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Ego te absolvo, hijo mío. ¿Has honrado a tu padre y a tu madre, hijo mío? ¡Oh, sí, padre! Les he honrado a mi manera. ¿Has matado? No, no he matado. ¿Has cometido adulterio? No, que yo sepa, padre. ¿Has robado? No he robado nada, por lo menos, nada de importancia. Ni tampoco he levantado falso testimonio contra mi prójimo. ¿Y has codiciado la casa de tu prójimo, o la mujer de tu prójimo, o el criado de tu prójimo, o su criada, o su buey o su culo o cualquier cosa que perteneciera a tu prójimo? Pues bien, padre, puesto que habla usted del culo de mi prójimo, he de reconocer que nos hallamos en un terreno de arenas movedizas, pero, por otro lado… por otro lado… hice lo que pude, padre, habida cuenta de que vine al mundo tarado, habida cuenta de todo lo que hay contra nosotros, teniendo en consideración que con el pecado de Adán hemos pecado todos, considero, a pesar de todo, que soy relativamente puro y bueno. No perfecto, desde luego. ¡Ay, hijo mío! ¿De qué has de confesarte? Pues bien, padre…

Confiteor, confíteor, el puño, pequeño, golpea su pecho de niño con admirable celo, pum, pum, pum, pum. ¡Om! ¡Mani! ¡Padme! ¡Hum! Un domingo, después de Misa, fui con Sandy Dolan a espiar a su hermana que se estaba desnudando y vi sus senos desnudos, padre. Eran redondos y pequeños con unos pequeños pezones todos rosas y en la parte inferior del vientre, padre, tenía un montículo de pelos castaños, algo que yo nunca había visto antes. Y después, se puso de espaldas a la ventana y vi su culo, padre, los dos carrillos regordetes más hermosos que haya visto jamás, con dos admirables hoyuelos justo encima y aquella deliciosa hendidura exactamente en el centro que… ¿cómo, padre? ¿Que pase a otra cosa? Pues bien, confieso que yo arrastré a Sandy por el mal camino de diferentes maneras, consumé con él todos los pecados de la carne, pecados contra Dios y contra la naturaleza, cuando teníamos once años y compartíamos la misma cama, cuando su madre estaba de parto y no había nadie en la casa que se ocupara de él, saqué de debajo de mi cama un bote de vaselina, y cogí con el dedo un buen puñado y le lubriqué el órgano sexual mientras le decía que no tuviera miedo, que Dios no podía vernos en la oscuridad bajo las mantas, y yo… y él… y nosotros… y nosotros…

Así, a requerimiento del hermano Javier, sondeé mi degenerado pasado y lo remonté a fuerza de detritus destinados a hacerme brillar durante las sesiones de confesión que habían de comenzar muy pronto, creía yo. Pero los hermanos no son tan lineales. Se iba a producir un cambio en nuestro programa cotidiano, sí, pero no era una cuestión ni del hermano Javier ni de ningún aspecto confesional. Sin duda, se dejaba para más tarde. El nuevo rito era de naturaleza sexual, de naturaleza heterosexual, ¡que Buda tenga piedad de mí! Los hermanos, ahora me doy cuenta, son más bien chinos, a pesar de su falsa piel de caucasiano, puesto que lo que nos enseñan ahora no es más que el Tao del sexo.

No lo llaman así. Tampoco hablan del yin y del yang. Pero conozco el erotismo oriental y los viejos simbolismos espirituales de estos ejercicios sexuales, que están estrechamente emparentados con los diferentes ejercicios gimnásticos y contemplativos que hemos tenido ocasión de practicar. Controlar, controlar, dominar cada una de las funciones del cuerpo, tal es el objeto perseguido.

Las morenitas de cortos vestidos que vimos repetidas veces en el monasterio son, en efecto, sacerdotisas del sexo, coños sagrados, que sirven a las necesidades de los hermanos y que juegan el papel de receptáculos del Receptáculo. Nos van a iniciar ahora en los sagrados misterios de la vagina. Lo que hasta ahora era el rato de reposo después del trabajo de la tarde, se ha convertido en la hora de copulación trascendental. Se ha producido así sin previo aviso. El día en que esto comenzó, yo había vuelto del campo, me había dado un baño y me había tumbado de espaldas sobre la cama, cuando, según la costumbre local, mi puerta se abrió sin llamar previamente, y el hermano León, el médico, entró en mi cuarto seguido por tres muchachas vestidas de blanco. Yo estaba desnudo, pero pensé que no estaba obligado a tapar mis órganos vitales a las miradas de quienes así habían irrumpido en mis dominios. Muy pronto comprendí que era absolutamente inútil tomarme el trabajo de cubrirme.

Las tres mujeres se colocaron a lo largo de una de las paredes. Era la primera ocasión que yo tenía de observarlas de cerca. Hubieran podido ser hermanas: las tres menudas, pero bien proporcionadas, tez mate, la nariz prominente, grandes ojos negros y acuosos, labios carnosos. En cierto modo, me recordaban a las muchachas de los frescos minoicos, pero también podían haber sido indias amerícanas. En cualquier caso, eran totalmente exóticas. Cabelleras negro noche, senos macizos. Edad, entre veinte y cuarenta. Se mantenían derechas como estatuas. El hermano pronunció una breve entrada en materia. Es esencial, declaró, que los candidatos aprendan el arte de someter las pasiones sexuales. Esparcir el fluido seminal es morir un poco. ¡Bravo, hermano León! Viejo adagio isabelino: gozar igual morir. No debemos, continuó, reprimir el impulso sexual, sino dominarlo y ponerlo a nuestro servicio. En consecuencia, el acto sexual es recomendable, pero la eyaculación, deplorable.

Recordaba haber oído aquello, y terminé por acordarme de dónde. Puro taoísmo, sí, señor. La unión del yin y del yang, la picha y el coño producen una armonía necesaria para el bienestar del universo, pero el gasto del ching, el esperma, es autodestructivo. Hay que esforzarse por mantener el ching, en aumentar su reserva. ¡Es curioso, hermano León, no tiene usted aire de chino! Me pregunto quién ha robado la teoría a quién. O ¿acaso los taoístas y la Hermandad de los Cráneos han llegado cada uno por su lado a los mismos principios?

El hermano León terminó su pequeño preámbulo y dijo algo en una lengua que yo desconocía a las tres muchachas. (Hablé de ello con Eli más tarde y él tampoco había logrado identificarla, pero suponía que podía ser azteca o maya.) Luego, los tres vestidos blancos cayeron y me encontré frente a tres pedazos de yin totalmente al aire y a mi disposición. Tengo a bien ser marica, sin embargo, soy capaz de emitir un juicio estético. Eran unas chicas impresionantes. Senos macizos, que colgaban con moderación, vientre plano, trasero firme, nalgas espléndidas. Ni rastro de apendicitis o embarazo. El hermano León dio una rápida orden ininteligible y la sacerdotisa que estaba más cercana a la puerta se tumbó con prontitud sobre el suelo de fría piedra con las piernas flexionadas y ligeramente separadas. Entonces, el hermano León se volvió hacia mí, se permitió una ligera sonrisa, y me hizo un signo con los dedos doblados. Venga, muchacho, parecía decirme.

Vuestro angélico Ned estaba perplejo. Realmente, no sabía qué decir. ¡Pero, bueno, hermano León…! No ha entendido usted nada. La amarga verdad es que yo soy eso que se llama uranista, marica, sarasa, invertido, mariposa, no me tiran especialmente los coños. Debe reconocer que mis preferencias van por el lado de la sodomía.