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Salí. No iba a llegar a nada, los dos lo sabíamos. Y él me había hecho daño, en unos puntos que yo no había sabido hasta ahora que fuesen tan vulnerables.

En la cena, se comportó como si no le hubiera dicho ni una palabra.

¿Y ahora? ¿Permanezco sin hacer nada esperando a ver qué pasa? ¡Señor! Honestamente, no puedo más. No estoy hecho para la vida monástica —dejando completamente de lado El Libro de los Cráneos y todo lo que puede ofrecer. Hay que haber nacido para este tipo de cosas. Hay que haber renunciado a los antepasados, hay que ser masoquista. Me gustaría hacerles entender esto a Eli y a Oliver. Dos locos, dos borrachos de inmortalidad. Serían capaces de quedarse aquí diez o veinte años arrancando malas hierbas, deslomándose haciendo ejercicios, soportando el sol hasta quedarse ciegos, respirando hondo y comiendo puré picante para convencerse de que así van a conseguir la inmortalidad. Eli, que siempre me ha parecido inestable y neurótico, pero fundamentalmente racional, parece haberse desinflado. Su mirada, extraña, fija y vidriosa, se parece a la de Oliver. Una mirada de psicópata. Una mirada terrible. Algo se remueve dentro de Eli. Se fortalece día a día, y no sólo los músculos; hay también una fuerza moral, un dinamismo, un fervor; está lanzado y da a entender que nada ni nadie le detendrá hasta que no tenga lo que quiere. A veces tengo la impresión de que se transforma en Oliver —una versión más pequeña, peluda, yiddish, de Oliver. Este, como es habitual, cierra la boca y trabaja como seis, y por la noche se revienta para hacer los ejercicios todavía mejor que el hermano Bernard. Incluso Ned está a punto de alcanzar la fe. Cada vez más mofas burlonas, más sonrisas de medio lado. Por la mañana, cuando el hermano Miklos nos abruma con sus seniles discursos de los que sólo se comprende una frase de cada seis, se ve a Ned con el semblante gozoso de un chiquillo que oye hablar de Papá Noel y se espatarra para oír mejor, y transpira, y se muerde las uñas, y todo se lo traga con gusto. ¡Naturalmente, hermano Miklos! ¡La Atlántida, claro! ¡Y el hombre de Cromagnon, claro! Y los aztecas y todo lo demás. ¡Creo, creo, creo! Y, a continuación, el desayuno y la meditación sobre el frío suelo de nuestro cuarto, todos separados, y después volver a salir y reventarse para los hermanos en su puto campo. ¡Estoy hasta la coronilla! No lo puedo aguantar más. Hoy me ha salido mal, pero volveré a hablar con Eli dentro de uno o dos días para ver si está más razonable. Aunque no tengo muchas esperanzas.

Eli me da un poco de miedo.

Hubiera querido que no me dijera lo que me ha dicho, lo que me da más miedo de todo: el Noveno Misterio o vivir eternamente. Hubiera querido que no me hablara de eso para nada.

30. OLIVER

Pequeño accidente mientras trabajábamos esta mañana antes del desayuno. Pasaba entre dos hileras de pimientos y de pronto mi pie descalzo chocó contra una gran piedra cortante que sobresalía del suelo. Sentí cómo el filo me cortaba la planta del pie y me apresuré para echar el peso del cuerpo sobre la otra pierna. El pie ileso no estaba preparado para recibir la carga. Se me empezó a torcer el tobillo. No podía hacer otra cosa que dejarme caer, como enseñan a caer en la cancha de baloncesto cuando se pierde el equilibrio y se puede elegir entre dar unas cuantas vueltas o romperse un montón de ligamentos. Así que me dejé caer de culo: patapaf. No me hice nada de daño, pero aquella parte del terreno había sido abundantemente regada la noche anterior y estaba todavía embarrada. Aterricé en un lugar viscoso, esponjoso, que produjo un terrible ruido de succión cuando me levanté. Mis pantalones estaban hechos un asco, y hasta los calzones estaban llenos de barro. Nada grave, naturalmente, aunque la sensación de humedad pegada a la carne resultaba bastante desagradable. Inmediatamente el hermano Franz vino a ver si me había hecho daño y le tranquilicé, enseñándole cómo habían quedado mis pantalones y preguntándole si podía ir a cambiarme; me sonrió, sacudió la cabeza y me dijo que era completamente inútil. No me quedaba más salida que quitarme la ropa y colgarla de una rama; el sol la secaría en medía hora. Además, ¿por qué no? Me importaba un pito pasearme en pelotas y, de todos modos, ¿qué miradas indiscretas podía tener en medio del desierto? Me quité el pantalón lleno de viscosidad y lo colgué por allí, me limpié el barro que llevaba pegado en el culo y me puse a trabajar otra vez.

Sólo habían pasado veinte minutos desde que saliera el sol, pero ya estaba bastante alto y la temperatura, que debía haber bajado hasta los diez grados durante la noche, escalaba rápidamente hacia regiones más altas del termómetro. Sentía el calor sobre mi piel desnuda, el sudor que me empezaba a correr a raudales por la espalda, nalgas y piernas, y me decía que así es cómo se debería trabajar siempre en el campo cuando hace calor; no hay nada más sano que estar desnudo bajo el sol, así que ¿para qué ir cargado con un montón de ropas sudadas cuando de esta manera es mucho más fácil? Cuanto más pensaba en ello, más me apabullaba la idea de ir vestidos. Cuando hace calor y el cuerpo desnudo de uno no ofende a nadie, ¿por qué cubrirlo? Desde luego, hay montones de personas que resultan desagradables de mirar y quizá sea mejor que sigan vestidos. Pero también hay otros tipos de personas. Me sentía contento por haberme librado de aquel pantalón lleno de barro. Y, encima, estamos entre hombres, ¿no?

Mientras trabajaba entre los pimientos, sudando sanamente, mi desnudez me trajo a la memoria la época —hace ya unos cuantos años— en que descubrí mí cuerpo y el de los demás. Supongo que es el calor lo que remueve dentro de mí este fermento de memoria, estas imágenes que deambulan libremente por mi cabeza, esta nube de brumosas reminiscencias. Cerca del arroyo, una tórrida tarde de julio, cuando tenía… cuántos… ¿once años? Sí, fue el año en que murió mi padre. Yo estaba con Jim y Karl, mis amigos, mis únicos y verdaderos amigos. Karl tenía doce años, Jim era de mi edad. Andábamos buscando el perro de Karl, un bastardo que se había escapado aquella misma mañana. Seguimos su rastro, emulando a Tarzán, remontando el lecho del torrente, encontrando una cagarruta aquí, un charco al pie de un árbol por allí, hasta que nos hicimos dos o tres kilómetros para nada salvo para empaparnos de sudor. Nos encontrábamos en la parte más profunda de la corriente, exactamente detrás de la granja de los Madden, un sitio donde había la profundidad suficiente para poder bañarse uno. Karl propuso: «Vamos a nadar», y yo le contesté: «Es que no nos hemos traído los bañadores», y los dos se miraron riendo mientras empezaban a quitarse la ropa. Desde luego, yo ya había estado desnudo delante de mi padre y mis hermanos, incluso un par de veces había ido a nadar en cueros, pero todavía era tan convencional, tan púdico, que la exclamación se me escapó sin que me diera cuenta. De todas formas, también yo me desvestí. Dejamos la ropa sobre la orilla y caminamos por encima de las oscilantes piedras del fondo hasta el centro de la corriente. Primero Karl, después Jim, luego yo. Nos zambullimos, resoplamos durante veinte minutos y, claro, al salir, como estábamos mojados y no teníamos toallas, nos tumbamos sobre la hierba para secarnos. Era la primera vez que lo hacía —quedarme desnudo en pleno campo delante de otras personas sin que el agua ocultara mi cuerpo. Y nos mirábamos. Karl, que tenía un año más que Jim y yo, ya había empezado a desarrollarse: sus testículos eran más grandes y tenía una buena mata de pelo. Yo también tenía pelos, pero no muchos y, como eran rubios, no se veían demasiado. Karl estaba tan orgulloso que abombaba el vientre. Vi que también él me miraba y me pregunté que qué estaría pensando. Se reiría de mi pilila: era la de un chaval y la suya la de un hombre. Pero de todos modos, estaba bien aquello de estar tendido al sol, dejando que el vientre se broncee en aquellos lugares en que siempre está blanco como la leche. Y entonces, Jim, súbitamente, emitió algo parecido a un rugido y encogió las piernas, apretándolas contra sí y cubriéndose el vientre con las dos manos. Volví la cabeza y vi a Sissy Madden, que ya debía tener dieciséis o diecisiete años. Había sacado a dar una vuelta a su caballo. Su aparición todavía perdura en mi memoria: una adolescente un poco regordeta, con largos cabellos rojos, pecas, un pantalón corto y ajustado de color marrón, un polo blanco literalmente a punto de estallar bajo la presión de sus enormes senos, montada sobre su yegua, mirándonos mientras se pavoneaba y no dejaba de reír. Nos levantamos como pudimos y, en un momento, nos pusimos a correr como locos, zigzagueando, sin saber dónde ir, con la esperanza de encontrar un lugar donde Sissy Madden no pudiese ver nuestra desnudez. Recuerdo la urgente necesidad de escapar de la mirada de aquella chica. Pero no había ni un solo sitio para esconderse. Los únicos árboles existentes estaban a nuestra espalda, en el lugar donde nos habíamos bañado, pero allí, junto a los árboles, estaba Sissy Madden. Delante de nosotros no había más que zarzas y una hierba muy poco alta. Eramos incapaces de reaccionar. Corrí unos cien o doscientos metros destrozándome los pies, poniendo el mayor espacio posible entre los dos. Mi pequeña verga tamborileaba sobre mi vientre —nunca antes había corrido desnudo y estaba a punto de descubrir los inconvenientes. Por fin, me dejé caer, aplastando la cara contra la hierba, doblado sobre mí mismo, escondiéndome como un avestruz, lleno de vergüenza. Debí permanecer así por lo menos un cuarto de hora hasta que escuché unas voces y comprendí que Jim y Karl me andaban buscando. Me puse en pie lentamente. Ellos ya se habían vestido y a Sissy no se la veía por ningún lado. Tuve que volver completamente desnudo hasta la corriente de agua para recuperar mis ropas. Me dio la impresión de caminar kilómetros y me daba vergüenza ir desnudo a su lado ahora que estaban vestidos. Cuando me puse la ropa, les di la espalda.