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Cuatro días más tarde, encontré a Sissy Madden en el vestíbulo del cine. Hablaba con Joe Falkner, y, cuando me vio, me sonrió y me guiñó un ojo. Quería que la tierra me tragara. Sissy Madden me ha visto todo, me decía, y aquellas seis palabras debieron resonar por mi cabeza cosa de un millón de veces durante la película, de tal modo que no lograba siquiera seguir la historia.

Pero la vergüenza que experimenté a los once años, ese embarazo producido por una virilidad a medio hacer, desapareció muy pronto. Me formé, me desarrollé físicamente, me hice fuerte y ya no hubo razón para avergonzarme de mi cuerpo. Hubo muchos más baños y nunca más me lamenté de haber olvidado mi bañador. Algunas veces, incluso había chicas con nosotros y toda la panda se bañaba en cueros, cuatro chicas y cinco tíos, quizá nos desvestíamos detrás de árboles diferentes, los chicos de un lado, las chicas del otro, y después corríamos todos juntos, como locos, hacia el agua, pililas y tetitas balanceándose al unísono. Y ya en el agua todo se veía muy bien cuando ellas saltaban. Más tarde, a los trece, catorce años, nos emparejábamos haciendo nuestros primeros pinitos con los besos. Recuerdo mi sorpresa la primera vez que vi el cuerpo de una chica, tan blanco, tan vacío entre las piernas. Y sus caderas, mucho más anchas que las nuestras, y sus nalgas más grandes y más dulces, como cojines rosas. Todos aquellos baños en pelotas me hacían pensar con frecuencia en Sissy Madden, y me burlaba de mi propio pudor estúpido. Especialmente en aquella ocasión en que Billie Madden vino a nadar con nosotros. Tenía nuestra misma edad, pero se parecía mucho a su hermana mayor, y mientras estaba allí, desnudo al borde del arroyo mirando a Billie, mirando sus pecas que descendían hasta el valle que separaba sus macizos senos, los hoyuelos que modelaban su gran trasero, y sentí que toda la vergüenza que había experimentado años atrás ante Sissy Madden había desaparecido, que la desnudez de Billie nos liberaba a las hermanas Madden y a mí, y que todo aquello carecía de ninguna importancia.

Volví a pensar en todo esto mientras arrancaba las malas hierbas en el bancal de pimientos de los hermanos, con el culo recalentado por los rayos del sol que se iba elevando. Volví a pensar también en otras cosas enterradas en alguna oquedad de mi memoria, viejos acontecimientos sombríos y desagradables que no tenía necesidad alguna de desenterrar de entre el enredo de mis recuerdos. Otras ocasiones en que yo había estado desnudo en compañía de otras personas. Juegos de niños, juegos no siempre inocentes. Imágenes no deseadas afluían como una fuente en primavera. Ya no osaba moverme. Me recorrían oleadas de miedo. Los músculos tensos, el cuerpo reluciente por el sudor y de pronto tuve conciencia de algo que me dio vergüenza. Sentí una pulsación familiar, sentí algo abajo que comenzaba a hincharse y a erguirse, bajé los ojos. Sí, no hay duda, estaba en erección. Hubiera querido morir. Hubiera querido tirarme al suelo. Era como el día en que Sissy Madden nos había visto nadar y yo retorné completamente desnudo al arroyo mientras Jim y Karl estaban vestidos a mi lado. Sentí otra vez la vergüenza de estar desnudo frente a personas vestidas. Ned, Eli y Timothy tenían puestos sus pantalones, y también los hermanos, y yo estaba desnudo y me importaba un bledo hasta que esto pasó; pero ahora me sentía tan expuesto a las miradas como si estuviera en la pantalla de la televisión. Todos iban a mirarme preguntándose qué me habría excitado, qué estúpidas ideas se me han cruzado por la cabeza.

¿Dónde esconderme? ¿Cómo hacer para cubrirme? ¿Me mirará alguien?

De hecho, nadie parecía interesarse por mí. Eli y los hermanos estaban mucho más arriba. Timothy, que se arrastraba como siempre, estaba detrás de nosotros y prácticamente fuera del alcance de nuestra vista. El único cercano a mí era Ned, cinco o seis metros por detrás. Como yo le daba la espalda, mi vergüenza se disimulaba. Sentí que empezaba a dominarme. En unos instantes todo volvería a estar normal y yo podría ir negligentemente a recuperar mi pantalón de la rama del árbol. Sí, se había acabado ya. Me di la media vuelta.

Ned se sobresaltó con aire de culpabilidad. Enrojeció y apartó la mirada. Comprendí. No tenía necesidad de verificar la parte delantera de su pantalón para saber qué ideas le rondaban la cabeza. Sin duda llevaba quince o veinte minutos dándose un buen atracón a base de contemplar mis nalgas. Se le hacía la boca agua imaginando sus fantasías de marica.

Pero, después de todo, no hay nada más normal. Ned es homosexual. Siempre me ha deseado, aunque jamás se haya atrevido a dar el paso decisivo. Y yo estaba en cueros justo delante de éclass="underline" era una tentación, una provocación. Pero, a pesar de ello, yo estaba estupefacto al ver la intensidad del deseo reflejada en su rostro; ser el objeto de tales sentimientos, de tal pasión por parte de otro hombre, me producía una curiosa impresión. Y él parecía tan cogido de improviso, tan incapaz de reaccionar cuando pasé por delante de él para coger mi pantalón, como si se hubiera visto sorprendido en plena exhibición de sus intenciones. ¿Y yo? ¿Qué intenciones había exhibido yo en este caso? Intenciones que apuntaban a quince centímetros delante de mí. Estamos en presencia de algo muy complejo y muy claro. Me produce un cierto temor. ¿Se habrán introducido en mí las derivaciones homosexuales de Ned por medio de alguna suerte de telepatía que remueve las viejas vergüenzas? Es extraño que se me haya puesto tiesa justo en ese momento. ¡Señor! Yo creía comprenderme. Pero no ceso de descubrir que no sé nada sobre mí. No sé ni siquiera quién soy. Ni qué tipo de persona quiero ser. Dilema existencial, es verdad, Eli, es verdad. Elegir el propio destino. Expresamos nuestra identidad a través de nuestro yo sexual, ¿no es cierto? Yo, particularmente, no lo creo. Ni tengo necesidad de creerlo. Y entre tanto… no sé. El sol me calentaba los riñones. Estaba tan tenso que, durante unos instantes, me hizo daño. Y Ned que respiraba fuerte detrás de mí. Y el pasado se removía. ¿Dónde estará ahora Sissy Madden? ¿Dónde Jim y Karl? ¿Y dónde está Oliver? ¿Dónde está Oliver? ¡Oh! ¡Señor! Creo que Oliver es un chico enfermo, muy enfermo.