada en sudor.
—Por favor —dije—, márchate y no le digas nada de esto a nadie.
Pero ella habló. Todo el mundo lo supo. Mi simpleza, mi absurda incompetencia, mis siete variedades de ambigüedades culminando finalmente en siete variedades de impotencia. Eli el schmeggege, perdiendo su más sensacional oportunidad con la chica más sensacional que podrá tocar en toda su vida. Otro fracaso amoroso para la colección. Y hubiésemos podido conocer otro aquí, en medio de los cactos. Y los tres hubieran dicho:
—No podía esperarse menos de un tipo como tú, Eli.
Pero ahí está el monasterio.
El sendero comenzó a inclinarse entre matas de chollas y cada vez más densas mezquitas, hasta que desembocamos, abruptamente, en un ancho espacio arenoso. Alineados de derecha a izquierda, había una serie de cráneos de basalto parecidos al que habíamos encontrado más abajo, pero más pequeños que un balón de baloncesto, diseminados en la arena con intervalos de unos cincuenta centímetros. Al otro lado de la fila de cráneos, unos setenta metros más allá, se halla el Monasterio de los Cráneos, como una esfinge incrustada en el desierto: un edificio sin pisos, relativamente grande, coronado por una terraza, con los muros de estuco amarillo parduzco. Siete columnas de piedra blanca decoraban la fachada difusa. El efecto que producía era extraordinariamente sencillo, solamente roto por la brisa que corría a través del frontón: cráneos en bajo relieve mostrando su perfil izquierdo, rostros hundidos, narices huecas, órbitas enormes. Las bocas entreabiertas en siniestra sonrisa. Los largos dientes puntiagudos, perfectamente delimitados, parecían dispuestos a cerrarse con un feroz castañeo. Y las lenguas —¡qué aspecto tan siniestro, cráneos con lenguas!— retorcidas en delicadas y espeluznantes eses, emergían por encima de los dientes como el aguijón de una serpiente. Había docenas de cráneos, tan idénticos que degeneraban en la obsesión, grotescamente petrificados uno tras otro, hasta los últimos confines del edificio. Tenían esa prestancia de pesadilla que yo detesto en la mayor parte del arte mexicano precolombino. Hubieran encajado mejor en cualquier altar de sacrificios; o en los cuchillos de obsidiana que cortaban el corazón de los animales jadeantes.
Aparentemente, el edificio tenía forma de «U», con dos largos alerones anexos, unidos a la sección principal. Y no veía puerta alguna. Pero a unos quince metros de la fachada, se abría la bóveda de acceso al subterráneo, aislado en medio de un espacio libre. Estaba abierta, sombría y misteriosa, como si fuera la entrada al otro mundo. Pensé que debía ser el pasaje que conducía al monasterio. Me dirigí hacia la bóveda y metí la cabeza en el interior. La oscuridad era completa. ¿Entrábamos? ¿Tendríamos que esperar a que alguien apareciese y nos llamase? No apareció nadie. El calor resultaba insoportable. Sentía cómo se tensaba la piel de mis mejillas, de la nariz, se inflaba, enrojecía, brillaba, después de media jornada expuesta al sol del desierto. Nos miramos atónitos. El Noveno Misterio atrapaba mi espíritu y, probablemente, también el de mis compañeros. Quizás entráramos para no salir jamás. ¿Quién debía morir y quién sobrevivir para siempre? A mi pesar, me sorprendí colocando a los candidatos en la balanza, enviando a Timothy y Oliver hacia la muerte, luego, reconsiderando mi juicio apresurado, ponía a Ned en el lugar de Oliver, a Oliver en el de Timothy, Timothy en lugar de Ned, yo mismo en lugar de Timothy, y así sucesivamente, sin fin, dando vueltas. Nunca tuve una fe tan intensa en El Libro de los Cráneos. La impresión de encontrarme al borde del infinito nunca fue tan intensa ni tan terrorífica.
—Vamos —dije con voz ronca mientras daba algunos pasos indecisos.
Una escalera de piedra descendía hasta lo más profundo de los subterráneos. Descendí uno o dos metros y me encontré en un túnel oscuro, bastante largo pero muy bajo, un metro y medio del techo al suelo como máximo. Hacía fresco. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad, distinguí fragmentos decorativos en las paredes: cráneos, cráneos, nada más que cráneos. No había ni una pizca de imaginería cristiana en el lugar que llamaban monasterio; pero, por todas partes, se encontraba el símbolo de la muerte. Ned gritó desde arriba:
—¿Ves algo?
Les describí el túnel y les dije que me siguieran. Llegan vacilantes, inseguros: Ned, Timothy, Oliver. Agachadas las cabezas. Continué avanzando. El aire era cada vez más fresco. Sólo se veía la escasa claridad malva de la entrada. Intentaba contar los pasos. Diez, doce, quince. Ya debíamos estar debajo del edificio. De pronto, tropecé con una barrera de piedra pulida, un único bloque que obstruía el túnel por completo. Sólo al final me di cuenta de su existencia, gracias a un reflejo glacial en la profunda oscuridad que me impidió darme un buen golpe. ¿Un callejón sin salida? Sí, claro, y dentro de poco oiríamos el golpe de un bloque de veinte toneladas derrumbándose a la entrada del túnel. Habíamos caído en la trampa, emparedados, condenados a morir de hambre o asfixia mientras resonaban en nuestros oídos unas carcajadas espantosas. Pero no ocurrió nada tan melodramático. Intentaba hacer girar con la palma de la mano la losa que nos cerraba el camino cuando —¡milagro de Alí Baba!— la losa giró suavemente sobre su eje. Estaba perfectamente equilibrada, una leve presión bastaba para abrirla. Me decía que venía muy a cuento entrar tan teatralmente en el Monasterio de los Cráneos. Esperaba un melancólico coro de trombones, trompas, acompañados con voz de bajo y entonando el Réquiem al revés: Pietatis fons, me salva, gratis salvandos qui, majestatis tremendae rex.
Una salida brillaba más arriba. Nos dirigimos hacia ella con las rodillas dobladas. Unos escalones más. Hacia arriba. Uno tras otro, aparecimos en una enorme habitación cuadrada de paredes grises y rugosas, pálidas, sin techo, con sólo una docena de robustas vigas separadas por un metro, dejando pasar la luz del sol y el sofocante calor. El suelo era de pizarra violeta, de textura lisa y brillante. En medio de aquella especie de patio, había una fuente de jade verde, con una silueta humana de un metro de altura. La cabeza de la estatua era de un muerto, y un finísimo hilo de agua chorreaba por la mandíbula para caer en el estanque. En los cuatro rincones del patio había estatuas de piedra, mayas o aztecas, representando personajes de nariz angulosa, labios finos y crueles y enormes pendientes. Una puerta se abría en el muro opuesto a la salida del subterráneo y, en el marco, había un hombre, tan inmóvil que pensamos que era otra estatua. Cuando los cuatro estuvimos en el patio, dijo, con voz sonora y grave:
—Buenos días. Soy el hermano Antony.
Era un hombre rechoncho y bajo, de no más de un metro sesenta, vestido con unos vaqueros desteñidos y cortados por encima de las rodillas. Tenía la piel cobriza, casi caoba, con la textura del cuero fino. Su ancho cráneo, con forma de cúpula, no tenía un solo cabello. El cuello era corto y fuerte, anchos y potentes los hombros, pecho amplio, piernas y brazos musculosos. Daba una aplastante impresión de fuerza y vitalidad. Su aspecto general y las vibraciones de fuerza y competencia me hicieron pensar inmediatamente en Picasso: un hombre sólido, atemporal, capaz de soportar cualquier cosa. No me hacía una idea de qué edad podría tener. No era precisamente joven, pero estaba muy lejos de la decrepitud. ¿Cincuenta? ¿Sesenta? ¿Setenta bien conservados? La imposibilidad de adivinar su edad era lo que más desconcertaba. Parecía abandonado por el tiempo, protegido de él. Era como yo pensaba que debían ser los inmortales.
Sonríe calurosamente, mostrando una dentadura sin defectos.