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El hermano Bernard nos lleva al límite del agotamiento. El mismo no deja de hacer ni uno solo de los movimientos que nos pide, y, sin embargo, no muestra el más mínimo signo de fatiga. El mejor de nosotros en esta materia es Oliver, y el peor Eli. Pero Eli hace gala de un entusiasmo jamás descorazonado digno de admiración.

Cuando por fin nos deja irnos, después de noventa minutos de ejercicios, el resto de la noche nos pertenece, pero no aprovechamos nuestra libertad. En este estado, sólo queremos dejarnos caer en la cama, pues pronto, demasiado pronto, sonará en nuestra puerta el toc-toc-toc alegre del hermano Franz. Así que nos sumergimos en un profundo sueño. Nunca hasta ahora había dormido así.

Este es nuestro cotidiano empleo del tiempo. ¿Tiene sentido? ¿Estamos rejuveneciendo? ¿O envejeciendo? ¿La resplandeciente promesa de El Libro de los Cráneos llegará a ser realidad para alguno de nosotros? Los cráneos colgados de los muros no dan ninguna respuesta. Las sonrisas de los hermanos son impenetrables. Ya no hablamos nunca entre nosotros. Paseando continuadamente en mi habitación de asceta, escucho resonar en mi cráneo el gong paleolítico, dong-dong-dong, esperar, esperar, esperar. Y el Noveno Misterio sigue colgando por encima de nuestras cabezas como una espada que se balancea.

29. TIMOTHY

Esta tarde, después de excavar mierda de gallina en los toneles con una temperatura de treinta grados, he decidido que me lo tenía bien merecido. La broma había durado demasiado. Las vacaciones acaban de terminarse; de todos modos, quería largarme del campo. Sentía esa necesidad desde que llegué aquí, desde luego, pero, por darle gusto a Eli, no había dicho nada. Ahora ya no puedo más. He decidido ir a hablarle antes de la cena, en el rato de descanso.

Cuando hemos vuelto del campo me he dado un baño rápido y me he ido hasta el cuarto de Eli. Todavía estaba en el baño; oía correr el agua. Cantaba con su monótona voz de bajo. Por fin, secándose, salió.

El descanso le había sentado bien: había engordado y estaba más musculoso. Me dirigió una sonrisa glacial.

—¿Qué haces aquí, Timothy?

—Vengo a visitarte.

—Es la hora de descanso. Se supone que debemos estar solos.

—Se supone que debemos estar solos, excepto cuando estamos con ellos. Nunca podemos hablar los dos en privado.

—Evidentemente, forma parte del ritual.

—Forma parte del juego, de ese puñetero juego que están jugando con nosotros, Eli. Escucha, te considero como a un hermano. Nadie puede impedir que te hable cuando me venga en gana.

—Mi hermano, el goy —contestó con una fugaz sonrisa que desapareció nada más iniciarse—. Ya hemos tenido tiempo para hablar. Ahora las instrucciones son que nos quedemos apartados los unos de los otros. No deberías quedarte aquí, Timothy. De verdad, deberías marcharte antes de que los hermanos te sorprendan.

—Pero, ¿dónde estamos? ¿En una puta prisión?

—En un monasterio. Un monasterio que tiene sus reglas y, cuando vinimos aquí, aceptamos someternos a ellas —suspiró—. ¿Quieres marcharte, Timothy, por favor?

—De las reglas es de lo que quiero hablarte, Eli.

—No soy yo quien las ha hecho. No puedo eximirte de cumplirlas.

—Déjame hablar, Eli. Sabes que las agujas del reloj siguen girando mientras nosotros jugamos a ser un Receptáculo. Nuestra desaparición será detectada en muy poco tiempo. Nuestras familias se darán cuenta de que no tienen ninguna noticia nuestra. Alguien descubrirá que no hemos vuelto a la universidad cuando han terminado las vacaciones.

—Bueno, ¿y qué?

—¿Cuánto tiempo vamos a permanecer aquí?

—Hasta que consigamos lo que hemos venido a buscar.

—¿Te crees todas esas coñas que nos cuentan?

—¿Crees todavía que son coñas, Timothy?

—No he visto ni oído nada que me haga cambiar de opinión.

—Y los hermanos, ¿qué edad crees que tienen?

Me encogí de hombros.

—Sesenta. Setenta. Puede que algunos hayan pasado de los ochenta. Llevan una vida sana, ejercicio, aire puro, regímenes adecuados. Se mantienen en forma.

—A mí me parece que el hermano Antony, por lo menos, tiene mil años.

Su voz era fría, agresiva, provocativa. Me estaba desafiando a que me echara a reír en sus narices; pero no podía.

—Puede que hasta más viejo —continuó Eli—. Lo mismo pasa con el hermano Miklos y el hermano Franz. No creo que ni siquiera uno de ellos tenga menos de ciento cincuenta años.

—¡Magnífico!

—¿Qué es lo que quieres, Timothy? ¿Quieres marcharte?

—He pensado en ello.

—¿Solo o con nosotros?

—Mejor con vosotros, pero, si es necesario, solo.

—Oliver y yo no nos vamos, Timothy. Y creo que Ned también se queda.

—Pues, en ese caso, no me queda otro remedio que hacerlo solo.

—¿Es una amenaza?

—Es un hecho.

—Ya sabes lo que puede pasarnos si te vas.

—¿Temes que los hermanos cumplan los términos del juramento? —le pregunté.

—Hemos jurado no marcharnos. Dijeron cuál era el precio y estuvimos de acuerdo. No subestimaría su capacidad de hacérnoslo pagar si les diéramos opción.

—¡Qué parida! Son una panda de vejestorios. Que venga uno a buscarme y le parto en dos. Con una sola mano.

—Puede que tú lo hicieras, pero nosotros no. ¿Quieres llevar nuestra muerte sobre tu conciencia?

—Déjame en paz con tus montajes melodramáticos. Soy libre. Mira las cosas desde un punto de vista existencial, como siempre nos has propuesto. Nosotros mismos elaboramos nuestro propio destino, Eli. Cada uno va por su propio camino. ¿Qué me une a vosotros tres?

—Juraste voluntariamente.

—Puedo retractarme.

—De acuerdo. Retráctate. ¡Haz las maletas y lárgate!

Estaba tranquilamente echado sobre la cama, desnudo, mirándome fríamente. Jamás le había visto con un aire tan decidido, tan seguro de sí mismo. Había encontrado, súbitamente, una fortaleza formidable. O bien tenía un demonio en el cuerpo. Prosiguió:

—Bien, Timothy. Eres libre. Nadie te detiene. Puedes llegar a Phoenix antes del ocaso.

—No me corre tanta prisa. Quería discutir el asunto con vosotros tres, para llegar a un acuerdo racional. Nadie da el coñazo a nadie, pero me gustaría que todo el mundo estuviera de acuerdo para…

—Todos estuvimos de acuerdo en venir aquí, Timothy. Estábamos de acuerdo en correr el riesgo. Es inútil seguir discutiendo. Puedes irte cuando quieras, sin olvidar, desde luego, que, al hacerlo, nos expones a ciertos riesgos.

—¡Eso se llama chantaje!

—Ya lo sé —sus ojos echaban chispas—. ¿De qué tienes miedo, Timothy? ¿Del Noveno Misterio? ¿Te pone nervioso? ¿O es la posibilidad de vivir realmente para toda la eternidad la que te inquieta? ¿Temes ceder bajo el terror existencial? Siglo tras siglo, sujeto a la rueda del karma, incapaz de liberarte. ¿De qué tienes miedo, Timothy? ¿De morir o de vivir? ¿Te has equivocado de puerta? Gira a la izquierda, la segunda puerta siguiendo el corredor.

—He venido a hablar en serio. No quiero bromas, no quiero ni amenazas ni insultos. Sólo quiero saber cuánto tiempo pensáis quedaros aquí Ned, Oliver y tú.

—Apenas acabamos de llegar. Todavía es demasiado pronto para hablar de irse. Y, ahora, ¿querrías perdonarme?